Zapatero llegando a la Audiencia Nacional para declarar como investigado por el "caso Plus Ultra".
28/06/2026
Periodista y escritor
3 min

1. Nadie debería leer lo que se decían Zapatero y su secretaria a través de WhatsApp. Nadie debería saber cómo Koldo pagaba los servicios sexuales de Ábalos. Nadie debería haber mirado el mensaje en el que Rajoy le decía a Bárcenas “aguanta, Luis”. Nadie debería haber oído al ministro Fernández Díaz asegurándole al director de Antifraude el “esto te lo afina la Fiscalía”. Nadie debería haber oído qué tramaban Victoria Álvarez y Alícia Sánchez-Camacho en La Camarga. Nadie tenía que hacer nada, en la operación Volhov, si Puigdemont se creía o no que vendrían 10.000 soldados rusos a ayudarnos en las horas graves. Nadie podía imaginarse que Cospedal ordenaría investigar lo que fuera sobre el hermano de Junqueras. Nadie debería haber visto el vídeo-trampa de Exuperancia Rapú con Pedro Jota. Nadie tenía que haber oído cómo Florentino Pérez menospreciaba a Mourinho en una conversación de hace un montón de años. Nadie tenía derecho a leer qué se decían Rubiales y Piqué en la concesión árabe de la Supercopa. Nadie tiene nada que decir sobre las enfermedades venéreas que Bill Gates ocultaba a su mujer. Nadie tenía por qué saber los criterios de otorgamiento de cargos según Lluís Salvadó. Nadie debería haber visto Estefania de Mónaco haciendo el amor al lado de la piscina. Nadie necesitaba saber que Zapatero –de nuevo Zapatero– le confesaba a Oriol Mitjà que el ministro Illa estaba fracasando en la gestión de la pandemia. Nadie debería escuchar la llamada de Jonathan Andic al 112 para avisar que su padre había caído por un acantilado. Nadie debería saber qué se decían los Andic con la presunta terapeuta, y menos ahora que hemos sabido que no estaba ni colegiada como psicóloga pero, en cambio, se dedicaba a ordenar emocionalmente la vida de diferentes ricos del país, a cambio de un ojo de la cara.

2. No deberíamos saberlo, todo esto. Pero lo sabemos. Lo miramos, lo escuchamos, nos llevamos las manos a la cabeza y, después, hacemos corrillo con los amigos. Conversaciones e imágenes privadas elevadas a lavadero público, al por mayor. La privacidad ha estallado en mil pedazos. La génesis de todo ello, al fin y al cabo, es diversa, y no nos importa demasiado la fuente que ha comenzado a brotar cuando nadie lo esperaba. Tanto da si son conversaciones que una de las partes decide visibilizar, por el interés que sea, o si son mensajes filtrados por terceros, también con una voluntad determinada. En este caso, ya sea por una investigación judicial, por un dispositivo confiscado o por un acceso ilícito, la revelación de conversaciones puede comportar responsabilidades penales. Pero nosotros, como pueblo que paga impuestos y presta atención, no le damos importancia. Filtre quien filtre, ya sea un juez, un policía, un Villarejo, un periodista a sueldo, un abogado a sueldo o un detective también a sueldo, nos gusta descubrir qué se está cociendo. Curiosos por naturaleza, no renunciamos a saber. Si en la autopista frenamos para mirar qué ha provocado la caravana, ¿cómo no vamos a escuchar una conversación privada que nos da pistas sobre los entresijos del teatro de la realidad? Los secretos son sexis y la verdad crea adicción.

3. Conversaciones que nunca deberían haber trascendido han sido claves para destapar las corrupciones del PSOE, las del PP, la trama de la operación Cataluña y, también, algunas miserias del Procés. Hay mensajes de móvil y grabaciones de voz que nos permiten saber qué piensa la gente con poder, tan acostumbrada a predicar sal y vender vinagre. Pero, aun así, ¿nosotros soportaríamos una auditoría de nuestros whatsapps? ¿Cuántos amigos perderíamos si nos los publicaran? ¿Cuántas líneas rojas traspasaríamos, hablando de broma, en serio o con una frase sacada de contexto? ¿Tenemos que ser políticamente correctos, en la intimidad? ¿Tenemos que borrar nuestros chats de una manera compulsiva, a partir de ahora? ¿O es mejor ir a Ecuador y decir que nos han robado el móvil?

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