Opinión 01/12/2020

El regreso del charlestón

Después de estos meses tristes el personal tiene ganas de vivir la vida

Ferran Sáez Mateu
4 min

"En lugar de aprovechar los momentos de crisis para una distribución general de los productos y una sana gandulería y alegría universales, los obreros, muertos de hambre, van a golpearse la cabeza contra las puertas del taller. Con caras pálidas, cuerpos magros, un discurso lastimoso, dicen a los fabricantes: «Buen señor Chagot, dulce señor Schneider, dennos trabajo; ¡no es el hambre sino la pasión del trabajo lo que nos atormenta!» Y estos desgraciados, que apenas tienen fuerza para aguantarse derechos, venden 12 o 14 horas de trabajo a un precio dos veces inferior al del momento en que tenían pan sobre la mesa". Este curioso texto pertenece al ensayo El derecho a la pereza. Fue redactado durante la década del 1880 por Paul Lafargue (1842-1911), conocido por haber sido el yerno de Karl Marx. La anécdota tiene su interés, evidentemente, pero bien es verdad que el individuo da mucho más de sí. El derecho a la pereza no es ninguna broma, ni constituye tampoco una recreación humorística del marxismo, sino que contiene reflexiones que, en estos tiempos que corren, vale la pena de revisitar.

En la edición catalana de la Encuesta Europea de Valores del 2009 (coordinada por Javier Elzo y Àngel Castiñeira y publicada por Barcino en 2011), el profesor de Esade Carlos Obeso explicaba que, a pesar de que el trabajo continuaba siendo un aspecto central en la vida de los catalanes, la tendencia es que cada vez lo sea menos. Los valores emergentes están hoy íntimamente relacionados con el ocio: los parques temáticos son los templos del culto a la emoción. En todo caso, el ocio –y aquí entramos en el núcleo de la paradoja– crea muchos puestos de trabajo. La principal industria del país ya no tiene nada que ver con la fabricación de coches o la transformación de los cereales en productos alimentarios, sino con el turismo. El derecho a la pereza –aunque sea una pereza limitada de quince días, o de fin de semana– constituye, pues, una enorme fuente de ingresos.

¿Saldremos del año 2020 siendo más perezosos que antes? ¿Qué efecto habrá tenido el confinamiento total o parcial en la manera en la que hoy contemplamos el trabajo? ¿La pandemia ha servido para desmitificar la presencialidad laboral en sectores donde a menudo es superflua? Es difícil averiguarlo. En todo caso, hay indicios más o menos razonables de que algunas cosas cambiarán –de hecho, ya han cambiado– en relación con la normalización del teletrabajo. Esto no significa una profundización en la pereza sino más bien una inercia que puede acabar generando una zanja profunda que separará a los trabajadores presenciales de quienes hacen su trabajo en casa. ¿Saldrá ganando el empresario, el asalariado, todos, nadie? ¿La situación forzará una racionalización horaria que acabe con la absurda jornada partida con dos o tres horas para comer y veinte minutillos de cabezada, desconocida en el mundo civilizado? Ya lo veremos. Lo que sí que resulta previsible cuando la situación esté más o menos bajo control es una pulsión hacia el ocio y el consumo. Hace apenas un siglo pasó esto. Después de la Primera Guerra Mundial y de la pandemia de gripe que acabó con 50 millones de personas, la gente tenía ganas de bailar el charlestón. Lo bailan las viudas con los mutilados, decían para ridiculizarlo. El charlestón fue el símbolo de un consumo desaforado mezclado con la especulación bursátil y con un cierto ambiente de relajación que se conjugaba con la pereza. Después, como todo el mundo sabe, llegó el otoño del 1929: ¡qué varapalo!

Supongo que no soy el único que últimamente ha oído cosas como "cuando acabe todo esto haremos el viaje de nuestra vida", "cuando acabe todo esto nos vamos a dar un homenaje en la mejor marisquería de no sé dónde", etc. Me parece que no hablan por hablar: después de estos meses tristes el personal tiene ganas de vivir la vida. Todo ello hará aumentar el consumo y, previsiblemente, también el endeudamiento privado. Quizás no haya que dramatizar las consecuencias: después de este ciclo vendrá otro. Y después otro más, y otro más. Aun así, será interesante de comprobar si se produce o no una repetición simétrica de errores, y más todavía cuando hablamos de una cifra tan redonda como son cien años.

El nuevo equivalente del charlestón es todavía un misterio, pero algo saldrá. Hay una musiquilla cada vez más afectada y melindrosa que no atribuye la pandemia a la expansión de un virus sino a la perfidia humana, que seguramente también fue la responsable de la extinción de los dinosaurios. Es una cancioncilla pegajosa, esta. Gusta. Quizás es la que escucharemos en un local chill out después de la mariscada en vez de bailar el charlestón, que no es muy recomendable durante la digestión.

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