Un gran libro en apariencia modesto
'El camino a la espalda', de Ramon Erra, es una colección de textos que tienen como hilo conductor la caminata, pero también la memoria que despliega esta práctica
- Ramon ErraComanegra192 páginas / 18,90 euros
Para muchos escritores catalanes actuales la mierda lo es todo. Quiero decir que la llaman así –genéricamente, mierda–, de los diferentes tipos de mierda que hay por el mundo, como si todo fuera lo mismo, ya sea porque no tienen raíces en el campo (solo sombras en el asfalto) o bien porque no han leído lo suficiente (o nada) la tradición literaria propia. Ramon Erra (Vic, 1966) es un escritor riguroso, que ha leído bien (y bastante) y que tiene raíces profundas en la tierra. Sabe que el estiércol de gallina se llama gallina, y que, para los excrementos de caballo, solo hay un nombre: hacemos. Que el guano es la materia excrementicia de los murciélagos. ¡No es ninguna tontería, esto que digo! La lengua es la materia prima del escritor. Erra también sabe qué es un meón, una polla fiera (¡y hasta ha visto alguna!) y un xaragall –que él escribe "cargad, como se debe pronunciar en su tierra natal–, y sabe distinguir entre un campo de trigo y el rastrojo.
Lo que nos propone con este nuevo libro es un compendio de recreaciones literarias de caminatas (“que la vida y los libros se retroalimentan”, escribe). Narrar es un ejercicio más viejo que el andar a pie, y el escritor de Vic lo hace muy bien: su consistente bibliografía demuestra que sabe construir una buena novela (sobresale en el género de la "nueva), cuentos excelentes y, ahora, unas narraciones más difíciles de encasillar, que a mí me han traído el recuerdo de la literatura de un buen amigo, el asturiano Xuan Bello. El camino a la espalda es, pues, una colección de textos que tienen como hilo conductor la caminata, pero también la memoria que despliega esta práctica, porque el autor hace años y años que hurga por estos senderos y rincones de Dios. Y hay otro objetivo: la reconquista del bosque como espacio literario de primer orden (pensemos en la relevancia que el bosque tuvo, pongamos por caso, para la novela de caballerías medieval). “Esto irá de volver al bosque”, leemos en una de estas piezas. Y de recuperar “la posibilidad de la aventura”, que, en otra prosa, Erra asegura que ha muerto.
Sin melancolía
Son siempre piezas breves (de tres, cuatro páginas): algunas tienen una cierta fisonomía de relato; otras están más cercanas a la prosa viajera, con un inequívoco barniz lírico. Algunas de las historias, si es que se puede llamar historias, pasan en el país, en Cataluña (en la Vella, eso sí). Las hay que tienen lugar lejos, en Estados Unidos o, más allá, en Francia, en Gales o en Suiza. Una de las portadillas incluye una cita de Josep Maria Espinàs, que tenía su propia teoría de las cunetas. Erra no se queda a la zaga del barcelonés y, si acaso, amplía su visión: en su caso, hay reflexiones interesantes sobre cunetas y zanjas, que conectan con su viejo interés por la Guerra Civil. Otra diferencia entre ambos autores es que, en el caso de Espinàs, el recurso a la ficción (en un sentido canónico: también la memoria es ficción) resulta mínimo, mientras que Erra no deja nunca de explotarlo. A menudo con la rúbrica potenciadora de una frase final magnífica: “Veo allá lejos la cabina roja del teleférico y me parece un objeto extrañísimo”. A veces, la última frase abre posibilidades profundas: “Siempre la foto que un día te hará un poco de daño”.
Libro sobre la memoria, pero sin melancolía. Se recrea “aquella manera nuestra de vivir”, el sentido del mundo propio de la niñez, pero también el del muchacho que se ha hecho adulto, el del descubrimiento constante (“nuestra comarca nos ha parecido un mundo extraño”). Un miedo más estimulante que paralizador. Las palabras excursión y excurs tienen, como se puede intuir fácilmente, la misma raíz. “Rondas de memoria emboscada”, leemos en el subtítulo: ¡clavado! En su aparente modestia, es un gran libro. ¡Y tan bien escrito!