Una segunda oportunidad de vida detrás de los fogones
Sergi vivió seis años en la calle, durante catorce sufrió alcoholismo, y ahora es cocinero en Arrels Fundació
BarcelonaSergi tenía 36 años cuando lo perdió todo. Un horno en el paseo Maragall, una rosticería en la ronda del Guinardó y un restaurante de cocina mediterránea en Lliçà d'Amunt. Pero "una mala jugada" le empujó a vivir en la calle: perdió los negocios y el banco le embargó la casa. Pero lo que más le costó volver a recuperar fue su identidad. Había pasado de tener 38 trabajadores y un comercio a su cargo a no tener un lugar donde resguardarse. Durante seis años vivió dentro de cajeros, bajo toldos de restaurantes, buscando refugio dentro de parkings de Nou Barris y del Paralelo. Pero su peor enemigo venía dentro de una botella de vidrio. "Bebía unos doce litros de alcohol diarios. Cuando me di cuenta, ya era demasiado tarde", explica. Pero lo hizo y su vida ha dado un giro. Ahora lleva los fogones del taller de Arrels Fundació y allí prepara el desayuno, la comida y la merienda. "¿Que qué cocino? Lo que me den", dice sonriendo.
Sergi intenta poner fechas al tiempo que vivió en la calle, pero le es difícil. Se desdibujan el inicio y el final de un día y el siguiente. "Ya no sabes si es lunes, martes o miércoles...", dice. Explica que, al principio, es más sencillo ir a los lavabos de restaurantes de forma discreta. Hasta que con los meses iba sin afeitar y sin poder ducharse durante semanas. "Mi aspecto físico pasaba a un segundo plano; lo único que me importaba era conseguir alcohol. Iba perdido", admite. Su vida se convirtió en un intento de supervivencia. Sin pensar. Sin mirar más allá. Solo tenía que vigilar que, cuando fuera bebido, no le robaran las cuatro pertenencias que tenía. Y entró en un círculo vicioso.
Hace catorce años que trabaja con Arrels Fundació, una entidad que ayuda a personas sin hogar de Barcelona. Como a muchos otros, a él le encontraron en la calle durante un recuento y le ofrecieron quedarse a vivir en un albergue. Entonces se negó. Pero sí iba para ducharse tres veces a la semana. “Eso me motivaba un poquito”, explica Sergi, que había llegado a pasar ocho o nueve meses sin hacerlo. Poco a poco, parecía que las cosas empezaban a mejorar. A través de Arrels encontró un piso donde vivir y un comedor donde llenar el estómago, aunque la mayoría de los días no tenía hambre. Empezó a trabajar en las duchas y en los vestuarios de la fundación, pero recayó en la adicción. “Y no puedes ayudar a la gente que vive en la calle cuando tú mismo llevas una mochila cargada de problemas”, explica.
"Me dijeron que me estaba muriendo"
Tuvo que dejarlo todo otra vez. Su rutina volvía a basarse en dormir, beber y comer. Fue un susto en el hospital lo que le cambió la vida. Hace dos años, los médicos que le atendieron dijeron que su cuerpo no aguantaría vivo más de 48 horas. “Me dijeron que me estaba muriendo”, explica. Aquella fue su señal para poner punto final al consumo de alcohol. No fue una lucha fácil. Pero con la sobriedad alcanzó lo que él llama "una segunda vida".
En el pasado, Sergi tenía un restaurante con una cocina de diecinueve personas. Ahora todo es más sencillo y pequeño. Prepara el desayuno, la comida y la merienda para 25 personas –usuarios de los pisos de protección oficial y de los talleres de Arrels–, si bien en invierno son más, ya que mucha gente sin techo va a buscar alguno de sus platos calientes. Además, también llena fiambreras con la comida que sobra para que los que quieran se la puedan llevar a casa.
A diferencia de los platos "a menudo insípidos" que la mayoría de comedores sociales de la ciudad ofrecen a los más necesitados, Sergi explica que hace un menú semanal que, si no es igual, se acerca mucho al de un restaurante. Juega con los ingredientes que llegan como donaciones a la fundación cada martes. Y aunque la variedad es limitada, Sergi consigue ofrecer un menú de hasta tres o cuatro platos.
Durante todo este proceso, además, se enamoró de una trabajadora de la fundación. "El año que viene dejaré el piso de protección oficial e iremos a vivir juntos", explica contento. Sergi ha vuelto a encontrarse. Y por el camino, ha vuelto a conocer el amor y ha recuperado su pasión: la cocina.