Esperando la jubilación de Trump

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El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, se marcha después de su participación en la cumbre de líderes de la OTAN en Ankara (Turquía), el 8 de julio de 2026.
22/09/2026 - 18:01 h
Filósofo
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Definitivamente, el delirio autoritario que amenaza a las democracias se ha trasladado a Europa. Mientras tanto, en los Estados Unidos, Donald Trump, con las encuestas claramente a la baja, está perdiendo los papeles, probablemente incapaz de entender que la exhibición continuada de su indecencia ha acabado incomodando a una parte de los suyos. Hay razones para pensar que Trump —a pesar de que todavía le quedan dos años en el cargo— ha entrado en la pendiente. Tendremos datos objetivos pronto, cuando lleguen las elecciones de medio mandato, que, si los sondeos no se equivocan, auguran una seria derrota de los republicanos.

La última gesta de Trump ha sido la expulsión de la Casa Blanca de CNN, MSNBC y Politico, que ha provocado que otros medios como ABC y Fox News (ideológicamente muy próxima al presidente) retiraran su representación. Naturalmente, Trump ha contestado con su proverbial insolencia, anunciando que “otros medios de noticias falsas” también serán expulsados.

No es un acontecimiento menor. Confirma lo que ya parece una convicción extendida por el país: que el modelo Trump ha tocado fondo y que, efectivamente, la ciudadanía reaccionará poniendo al magnate en su lugar. Lo comentábamos el lunes con Susan Stokes, la autora de Los regresores, sobre los líderes que erosionan sus propias democracias. Stokes se declaraba convencida de que el electorado estadounidense castigará a Trump, que habrá fracasado en el intento de llevar al país por el camino hacia el autoritarismo postdemocrático. No descartaba, está claro, que Trump pueda responder al fracaso electoral poniendo las instituciones patas arriba, pero consideraba que se ha puesto demasiado en evidencia para poder encontrar complicidades en las instituciones. Eso no impide que en los dos años que le quedan en el poder, Trump pueda intentarlo todo, incluso prolongar su mandato por decreto. Pero Stokes piensa que no se saldrá con la suya: ha abusado demasiado de querer hacer creer que todo le está permitido.

Este episodio americano resuena en Europa con los resultados de las elecciones de estos días en Alemania. Si bien la AfD, la extrema derecha, se ha apuntado otra victoria, en Berlín se ha visto la emergencia de una socialdemocracia ganadora, hasta ahora desdibujada por su coalición con la derecha en el gobierno de Merz y en un momento en que en toda Europa la izquierda está perdiendo pie. Este hecho podría ser indiciario ante otras elecciones europeas. Y tiene el valor de insinuar que no solo la extrema derecha capitaliza el desconcierto de las derechas tradicionales y que la hegemonía reaccionaria podría estar despertando a las izquierdas, alarmantemente desaparecidas en los últimos años. ¿Qué ha sido de los remilgados partidos a la izquierda de los socialistas, Podemos y Comunes, por ejemplo, que parecen haber perdido la voz y la presencia?

¿El giro hacia el populismo derechista ha tocado techo? ¿O son solo pequeñas señales de recorrido limitado? Si miramos el panorama tal y como parece dibujarse ahora, no es evidente que las derechas liberales se recuperen de la atracción que ha conseguido sobre ellas la extrema derecha. Tenemos cerca una prueba de envergadura: ¿será Marine Le Pen presidenta de la República Francesa el año que viene? Ahora mismo no abundan las señales que permitan descartarlo. Y en Cataluña, ¿hasta qué punto Junts resistirá la ofensiva de Aliança Catalana?

Por mucho voluntarismo que ponga Pedro Sánchez, parece difícil detener la coalición Vox-PP en España. Ahora mismo, la incógnita es cuál de los dos partidos tendrá la llave de la Moncloa. Cuesta entender qué pulsiones mueven a la derecha española, cuando en vez de generar expectativas con algún liderazgo potente que pueda detener a Abascal y compañía, mantiene al soso de Feijóo, como si viviera la potencial victoria como un fatalismo. En Cataluña, Sílvia Orriols ha encontrado una autopista mientras Junts no decide qué quiere ser cuando sea mayor, es decir, cuando se haya deshecho de Puigdemont.

Todo son síntomas que conducen al mismo punto: el estado de confusión europea, fruto de la influencia de Donald Trump. Y todavía falta un poco para que nos liberemos de ello. Su éxito en los Estados Unidos fue gasolina para las extremas derechas europeas. Su descenso podría rebajar las expectativas, ofrecer a las derechas liberales conservadoras —si es que todavía existen— el espacio mental necesario para volver a reactivar las democracias europeas, y permitir que las socialdemocracias recuperen su autonomía. La cara del canciller alemán, Friedrich Merz, después de las elecciones del domingo es expresiva del duelo que lleva encima. Y aunque nadie se acuerde, los socialdemócratas están escondidos bajo su imagen gobernando juntos. Todo ello refleja una Europa ausente en un momento crucial. Y parece que no queda margen. ¿Debemos esperar a que Trump caiga para plantearnos qué queremos ser cuando seamos mayores?

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