Palabras desprestigiadas
Escribir con el móvil es un asco. Escribir lo que sea, pero sobre todo textos de una cierta extensión, sean libros, artículos o whatsapps largos de esos que funcionan como epístolas modernas. Seguramente alguien me dirá que para escribir libros no hace falta nada digital, que con papel y lápiz basta; debería ser así, pero no es el caso para alguien como yo, para quien el ordenador es un apéndice indispensable en el trabajo. Una vez intenté escribir un cuento a mano y fue un fiasco: estoy demasiado acostumbrada a borrar, cambiar, reordenar. El caso es que este verano he tenido que escribir con el móvil; estaba fuera y no me había llevado el portátil (no quería acarrearlo durante semanas por solo un par de artículos: el espacio en la maleta de tamaño cabina es demasiado preciado), así que he tirado de un tecladito inalámbrico que es una maravilla: pesa poco, ocupa poco y es bastante cómodo para escribir. Sin embargo, la pantalla del móvil es minúscula y mi vista presbícica no me ayuda, de modo que a pesar del teclado, todo ha sido un poco molesto. Pensaba en todo esto el otro día que veía uno de estos móviles desplegables con nombre de nave espacial –Galaxy Z Fold 8 Ultra– que tiene un pantallón de ocho pulgadas. Guau. Tener uno sería como llevar un portátil siempre en el bolsillo, a punto para ser desenfundado. Zas. Fantaseé un rato (poco) con la idea: sería formidable para escribir on the go, y también para leer, que es otra cosa que los que escribimos hacemos en un grado un poco patológico (he leído libros enteros en la pantallita del móvil); sería ideal para escribir e ilustrar con fotos el diario de viaje que hace años que me ronda hacer. Fantaseé hasta que vi el precio: más de dos mil euros. Qué quimera. Pero la fantasía no tiene freno y, igual que el agua encuentra siempre un camino por donde bajar si se le cierra el paso, también las ilusiones arrastran lo que haga falta para salir adelante. ¿Y si me lo dieran? No soy una influencer, claro, ya lo sé; mi celebridad es como la de una miga de pan incrustada en la suela del zapato de Lamine Yamal. Como un átomo de mierda pegado al ano de la Taylor Swift. O ni eso, porque las fans matarían por un átomo de excremento swíftico. ¿Por qué alguien debería regalarle un móvil a una escritora, y aún más, a una escritora catalana que ni siquiera escribe bestsellers? Los móviles se regalan a la gente que importa y que tiene cosas que decir: a tiktokers que se rascan el culo con las dos manos, a youtubers que hablan de fútbol o de cualquier otro tema cuanto más alejado de la cultura mejor, a instagramers y gamers y compañía. Leo que a Bill Gates le han regalado unos cuantos, y también uno a Alexia Putellas, que mira, con ella todavía me alegro porque es un pedazo de mujer y los tiene bien puestos. Los regalan, claro, solo a personas que se lo podrían pagar de sobra; el regalo es, de hecho, una súplica: úsalo, por favor, que te vean con mi trasto y así prestigio la marca, etc. Y este es el quid de la cuestión: el prestigio.La marginalidad creciente de la cultura escrita
La cultura escrita ya no da ningún tipo de prestigio. Es así. A mí, que vengo de otro siglo y que he visto cosas que no creeríais –naves en llamas más allá de Orión, rayos C brillar en la oscuridad en la puerta de Tannhäuser–, se me hace extraño. Entiendo perfectamente que hay una cultura popular más ligera; una cultura que tiene que estar, y que es bueno que esté; una cultura de la cual yo también participo a ratos, porque debe haber momentos para cada cosa; una cultura, sin embargo, que no puede serlo todo.Que la cultura escrita se esté convirtiendo en algo marginal se evidencia también en la publicidad de los móviles, también en la de la nave espacial; solo se alaban sus capacidades audiovisuales: sirve para ver (mal) películas, para hacer scroll sin ganas, para jugar a videojuegos (¡cuántas horas consagradas al Candy crush, Dios mío!), para hacer fotos y vídeos y colgarlos en redes. Si yo tuviera uno también haría todo esto, claro, porque soy humana y vivo en el año 2026, pero también le sacaría jugo para escribir y leer, le daría verdadera utilidad al pantallón de ocho pulgadas. Sin embargo, la utilidad que le dé el usuario es secundaria para el fabricante: lo que importa es que sea un símbolo de estatus.Ya sé que no me darán uno. La verdad es que quizás sería un poco extraño tener un móvil que vale un tercio de lo que costó mi coche de segunda mano. Y ahora que digo coche, pienso en los miles de kilómetros que cada año hago por trabajo: clubes de lectura, conferencias, charlas, presentaciones. Me podrían dar un Peugeot 2008 con grandes logos en las puertas que comunicaran que Peugeot apoya a la cultura y yo me comprometería a pronunciar con una sonrisa radiante y sincera (lo sería) el nombre de la marca en cada acto, entrevista o presentación que hiciera; y como soy escritora explicaría con bellísimas palabras las excelencias del producto. Pero ¿a quién le importan ya las bellas palabras escritas?