Imagen de archivo de Googleplex, la sede de Google en Mountain View, California.
02/05/2026
Economista, UPF y BSE
3 min

El conglomerado de visiones e intereses económicos que impulsa el trumpismo es muy diverso. Hoy la línea políticamente dominante es la que sintoniza más directamente con la personalidad de Trump y que me permito calificar de retro. Es la que pone en el centro la política de aranceles, la que –propiciada por la abundancia de gas natural en EE.UU.– apuesta por el motor de combustión y por una política industrial de gas y petróleo, la que menosprecia la ciencia y quiere erosionar la independencia de las financiadoras públicas de la investigación –la NSF y la NIH– al tiempo que las asfixia presupuestariamente, la que niega el cambio climático y es escéptica respecto a las vacunas. Incluso el espíritu del programa de retorno a la Luna tiene un aire del pasado. Si en nuestros días podemos pensar en obtener retornos científicos y económicos importantes de explorar el Sistema Solar es porque disponemos de tecnología robótica suficientemente avanzada. La justificación de intentar que los humanos hagan lo que las máquinas pueden hacer mejor solo puede ser la del espíritu deportivo (ganar competiciones), la de prepararse para el turismo en el espacio o lo que me parece que es el caso: la de seguir la tradición de que para ocupar territorios y marcar fronteras se necesitan humanos plantando banderas.

Es interesante observar que en prácticamente todos los aspectos mencionados –incluida la exploración del espacio– la gran rival de EE.UU., China, tiene una política más orientada al futuro. Quizás ayudada por el hecho de no disponer de petróleo o gas, su apuesta por el automóvil eléctrico es fortísima. También la que hace por muchas otras tecnologías avanzadas, como la robótica y la biotecnología. El compromiso inversor con la ciencia es espectacular y los resultados acompañan. Si la gobernanza de EE.UU. fuera tan monolítica como la de China deberíamos anticipar que esta carrera la ganará China. Pero no lo es. EE.UU. dispone de un gran activo no gubernamental: la industria tecnológica, que es de un talante más como el de Xi que como el de Trump. Impulsa el automóvil eléctrico y ha sido protagonista de todas las oleadas de innovación digital, culminando por el momento en la gigantesca de la IA. Por supuesto, conoce el valor de la ciencia. Sus empresas son la gran baza de EE.UU. para no perder la carrera con China.

El colectivo empresarial de esta industria era mayoritariamente de Obama y de los demócratas. Pero hoy está muy alineada con el trumpismo retro (una convergencia que no será estable). Preguntémonos el porqué.

surgió de las universidades? Lo saben, pero creen –ojalá se equivoquen– que ya no las necesitan. Tienen, o pueden conseguir, mucho dinero y hacer la investigación ellos mismos. Y de paso evitar el peligro de tener que compartirla.    

Una razón complementaria es la codicia: a muchos de los superricos que ha generado Silicon Valley les desagrada intensamente pagar impuestos. Para ellos Trump es un regalo caído del cielo. Piensan que su riqueza es producto del talento, y no dan ningún peso a haber estado en el lugar adecuado en el momento adecuado. Entre ellos la filantropía tradicional –la que han practicado W. Buffett y B. Gates, el tipo de superricos que me inspiran respeto– es propia de ricos acomplejados.

Finalmente: ¿por qué la industria no se moviliza en defensa de la investigación abierta y financiada públicamente? ¿Acaso no saben que la IA basada en redes neuronales y machine learning surgió de las universidades? Lo saben, pero creen –ojalá se equivoquen– que ya no las necesitan. Tienen, o pueden levantar, mucho dinero y hacerse la investigación ellos mismos. Y de paso evitar el peligro de tener que compartirla.    

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