Arquitectura
Cultura 16/08/2021

Los años del boom del Modernismo

Lluís Permanyer repasa la arquitectura barcelonesa entre 1880 y 1930 en el libro 'Sagnier y los modernistas'

6 min
La Mansana de la Discordia

BarcelonaLos grandes edificios modernistas de Barcelona evocan un momento excepcional de la historia de la ciudad y de Catalunya, y se han convertido en un icono y un reclamo globales. La arquitectura modernista surgió después del derribo de las murallas y la planificación del Eixample en una ciudad que se había convertido en “un espectacular centro creativo y constructor”, tal como explica el periodista Lluís Permanyer en el libro Sagnier y los modernistas. El oficio de la arquitectura 1880-1930 (RBA, 2021). “No fue extraño, pues, que ante esta realidad se estableciera muy pronto una lógica competencia no declarada ni anunciada entre propietarios y arquitectos para ver qué casa era ya la más bonita o la más alta, o la más grande o la más ornamentada, y, por supuesto, la más original e incluso la más heterodoxa”.

Para Permanyer, esta competencia ha hecho que Barcelona tenga “uno de los paisajes urbanos más atractivos”, y que los burgueses más poderosos mostraran “una dosis de anarquismo” deslumbrante que les hizo encargar obras a los grandes arquitectos de aquel momento: Lluís Domènech i Montaner (1850-1923), Antoni Gaudí (1852-1926), Enric Sagnier (1858-1931), Josep Puig i Cadafalch (1867-1956) y Josep Maria Jujol (1879-1949). “El Modernismo aportó una brillantez espectacular, lleno de sorpresas y con una variedad insospechada”, subraya el autor. Y en Catalunya, a diferencia del resto de Europa, fue “mucho más que un estilo”. Entre todos estos arquitectos, Sagnier es quien más construyó en Barcelona: 388 obras en el conjunto de toda su trayectoria, y no solo en el periodo modernista, entre las cuales se encuentras algunas tan emblemáticas como el Palau de Justícia , la Nova Duana, la iglesia del Sagrat Cor del Tibidabo y el edificio de La Caixa en la Vía Laietana.

Barcelona habría podido ser modernista pero no tener los grandes arquitectos que la han hecho una ciudad con un carácter reconocido mundialmente. Como dice Permanyer, cada uno de estos grandes arquitectos tiene su propia personalidad: “Las unidireccionales de Sagnier y Jujol, la de perfiles románicos exhumada por Puig i Cadafalch, la inspiración heráldica y politizada de Domènech i Montaner o la potencia creativa del genial y solitario Gaudí”, dice Permanyer, que ha querido desmarcarse de los libros habituales sobre la arquitectura modernista y adentrarse en cómo era “el oficio de la arquitectura” durante el Modernismo y el Novecentismo. Así, el autor califica a Domènech i Montaner como un “gran trabajador” y un hombre con una “curiosidad universal”; y de su legado destaca que fue capaz de construir en 101 días hábiles el desaparecido Hotel Internacional para 2.000 personas de la Exposición Universal de 1888. De Puig i Cadafalch, que fue discípulo de Domènech i Montaner, valora que tuviera una “visión profunda de conjunto de la arquitectura que no se desvía hacia la belleza ni se aparta del bien común”. Por eso Permanyer considera que su tarea más relevante fue la construcción de la red de cloacas.

Sagnier, un hombre infatigable

De Enric Sagnier, Permanyer recuerda la educación selecta, también en el campo de la pintura y como músico, puesto que fue violinista de un trío de cuerda con uno de sus hermanos y un primo. El padre de Sagnier era abogado y helenista traductor de clásicos. Este arquitecto, que trabajó con Francisco de Paula del Villar, también era ilustre por parte de madre: su segundo apellido es Villavecchia, el de una familia burguesa de navieros genoveses que se había establecido en Barcelona en el último tercio del siglo XVIII. Y de su manera de trabajar, Permanyer destaca “una enorme capacidad de trabajo y su facilidad sorprendente en la elaboración del proyecto”. 

Como “genio en potencia”, Permanyer califica el estilo de trabajo de Gaudí de “muy personal y arbitrario”. “Aunque su lápiz centraba el momento de reflexión para plasmar una idea, y aunque a continuación dibujaran para él, ni los planos ni los cálculos matemáticos lo seducían, puesto que la prueba de fuego era darse cuenta del resultado cuando adquiría en la realidad la tercera dimensión –explica–. Por eso en el caso de la Sagrada Familia se fijó tanto en las maquetas y mucho más en lo que ensayaba en la iglesia de la Colonia Güell, que convirtió en un verdadero banco de pruebas”. Y del más joven de los cinco arquitectos, Josep Maria Jujol, considerado el único discípulo de Gaudí por Oriol Bohigas, Permanyer dice que era “un iluminador de ideas”. “Era ambidextro, capaz de dibujar también al revés, tenía una sensibilidad turbadora en el uso del color, rompía moldes”.

