14/08/2021

Otra mirada al debate de El Prat

3 min

Este verano los amigos se han vuelto a quedar: no han volado. Pocos viajes, mucha proximidad. Y esto ha favorecido las visitas esperadas e inesperadas, las tertulias hasta medianoche bajo las estrellas de un cielo que los urbanitas solo contemplamos cuando estamos de vacaciones. Oímos el río de fondo. En el prado de delante de casa, unos ojos de corzo pacen en la oscuridad. En la conversación de los últimos días, nos ocupa otro prado, el de los aviones. ¿A favor o en contra de la ampliación? La simplificación binaria opone naturaleza a dinero, un ecologista contra un capitalista. Me encuentro incómodo en esta dualidad radical. Mi arraigado instinto naturalista me hace estar junto a la Ricarda, de todos los humedales, prados, ríos y montañas. Con los ojos del corzo mirándome, rodeado de lozana verdor, no hay lugar para la duda, ¿verdad?

Pero con los años he entendido que el progreso tecnológico es imperativo: cuando es útil, se impone. Cuesta encontrar en la historia de la humanidad algún momento en que se haya renunciado a un adelanto tecnológico. Incluso seguimos almacenando letales bombas atómicas. Quizás el problema no tiene solución: vamos naturalmente hacia la extinción. Todo se acaba... y después recomienza. Esta es la única idea de infinito posible.

La moneda fue un gran invento tecnológico y social que mucho antes del capitalismo ya nos cambió la vida y la mentalidad: “Poderoso caballero es don Dinero”, escribía Quevedo. No podemos volver a la economía primaria del intercambio de bienes prescindiendo de la abstracción monetaria, que ahora suena digitalmente. Una revolución del freno es improbable: la gente no se pararía. ¿Qué hacemos, pues, con el medio ambiente, con la crisis climática? Hace falta un cambio de mentalidad, sí, pero también más tecnología para prescindir de tecnología obsoleta. Después de milenios de evolución, la naturaleza humana es tecnológica: avanzamos imparables hacia el ser posthumano mejorado con implantes de todo tipo. Las gafas pronto parecerán de otro tiempo. El teletrabajo puede hacer que dejemos un poco de tomar aviones, pero elevarnos para descubrir otras realidades seguirá formando parte de nuestras vidas, no renunciaremos a ello. Y no podemos volver a los tiempos, no tan lejanos, de cuando el avión era elitista. El instinto de viaje es consustancial a nuestra naturaleza curiosa, además de ser un pilar de la economía global. Incluso ha empezado el turismo espacial.

No podemos plantear una marcha atrás. Ni ir adelante ciegamente. El camino es volver a la naturaleza con ayuda de nueva tecnología. Los pueblecitos de montaña poco a poco van recuperando gente gracias a internet, a buenas comunicaciones por carretera (es decir, al asfalto, los túneles...), a las energías renovables de autoconsumo, a los antibióticos y las vacunas... Todo esto es tecnología, artificialidad. Vivir en un rincón de mundo rodeado de comodidades es un privilegio cargado de futuro. Catalunya, con su diversidad geográfica, está llena de pequeños paraísos si sabemos combinar el respeto hacia la naturaleza con la innovación tecnológica y la creación de riqueza. Este último punto no es fútil y está relacionado con una buena conectividad aérea. Si además de turismo queremos seguir atrayendo talento e inversiones, que son sinónimo de bienestar colectivo, tenemos que ofrecer un entorno urbano atractivo (una metrópoli barcelonesa smart ), un entorno natural sano, uno entorno de investigación y academia inteligente, un entorno empresarial dinámico y uno cultural creativo.

Plantear el futuro de El Prat como un todo o nada de naturaleza contra dinero imposibilita el debate técnico. Llevamos años reclamando inversiones y aspirando a un hub : ahora no podemos renunciar como si nada a uno de 1.700 millones ni a los vuelos intercontinentales (sí a algunos de radio corto con la alternativa del tren). Aena es el interlocutor, nos guste o no. Hay que negociar. La Ricarda tiene que seguir protegida. La solución pasa por la pista larga de montaña y/o por Reus y Girona. Que hablen los técnicos.

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