¿Es tan catalán el presidente del PP, Alejandro Fernández, como el presidente de Junts, Carles Puigdemont? ¿Qué me decís de la catalanidad de Juana Dolores? ¿Es más o menos auténtica que la de Empar Moliner? En una definición memorable, Jordi Pujol dijo: es catalán aquel que vive y trabaja en Cataluña, y quiere serlo. Es una delimitación inclusiva, ciertamente, pero hoy no resiste ni un análisis superficial: ¿un catalán de octava generación que, por las razones que sea, no se siente, sigue siéndolo? ¿Un senegalés, también de octava generación, que hace diez años que vive en Tarragona y que se siente más catalán que Pau Casals... lo es, realmente, de catalán? ¿Una hija mía, que vive y trabaja en Seattle desde hace unos años, ha dejado de ser catalana? ¿Las otras dos, que todavía están aquí, lo son, quizás, un poquito más? De ellas, ¿cuál es más catalana, la que trabaja o la que no?¿Quién puede decirme qué significa ser catalán?¿En un ranking de catalanidad, quién ganaría? ¿El hijo adolescente de una pareja de leridanos nacido y crecido en Ámsterdam, porque ambos progenitores trabajan en los Países Bajos, pero que habla con sus padres un catalán perfecto, o el chico nacido y criado en Mataró, hijo de una pareja marroquí-guineana, que con su madre solo habla castellano? ¿La diputada Najat, nacida en Marruecos, musulmana, madre de tres hijos, que se cubre la cabeza con un velo y es técnica de formación en el Ayuntamiento de Masnou, ¿es menos catalana que Sílvia, católica, que va por el mundo con la cabeza bien descubierta, nacida en Vic, madre de cinco hijos y diplomada en biblioteconomía?¿Aquellos inmigrantes que, el siglo pasado, vinieron de Extremadura, de Andalucía, de Aragón o de Galicia, llegaron aquí para desbaratar el país, para hacerlo peor? ¿Y los catalanes que, en la segunda mitad del siglo XIX, marcharon por miles al extranjero? ¿Abandonaron la patria como la abandonan los cobardes? ¿Los catalanes de tierra adentro, campesinos y ganaderos, que, empujados por el hambre y la necesidad, dejaron sus raíces para hacer fortuna en la ciudad, son culpables de olvidar las tradiciones y las costumbres que construían la identidad de nuestro pueblo?Vamos un poco más allá: ¿quién es mejor catalán, la Fanny, que vino hace cinco años de Honduras y se gana la vida y la de sus dos hijas limpiando casas y porterías, sin contrato ni cotización a la Seguridad Social, cobrando la hora a doce euros, o el Manel, que tiene una granja de cerdos en el Pla de l'Estany que le llevan unos morenos [sic] que no tiene dados de alta ni regularizados porque no tienen papeles?¿Qué es un catalán auténtico? ¿Quién decide qué significa ser catalán? ¿Hay alguien más cualificado que el resto para separar a los buenos catalanes de los que no lo son tanto?
Yo no sabría deciros qué significa exactamente ser catalán. En cambio, tengo clara una idea de lo que significa ser un buen político catalán. Un buen político catalán es aquel que quiere lo mejor para sus próximos, piensen como piensen, vengan de donde vengan. Su trabajo es hacer la vida más fácil a la gente, trabajar para mejorar su bienestar y sus oportunidades de prosperar. En el noble oficio de la política, no se trata tanto de determinar identidades como de gestionar recursos.Un político catalán necesita dos cosas para ser bueno (condiciones necesarias, pero no suficientes). Todos los políticos catalanes podrían ponerse de acuerdo sobre esto, porque son dos condiciones previas a la acción de gobierno.Lo primero: tener competencias, cuantas más mejor, y recursos para gestionarlas y desplegarlas. Todos los partidos que se presentan a las elecciones al Parlament de Catalunya quieren gobernar. Y cuando alguien se presenta a unas elecciones, es porque cree que lo hará mejor que cualquier otro. Por tanto, si alguien cree que encarna la mejor opción de gobierno para un país, también debe creer que cuantas más atribuciones y responsabilidades tenga, más completa podrá ser su acción de gobierno. Si un día nos tiene que gobernar Vox –Dios no lo quiera–, yo prefiero mil veces ver a Ignacio Garriga recaudando el cien por cien del IRPF catalán a confiar que, desde Madrid, Santiago Abascal siga –como hasta ahora– enviándonos las migajas. Estoy seguro, por cierto, de que el señor Garriga también piensa que sabría salir mejor en un escenario como este.La segunda condición, como la primera, tiene que ver con las competencias, pero, en este caso, con las personales. Necesitamos políticos capaces, preparados, con verdadera vocación de servicio al bien común y con experiencia, si puede ser, en el mundo de la gestión en el sector privado. Yo siempre defenderé a los políticos profesionales, que dedican su vida entera al servicio público. Pero no deberíamos dejar que la política se convierta en un gremio. El espacio que separa política y sociedad debería ser mucho más permeable: todos –estoy seguro– saldríamos ganando.