Necesaria huelga general
Las huelgas generales son un instrumento fundamental de articulación de las sociedades democráticas. Las huelgas generales, las huelgas sectoriales y, por supuesto, el derecho de huelga en sí mismo. Hemos llegado a un punto en el que tal vez hay que empezar por aquí. Esto no impide que muchos hayamos cuestionado en alguna ocasión la idoneidad de la convocatoria de una huelga general u otra. Pero ahora estamos en otro momento de la historia de la democracia en el que lo que se pone en cuestión no es el contenido o el sentido de una huelga concreta, sino el hecho de la huelga e incluso el derecho a convocarla y a secundarla. Es una exigencia de aquellos que desean llegar a la posdemocracia, o de aquellos que ya viven instalados en ella. Los derechos y las libertades fundamentales deben retroceder, deben minimizarse o deben abolirse. Trump puede haber sufrido una derrota en las elecciones de mitad de mandato, pero los Alex Karp, los Chris Olah, los Elon Musk y los Mark Zuckerberg siguen trabajando en un nuevo orden de las grandes corporaciones digitales que diluye y aspira a sustituir los mecanismos y las instituciones de las democracias liberales como forma de organización del poder en nuestras sociedades.
Lo que está en juego, volvamos a decirlo, es la democracia misma. El derecho a la vivienda digna y al salario justo, que es lo que se reivindica en esta huelga general, está en los cimientos y a la vanguardia de la defensa de la democracia. La pretensión de que no es una huelga contra los actuales gobiernos (sean autonómicos o el gobierno central presidido por Pedro Sánchez) no es cierta, o no es del todo cierta. La discusión no es sobre si la huelga es contra el gobierno o contra la oposición. Sucede, sencillamente, que aún podemos identificar entre un gobierno que se ha dormido en las políticas de vivienda y que no reacciona hasta que no se encuentra ante una emergencia social, y otro posible gobierno formado por partidos que desean acceder al poder para desmantelar el estado de derecho, el estado social y el estado del bienestar. Hay un gobierno de izquierdas que no ha trabajado bien ni ha trabajado suficiente: pero la alternativa que se plantea es otro gobierno que, si trabaja, será para desmontar las frágiles conquistas sociales que se han obtenido en estos cincuenta años de democracia insuficiente y defectuosa pero democracia, al fin y al cabo.
Una huelga general en plena crisis de la vivienda, y a las puertas de unas elecciones generales, es un gesto colectivo de autoafirmación democrática que, para empezar, debe ser saludado con el máximo respeto. No vale intentar descalificarlo con argumentos partidistas ni con el repertorio de insultos y ocurrencias populistas en el que ha degenerado el debate público desde hace unos años. En el Estado español, ahora mismo, hay alcaldes (como el de Palma, como el de Madrid) que se ven con fuerzas para enviar a la policía local a cancelar protestas ciudadanas como las acampadas por la vivienda que había en las plazas. Cuando el autoritarismo deja de ser una hipótesis y se convierte en una amenaza real, la huelga general es, simplemente, necesaria.