Financiación y enquistamiento

Pedro Sánchez en el Palacio de la Moncloa el pasado 10 de diciembre
08/01/2026
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Cada negociación de la financiación de Catalunya parte de la misma carencia: se discute un problema estructural cuyas premisas son circunstanciales, de cada momento político. El problema estructural es, siempre ha sido, el déficit fiscal que arrastran y acumulan las comunidades que más aportan a las arcas de la Hacienda española, verbigracia Catalunya o Baleares (Madrid, como siempre, va aparte, y como siempre hace trampa con sus números: la realidad es que aporta, pero también recibe mucho más que los demás). Las premisas del momento actual son, ante todo, la necesidad que tienen Pedro Sánchez, el PSOE y el gobierno de España de reafirmar la mayoría de la investidura, con el objetivo de superar este nuevo año que comienza y llegar, si no en julio de 2027, sí lo más adelante posible. Luego están también las necesidades de los demás: la de Salvador Illa de aprobar presupuestos de la Generalitat; después de dos años de prorrogarlos, la de ERC de mostrarse como un socio exigente capaz de conseguir una buena financiación para Catalunya, aunque sea aplicando el principio de ordinalidad sin mencionarlo en el texto del acuerdo; la de Junts de hacer el papel de negociadores patrióticos e inflexibles que no se conforman con nada (salvo que convenga a Junts, claro).

El problema estructural no es sólo de números: el déficit fiscal es la expresión financiera de un desencaje que es político, social, cultural y lingüístico. El déficit fiscal es el reflejo en crudo, en dinero, del objetivo máximo del nacionalismo español, a saber: hacer de España un estado nación jacobino y homogéneo, a modo del modelo de Francia. Ya se sabe: un solo país, una sola bandera, un solo rey, una lengua. La discusión, la bronca por la financiación, para reducir o eliminar el déficit fiscal, es otra prueba del fracaso del nacionalismo español en la consecución de ese objetivo. No lo logran, y por eso España se ve condenada, una y otra vez, a tener que enfrentarse a lo que sus nacionalistas más detestan: el hecho de ser un estado formado por varias naciones, con lenguas, culturas y tradiciones políticas diferentes. Todo esto es lo que se mueve, late y hace ruido detrás de la discusión sobre la financiación, más allá de cifras y cláusulas (que, por supuesto, son fundamentales). La economía no es una ciencia fría: está conectada, e influye y es influida, por el resto de acciones y emociones humanas que intervienen en la política.

Pedro Sánchez y el PSOE saben que, nada más hablar de financiación para Catalunya, el PP responderá levantando la bandera del agravio que esto supone para "el resto de los españoles". Es una bandera falsa y absurda, pero es eficaz porque se alimenta de prejuicios xenófobos largamente enquistados, y de complejos de inferioridad y superioridad, que se alimentan mutuamente. De momento, sabemos que Sánchez ha dado un paso más (como explica Aleix Moldes) en el reconocimiento de los socios catalanes y de sus reivindicaciones. Pero donde lleve o deje de llevar ese paso, dependerá de lo resueltas que queden las urgencias del momento.

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