Escribo sentada en un palé, entre botas abiertas, algunas ya llenas. La veo a ella, toda energía, un torrente de vitalidad, subida en la escalera, ayudando con las manos —los brazos rojos de mosto— a hacer que la uva resbale hacia abajo. Lo veo a él, ensimismado, comiendo un grano de picapoll y sonriendo sin darse cuenta, porque está buenísimo. Entramos la “mi” uva, la que hemos cosechado, la de juguete, y enseguida de aquellos granos morados, compactos, sanísimos de mandó brota un zumo, que es un milagro. Arriba del tractor, los dientes tan blancos del joven larguirucho, que ríe, disfrutando del placer de conducir una máquina, destacan en la oscuridad de la bodega. “¡Es un máquina!”, oigo que dice alguien.
Es vendimia. En el laboratorio, él succiona del mosto, con la pipeta, y apunta el grado de la uva, que es alto, porque estaba madura. Afuera, un chico con botas limpia un tanque por dentro. Como cada año estos días, con noches agitadas de todos ellos, se despiertan sudados pensando en acideces y fermentaciones espontáneas. Fuera de este mundo está aquel señor que, desde la tribuna, todo limpio y planchado, dictaminará que el vino es elitista, caro, pernicioso y prohibible. Considerará que a los jóvenes les podemos ofrecer todo el azúcar de las bebidas de colores pero ni un trago de vino, que eso es una droga. Si una cosa somos, si una sola cosa somos en este lugar donde vivimos, es “mediterráneos”. Vivimos en la calle, nos gusta la fiesta, compartimos el pan, el aceite y el vino desde hace milenios. ¿Qué nos tienen que venir a decir la OMS y todos estos señores encerrados en el frío de sus casas de pino sobre el acto social de brindar con vino? Somos un país de vino y tenemos un paisaje único que se entiende a través del vino. Pisamos la uva descalzos, pero no nos dejamos pisar en este acto milenario que consiste en mirarse a los ojos, hacer chocar las copas y decir “salud”.