La traición americana
BarcelonaLa guerra de Ucrania ha entrado en una nueva etapa. Trump no solo se aleja de Kiev sino que altera el equilibrio estratégico europeo y recupera una relación privilegiada con Putin. Su política responde a una visión del mundo que menosprecia las alianzas tradicionales, pero también responde al cansancio histórico de una sociedad que ha pagado con vidas y dinero su condición de superpotencia.
Durante ocho décadas, la seguridad de Europa ha descansado sobre una convicción: los Estados Unidos podían discrepar de sus aliados, exigirles más responsabilidades e imponer sus intereses, pero no favorecer al adversario que amenazaba su supervivencia. Donald Trump ha roto esta premisa. Su acuerdo con Vladímir Putin para permitir la comercialización de gasóleo ruso, mientras presiona a Ucrania para que deje de atacar las refinerías que financian la maquinaria de guerra del Kremlin, es un cambio de rasante. La cuestión ahora es cuánto tiempo podrá continuar resistiendo si quien debía sostener su defensa utiliza la dependencia para obligarla a ceder.
El 9 de octubre Trump anunció el levantamiento temporal de restricciones al combustible ruso y la entrada al mercado de unas 300.000 toneladas de gasóleo. La explicación de la Casa Blanca fue económica: abaratar el combustible en los Estados Unidos, donde los precios se han disparado por la guerra con Irán, pocas semanas antes de las elecciones legislativas del 3 de noviembre.
Lo que es realmente grave no es solo que Washington facilite ingresos adicionales a Putin y se debiliten las sanciones, sino que pretenda impedir a los ucranianos destruir las instalaciones que sostienen económicamente la invasión. Trump ha calificado de vergonzosos los ataques contra las refinerías rusas mientras Moscú continúa bombardeando las infraestructuras energéticas de Ucrania. Las dos acciones no son políticamente equivalentes: una potencia ha invadido el territorio de otra, que intenta defenderse. En un paso más, Washington favorece a Moscú amenazando con restringir el suministro de inteligencia y armamento a Kiev si mantiene las operaciones contra el petróleo ruso. Ucrania ha denunciado, además, limitaciones en sistemas de comunicaciones por satélite indispensables para sus drones y dificultades para recibir alertas de ataques. El problema es estructural. Europa puede aportar financiación, soldados para su propia defensa y una industria militar en expansión, pero todavía no dispone de alternativas para sustituir determinadas capacidades estadounidenses de inteligencia, comunicaciones y defensa antimisiles. Trump conoce esta dependencia. Y Putin también.
La relación Washington-Moscú
La relación privilegiada entre Washington y Moscú responde a una idea del poder. Trump concibe el mundo como un tablero de grandes potencias capaces de negociar territorios, recursos, mercados y áreas de influencia. Las democracias europeas, con sus procedimientos, instituciones y exigencias de respeto al derecho internacional, son interlocutores incómodos para una concepción transaccional de las relaciones internacionales. Rusos y estadounidenses comparten el desprecio por las limitaciones que el derecho internacional pretende imponer a la fuerza.
Pero sería un error explicar el distanciamiento estadounidense de Europa únicamente por la ideología trumpista o por la simpatía del presidente con los dirigentes autoritarios. Hay una razón histórica más profunda que ayuda a entender su atractivo electoral: el cansancio de los Estados Unidos de sostener militarmente conflictos lejos de sus fronteras.
En la Segunda Guerra Mundial murieron 405.399 militares estadounidenses, según las estadísticas del Congreso americano, aunque no todos en Europa, también en el Pacífico. En Corea fueron 36.574; en Vietnam, 58.220. Después llegaron Irak y Afganistán, dos guerras que consumieron recursos extraordinarios sin producir los resultados políticos prometidos. El proyecto Costs of War, de la Universidad de Brown, calculó en unos ocho billones de dólares los costes y compromisos presupuestarios de las guerras emprendidas después de los atentados del 11 de septiembre, incluyendo la atención futura a los veteranos.
Detrás de estas cifras hay generaciones de familias, soldados muertos, heridos, traumas y un debate nacional sobre el sentido de los sacrificios. Los Estados Unidos contribuyeron decisivamente a liberar Europa del nazismo y posteriormente garantizaron la seguridad de la Europa Occidental durante la Guerra Fría. Sin embargo, las guerras de Vietnam, Irak y Afganistán alimentaron una desconfianza sobre las intervenciones exteriores. No es lo mismo recordar la liberación de París que la caída de Saigón o la vergonzosa retirada de Kabul, y en la memoria de los estadounidenses están las tres imágenes.
La paradoja es que Roosevelt tuvo que recorrer el camino contrario al que propone Trump. En 1940, buena parte de la opinión pública estadounidense se oponía a enviar soldados a Europa, aunque apoyaba ayudar a Gran Bretaña contra Hitler. Roosevelt comprendió que debía explicar a sus ciudadanos que la seguridad de los Estados Unidos también dependía de lo que pasaba al otro lado del Atlántico, y el ataque a Pearl Harbor transformó la resistencia a entrar en guerra en un consenso favorable a combatir.
Durante las décadas siguientes, el liderazgo estadounidense se fundamentó en aquella intuición estratégica: defender Europa no era solo una concesión generosa a los europeos, sino una inversión en la propia seguridad. La OTAN también fue un instrumento de poder de Washington, no una obra de caridad.
Trump invierte el argumento. Presenta las alianzas como una factura que otros países deben pagar y convierte el cansancio de las guerras en una impugnación de las obligaciones internacionales de los Estados Unidos. Su mensaje conecta con una parte de la sociedad que desconfía de las aventuras militares exteriores y cree que se han dedicado demasiados recursos a proteger a otros países mientras desatendían los problemas internos.
Europa debe entender que la protección estadounidense ya no se puede dar por sentada. Y que la cuestión no es únicamente salvar a Ucrania, sino decidir si los europeos están dispuestos a defender el orden político que ha hecho posible su propia seguridad.