Alberto Núñez Feijóo ha decidido que si el juego democrático no le es lo suficientemente favorable, hay que cambiar las normas. Si no gana, el problema es el sistema, no él. Y algunos de los ciudadanos que tienen reconocido el derecho a voto. Trampajeaal cruzar la peligrosa línea roja de inocular la desconfianza y la sospecha en las garantías del proceso mismo. Si son de sobra conocidas las dificultades que tienen muchos residentes en el extranjero para hacer llegar su voto desde donde viven, ahora el líder del Partido Popular pretende poner palos en las ruedas a un tipo concreto de españoles que viven fuera de territorio estatal: los nietos y descendientes de exiliados y emigrados que se vieron forzados a marchar del país, digamos, por causas de fuerza mayor. Feijóo no se ha ni despeinado al poner en duda la validez de una ley que tiene el objetivo de reparar en el presente las consecuencias de la represión feroz de la guerra y la dictadura. Tanto él como una parte del PP y, por supuesto, Vox, parecen querer seguir humillando a las víctimas de la Guerra Civil y la dictadura noventa años después del "alzamiento" (que de nacional no tenía nada, “nacional” era la República). Como si no hubiera sido suficiente con las ejecuciones y la prisión y el destierro de todos los que no cometieron más delito que el de defenderse del fascismo, como si no hubiera sido suficiente con la violencia del pasado, ahora parece que quieran continuar perpetuándola en el presente. Si Franco quiso exterminar todos los elementos que creía impuros y subversivos, y convirtió en enemigos a los españoles que no lo eran como él creía que debían ser, ahora de lo que se trata es de eliminar los vestigios, los recuerdos, la memoria y el relato de quienes vienen directamente del horror y son el fruto de la barbarie que comenzó aquel julio del 36. Luego dirán que es la izquierda la que desentierra al muerto guerracivilista y se quejarán de ser tenidos por herederos de la dictadura, pero cuando se ensañan con los perdedores demuestran de quiénes son hijos y nietos.
Si Feijóo ataca directamente este tipo concreto de votantes en el extranjero es porque da por hecho que deben ser todos rojos. No pone en duda otros reconocimientos reparativos como el que se da a los descendientes de los judíos sefarditas que fueron expulsados hace más de cinco siglos y que pueden obtener la nacionalidad si demuestran el linaje hispano (cosa que no pasa con los moriscos, claro, aunque también fueron víctimas de la persecución católica). Tampoco pone el foco en las diferencias en el tiempo que necesitan los residentes extranjeros para obtener el DNI en función de su procedencia: viniendo de países de América Latina basta con dos años, mientras que de lugares como Marruecos (que también es, en parte, una antigua colonia; la última colonia, de hecho) el requisito son 10 años de permanencia ininterrumpida en el territorio, por una visión colonialista que considera que los habitantes de las Américas forman parte de la misma cultura por el simple hecho de tener la misma lengua. Núñez Feijóo no se mete con este electorado porque cree que son mayoritariamente de derechas (en Madrid, donde es la inmigración mayoritaria, ya se dirigen directamente a los “latinos” para pescar el voto.)
Pero todo esto es solo un plano del discurso del presidente del PP, que siempre dice una cosa queriendo decir otra o diciéndolas todas a la vez para que cada sector al que se dirige lo lea como quiere, con una siempre sibilina y calculada ambivalencia. Mezcla la cuestión de los nietos con la de la regularización de inmigrantes, como si fueran lo mismo. Solo hay que sobreponer sus declaraciones a imágenes de las colas kilométricas de los sinpapeles que estos días hacen el trámite para obtener la residencia como si fueran colas para asaltar la democracia. Y así, con pocas frases, señala dos enemigos a la vez: el extranjero del presente y el extranjerizado del pasado.