Desde la globalización y la financiera de la economía, las pocas personas que realmente cuentan han acabado por desaparecer de la realidad, han adquirido una condición etérea. Ya no son terrenales, cada vez son menos y no podríamos ubicarlos en ningún espacio concreto. Los grandes propietarios, los ricos de antes, actuaban en un sitio específico. Así era en el siglo XIX y durante gran parte del siglo XX. Industriales y financieros tenían una patria, se identificaban con una cultura, territorio y gente. Querían formar parte de una comunidad y ser reconocidos como miembros más relevantes. Fueran industriales, financieros o rentistas, las clases dominantes, sin dejar de explotar sus coetáneos tanto como podían, tenían unos límites y hacían algunos gestos, justamente para ser reconocidos como mecenas o benefactores. Querían distinguirse, pero afirmaban su pertenencia dejando trazas de ser de un sitio. Existe en Cataluña una amplia burguesía que, en otros tiempos, quería ser respetada, reconocida y valorada, aunque su gran negocio fuera el tráfico de esclavos. La familia Botín, que se enriquece haciendo de banca por todas partes, se cuida mucho de mantener una relación privilegiada con Santander, ciudad que precisamente da nombre a su negocio. Que los muy ricos mantuvieran la terrenalidad no hacía las cosas más justas, pero mitigaba un poco la desigualdad, la reconocía, e implicaba una vinculación con una gente y un territorio, aunque siempre les miraran por encima del hombro.
Los superricos actuales, muy pocos y muy vanidosos, viven fuera del mundo y no se vinculan ya a ningún territorio ni a nadie. Han acentuado tanto la distancia económica y física que no forman parte de nada ni tienen como mitigar sus vergonzosas actividades. Generalmente son inversores globales en multinacionales o plataformas tecnológicas, y no tienen ningún contacto con los trabajadores que llevan adelante las empresas que les reportan beneficios. Viven en una realidad paralela, han huido de lo figurativo o se han instalado en el mundo de la abstracción. Sus decisiones afectan, a menudo de forma muy negativa, a millones de personas que para ellos sólo son números en una hoja de Excel. Nunca coincidirán ni en ninguna parte con las familias que hayan podido arruinar o con los miles de personas que han dejado sin trabajo. Habitan en un videojuego donde sólo puede haber ganadores únicos, esa es la batalla, no existen personas ni efectos sociales y, menos aún, la obligación de pagar impuestos. No es que los ricos actuales sean más cosmopolitas, son ahora extraterritoriales y viven en una postrealidad que les hace insensibles a cualquier consideración humana o social. Impregnados de un individualismo salvaje, creen merecer lo logrado, olvidando incluso que han convertido en negocio el fruto de una investigación tecnológica realizada con dinero público, o que consiguen monopolios globales gracias a un estado imperialista que les da cobertura. Hoy, 0,001% de la población dispone de tres veces más que el 50% más pobre de la población mundial. Las 100 mayores fortunas acumulan una riqueza que supera los 6 billones de dólares, es decir, 5 veces el PIB de España.
Esta gente no vive en ninguna parte de forma fija ni se deja ver. Coinciden en sitios extremadamente exclusivos. No quieren saber nada de la realidad y el mundo. Detestan reconocimientos menores como dar nombre a calles o estatuas en la plaza de un pueblo. Son invisibles, porque ésta es su pretensión. Quieren ser idolatrados y deificados, y eso requiere misterio, no cercanía. Es necesario que la realidad no les haga tomar decisiones equivocadas, no se pueden permitir ningún sentido de equidad, justicia o meramente de humanidad. Últimamente, la desclasificación de papeles de Epstein, pederasta y organizador de eventos para ultraricos e influyentes, ha puesto en evidencia la parte "lúdica" de este mundo, en el que se puede obtener prescindiendo de cualquier consideración ética o moral. El caso Epstein dará mucho de sí. Un sistema extremadamente perverso de espionaje jugando con el chantaje que permiten las perversiones privadas bien fotografiadas y documentadas. No está claro quién movía los hilos, pero parece que tiene muchos números el espionaje israelí. Millones de documentos, de fotografías, que ilustran la otra cara del mundo real. ¿A qué dedican su tiempo libre? Los poderosos e influyentes, de ideologías diversas, jugando a soltar su parte más oscura, convencidos de que todo les está permitido, que su reino no es de este mundo y que, sobre todo, buscan alternar entre ellos, viviendo en un mundo paralelo donde, a pesar de haber muchos creyentes, no existe el concepto de pecado ni Código Penal vulgar. Epstein hacía de logrador y al mismo tiempo les facilitaba una cultura y unos hábitos infernales. Una demostración de que la lucha de clases sigue existiendo, también en una dimensión moral, sólo que hoy en día se ha vuelto salvaje.