Patrimonios interculturales

La ciudad cosmopolita en el siglo XXI

La diversidad cultural, la digitalización y el turismo transforman la manera de entender los espacios patrimoniales y abren el debate sobre su papel en la convivencia urbana

Presente y pasado conforman parte del paisaje de nuestras ciudades.
Francesc Muñoz
22/07/2026
5 min

La llamada sociedad post (posfordista, posindustrial, posmoderna, posanalógica y, también, postcovid) en la que vivimos, nos confronta como individuos continuamente con la ambigüedad, la nueva sustancia definitoria del carácter de la vida urbana en el siglo XXI.

Cualquier mirada atenta a las diversas esferas que articulan la vida social urbana –el trabajo, el ocio, las relaciones sociales o la misma manera en la que se habita el territorio– hace inmediatamente patente el triunfo de la ambigüedad como categoría que explica cada vez más espacios y momentos urbanos.

Somos habitantes de un lugar, de acuerdo con los censos de población, pero las redes de transporte y el fácil acceso a la telecomunicación móvil nos hace ser, más bien, territoriantes, habitando continua y oblicuamente entre lugares, construyendo nuestro día a día entre un verdadero patchwork de paisajes, hecho de recortes de espacios y territorios diversos que configuran nuestro espacio vivido real.

Somos usuarios de un tiempo que se construye a caballo y al mismo tiempo entre momentos productivos y reproductivos, cuya suma total da como resultado una estructura temporal híbrida y borrosa, que contamina igualmente las fronteras, en otros tiempos diáfanas, entre interiores y exteriores; entre la casa y la ciudad; entre lo que es privado e íntimo y lo que es público y expuesto.

Utilizamos toda una hiperestructura digital que nos hace ganar tiempo, pero su vulnerabilidad intrínseca y los cada vez más obligados y no poco laboriosos requisitos de seguridad digital que implementamos hacen que el tiempo se derrame una y otra vez entre estas grietas virtuales. Unas grietas que debemos sortear para disfrutar, finalmente, de la promesa de conectividad total y continua.

La ambigüedad del patrimonio

El patrimonio, como construcción cultural de una sociedad, debe entenderse a partir de su definición como realidad ciertamente ambigua. La naturaleza real del patrimonio es la de ser un elemento definido por su ambigüedad, mientras su principal valencia es la de constituirse como el resultado tangible e inmaterial de un proceso de construcción colectiva social y cultural que tiene lugar a lo largo del tiempo.

En el caso concreto de los procesos que acaban construyendo lo que se considera o no como contenido patrimonial, estos se han desarrollado siempre históricamente a partir de algunas variables que conocemos bien, como la capacidad del arte para “patrimonializar” objetos y paisajes o el poder de una determinada clase social para “patrimonializar” espacios urbanos.

En la sociedad actual, el carácter ambiguo del patrimonio se ve, no obstante, confirmado y, además, de forma acelerada, a partir del progresivo desarrollo de tres grandes tendencias en progreso y que definen la relación entre sociedad y patrimonio desde claves sensiblemente diferentes si lo comparamos con momentos históricos anteriores.

En primer lugar, la consideración de que no había existido nunca una mirada patrimonial tan consistente y estable en la sociedad, lo cual hace que, en palabras simples, podamos constatar que vivimos el momento histórico con producción consciente más elevada de patrimonio de la historia.

Por otra parte, la multiplicación del patrimonio también deriva de un ensanchamiento claro de sus fronteras conceptuales. Por lo cual, de un patrimonio "con mayúsculas", caracterizado por su monumentalidad y capacidad para subrayar determinados momentos históricos o el éxito pretérito de una determinada clase social, se ha pasado a la consideración de patrimonios culturales profundamente asociados a la vida cotidiana de las personas. De la exclusividad de los patrimonios únicos y de referencia, se ha pasado así a la inclusión de todo tipo de elementos patrimoniales que en absoluto comparten este carácter. A partir de estas dos evoluciones, el patrimonio se ha multiplicado.

Además, el proceso de digitalización de la sociedad y el desarrollo de la llamada cultura visual digital ha propiciado la relativización del concepto de autenticidad en términos generales y, en particular, en lo que respecta al patrimonio. De esta manera, la percepción del individuo de lo que es auténtico o no; y su capacidad para identificar los valores patrimoniales, se ve ciertamente mermada a partir de la gran contaminación que la reproducción digital del patrimonio representa.

