La prohibición de las aplicaciones a los menores de 16 años pone el peligro de las redes sociales a un nivel similar al del tabaco o el alcohol. Éste es el efecto más importante del anuncio de Pedro Sánchez: representa un cambio cultural. Y, como en Australia y Francia, ya era hora.
Cualquier padre o madre ha podido comprobar que las pantallas pueden perjudicar gravemente la autoestima, el sueño, la concentración, la lectura, la educación en valores y en buen gusto y la socialización de su hijo o hija. Y que si quería estar encima tenía que librar una desigual batalla diaria. Ahora, la batalla continuará, porque no hay nada más goloso que lo prohibido, pero cuando el estado regula, la sociedad tiene una referencia clara.
Pero, aun así, la relación con un utensilio tan fundamental en el día a día, ahora y en el futuro, sólo será saludable si la educación pesa más que la prohibición. No prohibiríamos salir a la calle a los niños por miedo a que la puedan atracar, ni prohibiríamos ir a la escuela a los más jóvenes porque los compañeros pueden ser acosadores. Y la calle, la escuela y el móvil son conceptos equivalentes si entendemos que las pantallas y las redes serán el lugar donde los jóvenes pasarán el resto de su vida, sea para comunicarse, trabajar o entretenerse, y deben aprender a manejarlo sin tomar daño.
Queda saber, que no es poco, cómo se hará. Y aunque la historia quizá no lo recorde, Sánchez toma esta decisión, también, porque el enfrentamiento con los que ha bautizado como "tecnooligarcas" le hace ganar centímetros en las conversaciones local y mundial, al igual que con la regularización de inmigrantes: ¿o es casual que la haya anunciado justo cuando el mundo compara el ICE de Trump con la Gestapo?