Internacional ultra

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Javier Milei en el Palacio de Vistalegre.

Exhibiciones. El baño de masas en Vistalegre y la chulería de Javier Milei son el ruido y el alarde del desafío. Banderas y demostración de fuerza. Retórica incendiaria para movilizar al electorado. Desde el 2017, con esa primera cumbre en la ciudad alemana de Coblenza, la extrema derecha europea ha aprendido el valor que tienen las exhibiciones de una unidad que después se matiza en grupos políticos distintos en la Eurocámara. Vox ha añadido ahora la conexión transatlántica. La ola ultra sigue creciendo.

La sonrisa de Marine Le Pen, que se encamina imperturbable hacia la victoria electoral en Francia, y el apoyo en la distancia de Giorgia Meloni, Viktor Orbán o el ex primer ministro polaco Mateusz Morawiecki, personalizan la fuerza de ese movimiento. Heterogéneo pero estructurado, con método, ideología, análisis de datos y estrategias de comunicación, que están cambiando las reglas del juego político.

Éxitos. El historiador estadounidense Charles King escribía recientemente en un artículo en la revista Foreign Affairs que Estados Unidos está viviendo "el replanteamiento más radical del consenso político estadounidense en generaciones". No son los únicos. Vuelve la Europa de los sonámbulos, encaminados hacia el desastre; hacia unos consensos imposibles en unos hemiciclos atomizados y en donde las fuerzas políticas tradicionales van perdiendo apoyos. La tentación de buscar alianzas en la derecha es cada vez más fuerte.

Giorgia Meloni quiere reformar el proceso de elección del jefe de gobierno en Italia para aumentar su poder. Es la madre de todas las reformas: el desafío al actual equilibrio de poderes con la presidencia de la república para evitar tentaciones autoritarias. En los Países Bajos, la extrema derecha de Geert Wilders ha logrado finalmente un acuerdo de gobierno con el apoyo de la derecha, los liberales conservadores y el partido de los campesinos que les permitirá por primera vez en la historia del país llegar al ejecutivo neerlandés.

La Europa ultra está lista para tomar el control. Pero la llave todavía la tienen las familias tradicionales.

Reacción. El desafío no es solo político. Estamos inmersos en una transformación social. En una polarización que ha transformado el debate público en un campo de batalla. "O nosotros o ellos", gritaba Santiago Abascal en Vistalegre para cargar contra todos aquellos otros que, a su juicio, amenazan ese falso mundo hegemónico que estigmatiza la diferencia.

En este contexto, una treintena de grandes empresas alemanas (entre ellas Siemens, Allianz, Bosch, Volkswagen y Deutsche Bank) han hecho un llamamiento conjunto para alertar del peligro de este crecimiento continuado de la ultraderecha que erosiona Europa. Alemania empieza ya a notar la falta de mano de obra y algunos directivos de estas multinacionales han salido a pedir explícitamente diversidad, apertura y tolerancia.

El filósofo y escritor Giorgio Agamben dice que “el hombre europeo puede acceder a su verdad solo a través de una confrontación con el pasado, pasando cuentas con su historia”. Pero los Parlamentos de la Unión Europea se han llenado de fuerzas políticas decididas a reescribir el pasado; que se aferran a nostalgias violentas y blanquean simbologías; que trazan líneas divisorias internas, reforzados, en cambio, por las conexiones de agendas globales.

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