En otras palabras, es posible tener una experiencia auténtica a partir de un soporte patrimonial ciertamente inauténtico, igual que es posible vivir una experiencia inauténtica en contacto con un elemento patrimonial auténtico. A partir de estos procesos, el patrimonio deja de constituir una sustancia objetiva clara para pasar a ser un objeto de consumo dotado de un carácter ciertamente líquido pero, sobre todo, ambiguo.

Además, los procesos de turistificación cultural del espacio urbano resultan de una clara inversión de la percepción del patrimonio “en el lugar”. En otras palabras, el patrimonio es primero percibido digitalmente de forma deslocalizada y a distancia a partir de medios virtuales, por lo que la percepción real física del mismo pasa después a ser una especie de confirmación de una percepción previa “sin lugar”.

Esto, por fuerza, comporta una concepción del patrimonio mucho menos estable, mientras que no se entiende tan fuertemente arraigado en el lugar como en momentos históricos anteriores. Al contrario, el patrimonio es percibido como algo atractivo precisamente a partir de todo lo contrario: su presencia errática, pero continua, en el ciberespacio.

El patrimonio en la nueva ciudad cosmopolita

La dimensión cultural del espacio urbano todavía se asocia, sin embargo, con la presencia del patrimonio urbano de todo tipo –histórico, cultural, tangible, inmaterial, etc.–. De hecho, la existencia de elementos de patrimonio reconocidos en el espacio urbano no deja de ser todavía uno de los factores nodales que articulan conceptos como el de identidad urbana y la misma idea de la diferenciación o jerarquización de los lugares de la ciudad con los que los individuos se relacionan e identifican.

Un consumo continuo de patrimonio que se explica muy bien por el hecho de vivir en un momento histórico en el que valoramos más que nunca el pasado, hasta el punto de que las sociedades urbanas actuales han sido definidas a partir del éxito sin precedentes de la llamada “cultura vintage”.

A esta patrimonialización de la ciudad cosmopolita del pasado se le añade un nuevo “cosmopolitismo local” directamente derivado de los flujos migratorios impulsados por la globalización, transformando el espacio urbano y la vida cotidiana de la ciudad desde dentro. Pero también ocurren situaciones de conflicto cultural que ocultan, en realidad, depósitos de xenofobia, en el mejor de los casos, y racismo, en el peor, heredados de una cultura europea claramente etnocéntrica.

De hecho, desde el punto de vista de las políticas públicas urbanas, también las de patrimonio, la gestión de esta nueva diversidad cultural del espacio urbano no está exenta de sesgos ideológicos. Si se presta atención a las diferentes estrategias que las políticas públicas sociales y culturales han ido proponiendo durante las últimas décadas en cuanto a cómo confrontarse con la diversidad cultural, se pueden identificar algunas claves que se pueden resumir ahora, de forma necesariamente breve, en tres grandes tendencias principales:el abandono del relativismo cultural en favor del concepto de multiculturalidad; la transición del concepto de multiculturalidad al de interculturalidad; y la innovación en cuanto al diseño del espacio urbano desde la mirada intercultural.

La nueva “ciudad intercultural” puede, efectivamente, apoyarse sobre estos tres aspectos de la política pública urbana –los espacios públicos, los equipamientos y los elementos patrimoniales–, tanto para tratar y mediar en los conflictos culturales relacionados con la gestión de la diversidad como para adecuar las condiciones de la gobernanza local, adaptando las instituciones, los servicios y los atractivos urbanos a las nuevas necesidades y demandas de una población ya definitivamente diversa.

Definir, pues, el patrimonio urbano desde esta aproximación más prestacional y adaptada al nuevo contexto que representa la diversidad cultural urbana es hoy en día clave para diseñar, tanto en términos físicos como relacionales, la verdadera ciudad cosmopolita que exige la nueva sociedad post en el momento actual.

Lejos de la nostalgia mercantilizada de la ciudad vintage, donde la sobrervisibilidad de unos patrimonios esconde la invisibilidad de otros; donde el valor del patrimonio queda reducido a su carácter superficial, urbanizado y instagrameable; la idea de un verdadero “patrimonio urbano intercultural”, compartido y gestionado sobre la base del diálogo intercultural, emerge con fuerza. No solo como una nueva oportunidad social sino como una de las formas más claras de proyectar el patrimonio, y el valor urbano colectivo que este representa, hacia el futuro y no desde el pasado.

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