El abismo

Donald Trump, en su intervención de este martes en el Kennedy Center
10/01/2026
3 min

Trump ha abierto la vía por la que se puede escolar lo poco que queda de democracia en el mundo, y avanzar de forma cada vez más inexorable por el camino que conduce al autoritarismo posdemocrático como modelo de degeneración de los regímenes de libertades.

¿Qué hace Trump cuando da por hecho que ya manda en Venezuela, y anuncia como exigencias imperativas extender progresivamente su control a Groenlandia –ahora mismo la niña de los ojos de su relato– y dónde él crea conveniente? Por supuesto, dar por superado el principio de soberanía que rige todavía las relaciones internacionales, ignorando por completo la legislación internacional, los acuerdos vigentes a través de Naciones Unidas y las decisiones de los tribunales internacionales. Su infantilismo, su comportamiento de persona inmadura que cree que puede permitírselo todo, le lleva al despliegue de un discurso que es ridículo por mucho que esté amparado por el poder que tiene –y lo que pretende tener– pero que hace agujero en tanto que nadie le para los pies. Su único límite es "su moral", que precisamente se caracteriza por negar la noción de límites. Y lo dice sin tapujos: "No necesito el derecho internacional". Dicho de otro modo: "Mi propio criterio es lo único que puede detenerme".

Trump representa una versión personalista del totalitarismo: yo soy principio y fin. Ni los ciudadanos, ni las instituciones, ni los responsables legítimos tienen nada que decir. Él, y sólo él. El menosprecio, cargado de sorna, de la oposición democrática de Venezuela es patético. Solo la restauración de la democracia podía dar alguna legitimidad a la actuación de Trump. Pero ha querido dejar claro que su ofensiva no era para que Venezuela se reconciliara y retomara camino. Lo que él busca es encontrar a gente dispuesta a comprarle su delirio. Y efectivamente el chavismo, poniéndose a su disposición, aspira a sobrevivir patéticamente.

Los totalitarismos se tocan. Sería bueno que los demócratas aprendan la lección: Trump no está por salvar democracias. Y la claudicación de Europa da heredad. Ya hay quien busca argumentos –hasta aquí podíamos llegar– para hacer comprensivo que Trump se apodere de Groenlandia.

No nos engañemos, Donald Trump ha puesto rostro, desmesura, soberbia a un proceso que hace tiempo que es evidente. Y no vale poner cara de asombro: la degradación de la democracia está en marcha. La Unión Europea está entregada a la dinámica que se impone desde Estados Unidos. Hoy, ¿quién representa la singularidad, la diferencia, las convicciones fruto del convulso siglo XX que parecía hacer de Europa reserva de la democracia y con capacidad de hacerla progresar en el mundo? Una fantasía de la segunda mitad del siglo pasado que ya no se sostiene en ninguna parte.

La indecencia de Trump, su exhibicionismo, coge a Europa cada vez más entregada y con la extrema derecha al alza, sin ninguna señal de poder marcar la diferencia y defender la tradición democrática, que decae de manera irreversible. Sería de esperar que la sonora advertencia de Trump pudiera despertar una reacción. Pero las derechas europeas están entregadas y las izquierdas que Sánchez pretende movilizar están cada vez más domesticadas. Con mayor o menor conciencia, unas democracias inanimadas, preñadas por la extrema derecha, se acercan al pozo que ha abierto el presidente americano. No hay más que ver un detalle: cada día hay más voces reconocidas que encuentran méritos en la desazón de Trump. La democracia, en el abismo.

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