Enric Sagnier en su despacho en 1915
Iglesia de Pompeia, de Enric Sagnier
La sede de la Nova Duana, de Enric Sagnier

En paralelo a los métodos de trabajo, para Permanyer el elemento más característico de la arquitectura modernista es “la aparición vibrante, coloreada y escenográfica de un estilo envuelto y potenciado mediante las artes aplicadas”. Además, los arquitectos que se lanzaron encontraron “unos obradores receptivos y preparados”. “De buen principio su relación con los artesanos fue de lo más positiva, puesto que aportaban una experiencia que era muy valorada”, explica. Entre los vidrieros destacó Antoni Rigalt, que trabajó en la Casa Lleó Morera y en el Palau de Justícia. En cuanto a los pavimentos hidráulicos, la empresa más relevante fue Escofet, mientras que Eusebi Arnau y su taller Arnau, que trabajaron en el Palau de la Música y la Casa Garriga-Nogués, de Sagnier, fueron los escultores más significativos. 

La polémica laboral entre Domènech y Gaudí

El arquitecto más viejo de los que aparecen en el libro, Lluís Domènech i Montaner, y el más joven, Josep Maria Jujol, se llevan prácticamente treinta años, pero esta diferencia de edad no fue un impedimento para que se relacionaran entre ellos. Precisamente, el vínculo más intenso fue el de Domènech i Montaner y Jujol, que colaboraron en la Pedrera, la Casa Batlló, la reforma litúrgica de la Sede de Palma y el Parc Güell. “Jujol ya admiraba a Gaudí en tiempos estudiantiles, y se sentía impulsado a copiar una simple reja, un confesionario o un púlpito a guisa de ejercicio”, dice Permanyer. En cuanto a Domènech i Montaner y Puig i Cadafalch, tuvieron una relación más bien académica, puesto que se conocieron como profesor y estudiante en la Escola Superior de Arquitectura. Ahora Gaudí es el arquitecto más conocido de todos, pero en aquel tiempo Domènech i Montaner se le impuso en una polémica laboral: el alcalde de Barcelona Francesc de Paula Rius i Taulet encargó a Gaudí una reforma “considerable” del ayuntamiento para que se pudiera alojar el rey Alfonso XIII después de que quemara el Palacio Real en un incendio, pero le pareció que el joven Gaudí no tenía suficiente empuje para llevar a buen puerto un encargo de tanta trascendencia y traspasó toda la responsabilidad a Domènech. Aun así, Gaudí “no se mostró ofendido” por aquel cambio. Más adelante, Domènech encargó la reforma de la sede de la Ateneu Barcelonès a Jujol, que también había sido alumno suyo. Entre Puig i Cadafalch hubo una relación más bien política: cuando la Lliga ganó las elecciones, Puig i Cadafalch se convirtió en regidor y propuso que los edificios de Gaudí y sobre todo la Sagrada Familia se convirtieran en “el símbolo de la identidad nacional”. En otro momento coincidieron Sagnier, Puig i Cadafalch y Gaudí, en las obras del Rosario Monumental y el Vía Crucis de Montserrat. 

La fe y la política sirvieron para forjar relaciones entre algunos arquitectos o para alejarlos. A Gaudí, Jujol y Sagnier les unió el catolicismo. En cuanto a la política, en un momento el catalanismo reunió a Domènech i Montaner, Puig i Cadafalch y Sagnier, pero más adelante los separó: como recuerda Permanyer, Domènech i Montaner abandonó la Lliga de Cambó y Sagnier se aproximó “al conservadurismo de signo monárquico y, finalmente, aceptó cargos de responsabilidad durante la dictadura de Primo de Rivera”. 

El desaparecido Hotel Colón, de Enric Sagnier
El Real Club Marítimo de Barcelona, otra obra desaparecida de Enric Sagnier
La casa Juncadella es otro edificio de Sagnier que fue destruido
Una larga lista de joyas arquitectónicas perdidas

El afán por obtener mayor rentabilidad económica, derribando torres unifamiliares para hacer bloques de pisos, y la animadversión hacia el Modernismo después de la Guerra Civil son dos de las razones que han provocado la desaparición de numerosos edificios de arquitectos de renombre a lo largo de las décadas. Enric Sagnier es quien más obras construyó y de quién más edificios han desaparecido, entre ellos el Hotel Colón, el Real Club Marítimo y la Casa Juncadella. A pesar de todo, el caso más sonado fue la destrucción en 1967 de la Casa Cheira, de Puig i Cadafalch, en cuyo solar Núñez y Navarro hizo un bloque de pisos. En el caso de Gaudí lo fue el de la destrucción de las farolas de la plaza Mayor de Vic, y en el de Jujol, la desaparecida tienda Manyach en la calle Ferran.

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