Dice que erigirán un monumento a Ildefons Cerdà, en la plaza Universidad, que es el lugar donde más bien merecería volver el monumento al doctor Robert (porque es donde se situó antes de las dictaduras). Cerdà viviría mejor en la plaza Tetuán, de nombre absurdo pero de confluencia perfecta en medio de sus cuadrículas. O bien en la plaza de las Glorias, su fallida nueva centralidad barcelonesa, donde ahora han hecho un “parque” que, como es costumbre en esta ciudad de conciencia tan “verde”, solo tiene un 30% de hierba. Y es que marcar centralidades no se puede hacer desde la artificialidad planificadora, ni el bienestar se puede imponer a golpe de decreto, y, por eso, el genio de Cerdà siempre acaba fallando por algún lado. Este año celebramos el 150º aniversario de su muerte, pero también el centenario del de Gaudí, y de hecho esta casualidad coincide con mi convicción, creciente, de que habría sido una temeridad dejar Cerdà solo.Su aportación a la ciudad es más que destacable: el higienismo, la previsión del automóvil y del tren, el recorte de 45 grados de los chaflanes, la escalabilidad de la malla. Y, aun así, entiendo perfectamente que el consistorio barcelonés (que tuvo que acatar la decisión de Madrid) hubiera querido optar por otras propuestas: aquella gran extensión de cuadrados uniformes, entre las murallas derribadas y los pueblos del alrededor, ignoraba el trazado de los caminos y ríos preexistentes desde hacía siglos y, cuando lo hacía, les daba el nombre robótico de Diagonal, Paral·lel o Meridiana. Si hubiéramos dejado Barcelona en manos de Cerdà seríamos básicamente una ciudad correcta y ordenada. Más racional y racionalista que moderna o modernista, en efecto eliminadora de desigualdades y de excepciones, pero con el precio evidente de prescindir de excepcionalidades. Todo el mundo con su jardincito en el interior, que finalmente tampoco hemos acabado teniendo: Nueva York, como Cerdà, también bautiza (es un decir) sus calles con números y letras, pero ellos, como mínimo, disponen de rascacielos y de un gran parque central. Nosotros, como máximo, cemento de supermanzana y grandes extensiones de pipicanes.
El sueño de Cerdà no era este, claro está, pero, aun así, es una suerte que no se le dejara solo. Si el Plan Cerdà se hubiera desplegado con toda su coherencia geométrica, sin interferencias, sin excentricidades, sin los matices que se le incorporaron (especialmente vía Domènech i Montaner), hoy el Eixample sería un mar de áreas idénticas. Los arquitectos, por suerte, pusieron un poco de imaginación en las fachadas y pudieron vestirlas (una buena parte de ellas) de domingo. Y los modernistas, por su parte, pusieron allí los colores y la osadía en forma de templo hiperbólico, de casa submarina o de castillo medieval. Si se hubiera dejado solo a Cerdà, Barcelona sería un ejemplo de urbanismo racional, pero solo despertaría emociones a la gente con TOC. Los turistas pasearían por allí como quien contempla un plano bien resuelto, un patrón, una cenefa.Afortunadamente, bajo los adoquines está la playa y bajo los chaflanes están los bosques y los caminos. La naturaleza, el país. Evitamos que el nuevo Ensanche fuera un simple anexo a la ciudad gótica, tan artificial y geométrico como lo fueron la Ciutadella o la Barceloneta. Sin duda Cerdà concibió una ciudad avanzada, pero su propuesta tenía una elegancia tan abstracta y científica como su federalismo utópico (valga la redundancia). Dicen que leía las tesis del socialismo de Étienne Cabet, es decir, las Icarias (posteriormente renovadas por Bohigas en la Vila Olímpica), pero a veces el igualitarismo acaba igualando por abajo. Por eso el mérito de Barcelona es no haber dejado solo a Cerdà y haberlo engalanado de naturales jerarquías y monumentales excepciones. La belleza no acostumbra a vestirse de uniforme.Imagin\u00emoslo: con Cerdà solo, ¿qué vendrían a ver los turistas? No el Eixample: más bien el Barrio Gótico, las Ramblas, el puerto, tal vez Montjuïc. Pero después de tres paseos, la ciudad sería una colmena monotemática, una ciudad gentrificada antes de tiempo. De la misma manera que sin la intervención de Gaudí la Sagrada Familia original habría sido un templo neogótico prescindible. La Pedrera sería hoy un edificio convencional, con alguna reforma añadida. El Palau de la Música Catalana sería un centro cívico encima del solar del convento de Sant Francesc de Paula. Sí, hemos tenido mucha suerte: después de haber derribado las murallas para no morir de insalubridad, lo que solo nos habría faltado hubiese sido morirnos de pena.