Vecinos de la Sagrada Familia jugando a los bolos catalanes con el templo detrás.
08/06/2026
Periodista
2 min

El martes el Papa aterriza en nuestro país. Después de haber hablado tanto de él, ahora le toca hablar a él. Y tanto los que le esperan con impaciencia como a quienes molesta este despliegue de recursos públicos para recibir a un líder religioso en un país aconfesional, estaría bien que prestaran atención, a ver qué dice y cómo lo dice. Que todos juntos calláramos un momento, para escuchar primero y aplaudir o criticar después aquello que tiene que decir al mundo desde Cataluña, y qué tiene que decirnos a nosotros, los catalanes. Qué idea tiene, o cuál le han construido entre unos y otros (más unos que otros, claro) de esta Cataluña post-Procés y más mezclada que nunca.

El genio de Antoni Gaudí ha llevado a León XIV a Barcelona, como antes llevó a Benedicto XVI. No hay templo en el mundo que se pueda comparar a la Sagrada Familia, y este solo hecho debería darnos la seguridad y la autoestima que no siempre tenemos. Por supuesto, buena parte de esta tensión no resuelta, que estalla cada vez que el mundo nos mira, tiene que ver con la necesidad de reconocimiento de una nación que no tiene estado propio y desconfía con razón del estado donde paga sus impuestos. Si un viaje del Papa a Cataluña es más delicado de organizar y todo el mundo tira de la cuerda es porque hace siglos que sabemos qué nos jugamos. La diferencia es que nuestro celo no tiene más remedio que ser explícito y se hace pesado y, en cambio, el celo de un estado transcurre disimuladamente por una serie de circuitos internos y de intereses que dan una apariencia de naturalidad a lo que también es nacionalismo. Pero ahora que todo está dicho, escuchemos a León XIV en Cataluña.

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