Un catalán que hace cocina mexicana tan bien hecha que ha colmado lágrimas
El restaurante Jiribilla del cocinero Gerard Bellver tiene un año de vida y se está haciendo un hueco en el radar de los buenos gormands


BarcelonaDeme tres minutos de su tiempo. Es lo que necesito para contar bien este buen restaurante. Porque al final, la única división en la que creemos es en la de lugares donde se come bien y volverías, y establecimientos donde ya nos han visto lo suficiente. Ahora que los grandes grupos en lugar de restaurantes crean "conceptos", espacios en los que todo cuadra, incluso demasiado, y donde el relato pesa más que la autenticidad, es un descanso haber descubierto el Jiribilla, un restaurante que es el espejo del periplo vital de su cocinero, Gerard Bellver.
En el Jiribilla se come mexicano cocinado por un catalán y, sin ser pretencioso, con mucha técnica detrás. El artífice es un chico de Barcelona que ha pasado más tiempo allá que aquí. Y que volvió con una mochila gastronómica mestiza (y con ingredientes que no sabe ni cómo hizo pasar por el control de seguridad y que ahora podemos disfrutar en su restaurante). El Jiribilla es un restaurante agradable y espacioso de la calle Comte Borrell de Barcelona, cerca del mercado de Sant Antoni.
Éste no es un lugar de comida económica para hartar comiendo cheddar fluorescente, sino que es un restaurante de cocina bien hecha, donde hay platos de la tradición mexicana que en Barcelona no se encuentran en muchos lugares. Como el taco de jaiba, que es el cangrejo azul del Delta que puedes comer entero porque es blando. O bien, los ejotas verdes con huevo (judía tierna salteada con yema de huevo), la lengua con mole, o el plato que les piden siempre, hasta todo en verano: las lentejas marinas guisadas con caldo de gambón y camarones. ¡Para mojar pan!
Gerard dejó Barcelona con 12 años porque su familia se trasladó a México y ha vivido 28 años. Y ahora en Barcelona, ha hecho llorar a una clienta mexicana porque una receta que había preparado le recordaba la de su abuela. Bellver se interesó desde pequeño por la cocina. Su madre tenía mucha traza, y hacía fricandó aunque vivieran en Ciudad de México. Allí trabajó con cocineros vascos, con los que abrieron restaurantes, como el Biko, que duró diez años y fue el primer restaurante mexicano en aparecer en la lista del 50 Best. Además, gracias a Juan Mari Arzak, con quien realizó unas prácticas, se le abrieron las puertas de El Bulli, donde estuvo siete meses.
Sirviendo a Gabriel García Márquez
Pero antes de eso tuvo una etapa que fue fuente de anécdotas como cocinero de la residencia de la embajadora española en México. Allí estuvo tres años. Cocinó por Zapatero –que en ese momento era el presidente– los reyes cuando acababan de casarse, Sabina, Serrat, El Cigala o Miguel Bosé. Pero a quien recuerda mucho era Gabriel García Márquez. Básicamente porque el escritor colombiano, que residía en México, no se perdía ningún bullicio. Para él, gran aficionado al whisky, Bellver siempre iba a tener una botella de la marca escocesa Glenmorangie.
Pero volvamos a Barcelona y al Jiribilla. Cuando Bellver abrió el restaurante hace algo más de un año, le advirtieron: "No digas que es mexicano porque te encasillarán como barato". Él defiende que la gastronomía mexicana es muy rica, y que es una lástima que esté tan estigmatizada. "Nunca de la vida pondré en la carta ni guacamole ni totopos". Él defiende que hace cocina de mercado, una cocina que los mejicanos reconocen y repiten.
Aparte de una carta muy suculenta, en el restaurante también hay una buena oferta de coctelería. En cuanto a la sala, cabe destacar que la cocina está en medio y puedes verlos trabajar. Incluso si le interesa mucho hay unos taburetes que dan directamente a la cocina. El personal que trabaja es atento, tiene el tamaño tomado de restaurante, por lo que son profesionales pero no excesivamente formales. No son necesarias explicaciones excesivamente largas. Es un lugar para comer bien y pasárselo bien. Al final el restaurante se llama Jiribilla, que puede hacer referencia a un hormigueo en el estómago, el don que tienen los niños inquietos, oa la pelota que surte efecto y no va por dónde creíamos que iría. Como este restaurante, que si estamos dispuestos a ir a dejarnos sorprender, encontrará que merece una categoría propia.