Un Halloween de miedo
No sé ustedes, pero esta semana, por Barcelona, me han dicho más de una vez: “El sábado no me moveré de casa”. Hay gente que tiene miedo de bajar al centro de la ciudad y tropezarse con encapuchados violentos que destrocen escaparates, saqueen tiendas y quemen coches y motos para hacer barricadas. Los Mossos y la Guardia Urbana están preparando un dispositivo de máximos, bien visible, y la táctica de recibimiento de los violentos no será la misma. Esperemos que no haga falta. Y que, si hace falta, funcione.
Primero fue el desasosiego causado por la incertidumbre, luego la triste constatación de que el presente no es como nos lo esperábamos, y ahora es el miedo a lo que pueda pasar.
Las tiendas saldrán perjudicadas y las pérdidas pueden ser considerables. Pero los efectos en la confianza colectiva son incalculables, y no solo para el comercio: para el ocio, para la cultura, para las relaciones entre las personas. Y porque una sociedad dominada por el miedo acaba buscándose refugios autoritarios muy poco recomendables.
El contraataque de un PSOE contra las cuerdas consistió en apropiarse del drama de la vivienda y responder al odio de la ultraderecha con “la fuerza del amor”, con una especie de Love Actually prenavideño donde los buenos sentimientos vencían al rencor, la antipatía y aquello que Pedro Sánchez había llamado “la máquina del fango”. Los socialistas cambiaron el puño y la rosa por un corazón, quisieron quedarse con la representación del amor y reservaron a la oposición el papel del odio. Y ahora, después de dos hechos que hielan la sangre, como son la violencia de jóvenes menores de edad en las calles y el tercer accidente mortal de trenes el mismo año (Adamuz, Gelida, Urda, 116 muertos), la poesía se ha evaporado. Y encima, el recambio político que se adivina todavía da más miedo.