Salud

Familias con adolescentes con riesgo de suicidio reclaman a la administración que no deje morir a sus hijos

La falta de recursos en la sanidad pública obliga a acudir a la privada para evitar reintentos de quitarse la vida

Íngrid, con dos intentos de suicidio en los últimos meses, ha tenido que endeudarse para ingresar en un hospital de día
26/02/2026
6 min

Gerona22 jóvenes ingresaron el pasado año en la unidad de referencia de psiquiatría infantil y juvenil (URPI) del Hospital de Santa Catalina de Salt por un intento de suicidio. Cinco casos más que en el año anterior. Tras cada intento hay un inmenso sufrimiento y la desesperación de los propios jóvenes con riesgo de suicidio y también de sus familias, que suplican más recursos para que las administraciones "no dejen morir" a sus hijos y doten de más recursos al sistema de atención a la salud mental infantojuvenil. "A la hora de decidir presupuestos, de apostar en serio, siempre es la última de la cola. Cuando un adolescente está en crisis, tres meses de espera para el psicólogo de la sanidad pública no son una simple demora administrativa. Son una eternidad que puede tener consecuencias fatales", lamenta la periodista Sònia Cebrian, madre de ingreso infantil y juvenil del Hospital de Santa Catalina de Salt por un intento de suicidio. Ha estado durante quince días y este miércoles ha recibido el alta. "Los profesionales, los de la sanidad y los de la educación, están desbordados y no llegan a todo, y las familias improvisan parches que sólo les permiten mantener la cabeza fuera del agua a base de lucha y soledad", añade Cebrian.

El testimonio de Sonia, como madre de una adolescente con trastorno mental y varios intentos de suicidio, y el de Íngrid, como joven que sufre este calvario, ejemplifican la dimensión de un problema que supone un elevado coste emocional y económico para quien lo vive y que, como dice Sonia, "se requiere".

Cuando la solución es un préstamo

Con dos intentos de suicidio, uno en noviembre pasado y otro a finales de enero, Íngrid, de 21 años, vive con el miedo a que, de repente, vuelva ese momento en el que siente que todo se hunde, en el que deja de ser ella y desea morir, en el que a escondidas coge la caja de antipsicóticos y engulle. "Tengo ganas de vivir, tengo personas alrededor que me quieren, tengo objetivos que me ilusionan... No quiero morir, pero sé que puedo volver a intentar suicidarme en cualquier momento", dice la joven, consciente de que su vida cuelga de un hilo muy delgado por culpa de la enfermedad mental que arrastra desde los 1 depresión o rasgos autistas) pero sin una respuesta asistencial que le evite peligrosas recaídas como las que ha sufrido en los últimos meses.

Los dos últimos ingresos en urgencias en el Hospital de Santa Caterina, en ambos casos con una sobredosis de antipsicóticos que han llevado al Ingrid a las puertas de la muerte, han comportado la activación del Código Riesgo Suicidio, que define el procedimiento de actuación a seguir ante la detección de pacientes con alto riesgo de quitarse. Pero a Íngrid no le ha servido para conseguir lo que suplica a los profesionales sanitarios: el ingreso inmediato en un hospital de día donde pueda recibir sesiones de terapia diarias y el apoyo emocional que necesita y, sobre todo, donde encuentre un espacio en el que se sienta segura y no tema un nuevo intento de quitarse la vida.

El miedo a un nuevo intento de suicidio golpea a los jóvenes que han intentado quitarse la vida y su familia.

Una atención integral e intensiva en un hospital de día es lo que le prescribieron los profesionales de un centro de salud mental juvenil de una clínica privada de Girona, a la que acudió aconsejada por su círculo de amigos más íntimos, a los que Íngrid pide ayuda cuando aparece el tormento de la angustia y tiene pánico a salir de su casa, cuando recae de salir de casa, cuando recae de su casa, cuando recae el pánico a salir de casa. "Yo no puedo permitirme pagar el elevado coste del ingreso en un hospital de día privado, por lo que he ido haciendo el seguimiento a la sanidad pública, en el CESMA, donde desde noviembre sólo me han dado cita dos veces con el psiquiatra pese a haber sufrido dos intentos de suicidio", explica la joven. Íngrid calcula que entre que le prescriban el ingreso en un hospital de día y que le adjudiquen una plaza pueden pasar dos años. "¿Quién me asegura que mientras espero no me habrá suicidado?", se pregunta la joven.

