En el noventa aniversario de Jürgen Habermas

Daniel Gampery Daniel Gamper
14/03/2026
3 min

(Este artículo se publicó el 17 de junio de 2019)

Mañana, martes, Jürgen Habermas, uno de los filósofos vivos más influyentes, cumple noventa años. En Fráncfort, donde ejerció de profesor universitario durante más de dos décadas, se reúnen sus discípulos y compañeros de generación, como Charles Taylor y Richard Bernstein, entre otros muchos, para honrar a quien, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, ha cultivado el legado de la Ilustración y ha mantenido la esperanza.

La palabra clave en torno a la cual orbita su pensamiento es 'comunicación', es decir, el hecho de que no pensamos ni estamos en soledad. Me lo ilustró en una conversación que tuvimos en Barcelona hace más de 10 años, a propósito de una conferencia en el CCCB. Le pregunté qué argumento se le ocurría para contrarrestar el tonto relativismo de nuestros tiempos. El ejemplo que puso era de gran simplicidad, tan obvio como lo son las palabras que nos dirigimos unos a otros cotidianamente: cuando una persona le promete a otra que va a hacer algo, estas palabras les vinculan. Si incumple la promesa, deberá dar una justificación por su incumplimiento y es entonces que se manifiesta el carácter intersubjetivo, es decir, no sólo subjetivo, de las razones que nos damos unos a otros: la persona que incumple la promesa no puede decir cualquier cosa, sino que debe decir lo que se dice en estos casos, debe responder en unos términos sino que no pueden sirva también para los demás. Hablar es siempre una actividad colectiva que nos ata y que sólo tiene sentido en la medida en que todos los hablantes y oyentes nos entienden, nos corrigen o eventualmente aprenden de nosotros.

La razón es, pues, comunicativa, como ya decía en el título de su gran obra de 1981, 'Teoría de la acción comunicativa'. Esto tiene implicaciones éticas, porque son los afectados por las acciones sobre las que se delibera quienes deben poder decir la suya, deben poder participar en la determinación de estas políticas y acciones. Si unos hablan y deciden en nombre de todos y si no existen buenas razones para presuponer que estos otros estarían de acuerdo con lo que se decide en su nombre, entonces no se cumple con el principio de reciprocidad y aparece la dominación de unas personas por otras personas.

Sin duda el hecho histórico determinante del pensamiento de Habermas es la toma de conciencia de la barbarie del Tercer Reich. Todos sus libros, quizás todas sus ideas, deben entenderse sobre este trasfondo. De ahí su defensa del proyecto europeo, como salvaguarda frente al totalitarismo que surge del repliegue nacional y/o étnico. Una defensa que en los últimos años ha adquirido un tono pesado provocado por la relegación de la constelación postnacional europea en nombre de los intereses nacionales. Sin solidaridad no existe Europa.

Su interés en la religión desde inicios del siglo XXI puede entenderse también en este sentido. Caído el Muro de Berlín, debilitado el potencial de la izquierda, Habermas cree que en las religiones se articulan algunas razones propias de nuestro bagaje cultural y ético que pueden alimentar la deliberación pública y democrática sobre los retos legislativos del presente. Esta disponibilidad de aprender de las diversas tradiciones espirituales europeas no responde en modo alguno a una repentina conversión religiosa. Más bien, es fruto de una honestidad intelectual entendida en sentido amplio.

Habermas no es únicamente un preciado filósofo en la academia, uno de los grandes renovadores del proyecto ilustrado, sino que ha sido y sigue siendo también una voz poderosa y necesaria del debate político alemán y europeo. Su voz pública, recogida periódicamente en pequeños volúmenes, resulta modélica para evitar la simplificación y vulgarización de la comunicación política. Ciertamente, su prosa no es ligera ni de fácil comprensión, se diría que en ocasiones la tesis de sus escritos queda oculta bajo montes de frases subordinadas. Sin embargo, este apretón conceptual es fruto de una exigencia metodológica consciente. Si el lector presta atención al texto, descubre que la dificultad a la hora de leerlo procede de que sus frases avanzan como un ejército, cubriendo todos los flancos respecto a eventuales críticas, recordando en todo momento cuáles son los presupuestos de sus afirmaciones, cuáles son las consecuencias de su propuesta.

El esfuerzo de leer los libros y los artículos de Habermas tiene una recompensa: encontramos una defensa de los principios normativos ilustrados sobre los que crece lo mejor de nuestra tradición política, jurídica y moral, y un aparato conceptual con el que oponernos a los populismos ya las ideologías que quieren esconder el suyo a todo el mundo. Es por este motivo que podemos felicitarnos que mañana cumpla 90 años y que lo haga con un libro de 1.700 páginas en el que repasa la historia del pensamiento filosófico y que saldrá a las librerías a finales de septiembre.

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