Homenaje elegíaco en la Estatua de la Libertad
El Museo de Orsay prepara una oportuna –o deberíamos llamar elegíaca– exposición sobre los orígenes y la significación de la Estatua de la Libertad de Nueva York. Se podrá visitar a partir de septiembre y se realiza con ocasión de los 250 años de la Declaración de Independencia de Estados Unidos. Con el nuevo Trump imperial, en los meses que quedan pueden ocurrir más cosas que tiren aún más por tierra el simbolismo de aquella obra regalada por Francia a los jóvenes Estados Unidos en su centenario, y que millones de inmigrantes veían como el símbolo de bienvenida y esperanza desde la isla de Ellis, donde sabrían si se les dejaba entrar o no en la isla.
Hoy, todo el mundo que llega a EEUU es directamente un sospechoso potencial. La isla de Ellis no era, ni mucho menos, un lugar agradable, pero se ha convertido en un memorial que, como escribió Georges Perec, "pertenece a todos aquellos a quienes la intolerancia y la miseria han ahuyentado y ahuyentan todavía de la tierra donde crecieron". Todos los que ahora Trump quiere expulsar. ¿A quién pertenece la Estatua de la Libertad? ¿Qué libertad representa en este siglo XXI? ¿La de aplastar a los débiles, la de despreciar las leyes, la de apropiarse de los territorios y bienes ajenos?
Para evitar confusiones, lo más honesto sería derribarla, pero honesto no es un adjetivo trumpiano. Además, ¿qué pondríamos en su sitio? ¿Un Trump gigante, de tamaño ególatra, con su sonrisa burlona y amenazante? Como nadie se lo va a regalar –al igual que no le han regalado el Nobel de la paz–, no podemos descartar que se la haga él mismo. No sería de bienvenida, claro, sino para intimidar a los foráneos y exaltar al América MAGA triunfalista que esconde lacerantes desigualdades. La Estatua de la Libertad de repente ha pasado a ser un anacronismo romántico, un símbolo de todo lo perdido. No la echará, claro. Me intriga pensar qué se va a empujar Trump para reapropiársela. En cuanto al museo de Ellis Island, puede reinterpretarlo como una fantástica prisión preventiva.
La exposición de París se titulará La libertad iluminando el mundo. Pero ya no le ilumina. Los faros políticos del siglo XXI son policiales, militares y autoritarios. Son faros nocturnos que persiguen enemigos reales o supuestos, da igual. Para el vulgar y fanatizado Trump y sus amigos globales de la ultraderecha, la presunción de inocencia es de débiles e ineficaces. Estado de derecho? ¿Derecho internacional? ¿Legalidad? ¿Justicia? ¡Ca! Ya no se habla de derechos humanos, ni de fraternidad o igualdad, ni siquiera de la libertad de las naciones. La retórica es el ultranacionalismo imperial: "Somos una superpotencia y nos comportaremos como una superpotencia", dicen desde la Casa Blanca.
Es decir, impunidad global, derecho de pernada. No es que estemos retrocediendo en el siglo XIX, estamos yendo mucho más atrás, a la oscura Alta Edad Media: yo soy más poderoso y, si no me gusta lo que haces, puedo entrar en tu casa, secuestrarte y quedármelo todo. Ninguna instancia superior lo impedirá, se llame ONU o se llame como se llame. En tiempos medievales, el Papa era una especie de superpotencia espiritual que intermediaba o decantaba la balanza. Hoy nadie parece capaz de frenar a Trump. Y él lo sabe, claro.
La estatua, obra del escultor Frédéric-Auguste Bartholdi y del ingeniero Gustave Eiffel, tardó 10 años en erigirse y se inauguró en 1886. El objetivo del Museo de Orsay es que el público entienda "las decisiones artísticas, excepcional". Eran otros tiempos. El optimismo y la libertad reinaban en la joven nación del otro lado del Atlántico. Aunque ya entonces la doctrina Monroe, inicialmente concebida contra el imperialismo europeo en América, había empezado a dar un giro expansionista hacia México y hacia el Caribe. Con el cambio del XIX al XX, EEUU empezaría a llamarse directamente América, apropiándose del nombre entero. El nombre no hace la cosa, pero da pistas.
Esto es lo que ahora vuelve a explicitar Trump. Siempre tan superlativo, directamente ya habla de "nuestro hemisferio". Groenlandia incluida. Su libertad es la de hacer lo que le ocurra por los dalloneses. ¿Qué hacemos de la estatua, pues?