Ante esta incertidumbre, al recibir el alta del último ingreso en urgencias, Íngrid y su madre decidieron llamar a la puerta de la sanidad privada. Ya tiene asegurada una plaza en un centro de Girona y podrá entrar el próximo lunes porque el banco le ha concedido el préstamo que pidió para poder pagar los 1.200 euros mensuales que cuesta este recurso privado. "Estoy convencida de que saldré de este pozo", afirma Ingrid. En el hospital de día recibirá terapia para la enfermedad mental y también tratamiento de desintoxicación para su adicción a los puerros, que, según explica, consume para apaciguar las crisis de ansiedad y depresiones que sufre a menudo.

Además de haber tenido que pedir un préstamo, Ingrid deberá dejar el piso de alquiler donde vive actualmente y pagar a la clínica privada el sueldo íntegro que cobra como dependienta de una tienda, de donde ha tenido que pedir la baja laboral. "Es injusto y triste tener que perderlo todo para recibir una atención que debería tener garantizada en la sanidad pública", dice la joven, convencida de que debe dar ese paso para evitar un más que probable suicidio consumado.

La soledad de las familias

"Las familias que convivimos con un adolescente en crisis acabamos asumiendo funciones para las que nadie nos ha preparado. No somos héroes. Somos supervivientes. Somos terapeutas, mediadores y muro de contención, y lo hacemos porque no tenemos alternativa, porque no hay estructura pública. No queremos medallas. Queremos apoyo", reclama Sònia Cebrian. En los últimos quince días, hasta este pasado miércoles, acudió cada tarde al Hospital de Santa Caterina para estar unas horas con su hija Cristina, ingresada por un intento de suicidio. No es el primero, hubo otro hace dos años, después de una serie de episodios de autolesiones, de dolorosas crisis en casa por comportamientos que iban más allá de los "problemas de adolescencia", de fracasos en la escuela no por malas notas sino por problemas relacionales y por la incomprensión ante una "actitud distinta para la".

Cristina fue diagnosticada de Asperger (una forma de autismo funcional) a los 14 años en una consulta a la sanidad privada, donde la familia de la joven acudió porque necesitaba saber con urgencia qué tipo de trastorno hacía vivir a su hija en un infierno. "Cuando recibes el diagnóstico se te abre un mundo desconocido, te das cuenta de que no hay recursos y te aferras a lo que puedes, como los grupos de padres que pasan por lo mismo", dice Sonia. "Te conciencias de que el problema no va a desaparecer con la adolescencia y que la familia, que casi siempre quiere decir la madre, debemos asumir unas funciones para las que nadie nos ha preparado: leemos sobre diagnósticos de madrugada porque necesitamos entender qué está pasando, aprendemos a detectar cambios mínimos de humor o de medio, intentamos cómo hablar con la escuela. Y al día siguiente seguimos trabajando. Como si todo esto no estuviera ocurriendo.

En los últimos dos años, hasta el intento de suicidio de hace quince días, la hija de Sonia ha alternado períodos de calma con otros de recaída con fuertes crisis y la atención recibida en el CSMIJ, con citas cada quince días con el psiquiatra al principio y más espaciadas posteriormente, ha resultado del todo insumo.

"Después del primer intento de suicidio y del diagnóstico, el malestar de Cristina fue creciendo y llegó un momento en que se encerró en la habitación. Tuve la suerte de que en el trabajo me dejaron trabajar desde casa. Quien no lo ha vivido no se puede imaginar lo que es encerrada con su hija, se ha intentado su casa, se ha intentado su casa en casa con ella buscando desesperadamente un sitio donde poder ingresarla porque ella pedía estar en un lugar seguro", explica Sonia.

Tras "mover cielo y tierra", Sonia pudo conseguir el ingreso de su hija en la unidad de ingreso psiquiátrico infantil y juvenil del Hospital Sant Joan de Déu. Estuvo allí durante un mes y, según Sonia, el ingreso y la atención recibida sirvieron para "parar el golpe" y "estabilizar" la situación de la joven. Al recibir el alta reanudó los estudios de ESO y logró graduarse. Y este curso se ha matriculado en un ciclo de grado medio de auxiliar de enfermería. Sin embargo, el pasado diciembre la golpearon de nuevo la ansiedad y la tristeza y se volvió a encerrar en la habitación, hasta que hace quince días Sonia, mientras estaba en el trabajo, recibió un alarmante mensaje de WhatsApp de su hija. Un nuevo intento de suicidio que Sonia veía venir. Después de dos semanas de ingreso, y recibida el alta, madre e hija se preparan para un futuro incierto. "Cristina dice que no quiere morirse, pero es consciente de que en la vida tendrá dificultades porque sabe que el trastorno que tiene le acompañará siempre", indica Sonia. "El alta del ingreso no es un final feliz. Es un paso más. Tengo ganas de que vuelva a casa, pero también sé que volver no quiere decir que todo esté resuelto. En casa no volvemos a la normalidad. Aprendemos a convivir con una normalidad distinta, muy frágil y muy real", concluye.

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