¿Sirve el cordón sanitario en la extrema derecha?

Se les vete o no, los expertos avisan de que no se puede dejar el debate sobre inmigración y seguridad sólo en manos de los ultras

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Ignacio Garriga y Silvia Orriols.

BarcelonaEn la legislatura que ahora termina, el cordón sanitario en Vox ha evitado que pudieran presentar ni pactar ninguna iniciativa legislativa en el Parlament y ha llevado al Gobierno a excluirlos de cumbres sobre temas que han marcado la legislatura, como la sequía o la gestión de los malos resultados en las pruebas PISA. Ahora bien, esto no ha impedido que Vox haya revalidado en las urnas a sus 11 diputados ni que haya entrado en la cámara catalana un segundo partido de extrema derecha: se trata deAliança Catalana, que irrumpe en el Parlamento con dos escaños después de conseguir una primera alcaldía en Ripoll y liderar temporalmente la de Ribera de Ondara, dos municipios donde el cordón sanitario en la extrema derecha independentista fracasó por falta de acuerdo entre los grupos municipales que podían hacerle frente. ¿Pero es ésta una buena estrategia para evitar que los ultras avancen a las instituciones?

El veto en la extrema derecha ha tenido resultados desiguales en los parlamentos donde se aplica: en Alemania y en Francia, donde están firmemente implantados, han permitido mantener los ultras apartados del gobierno, pero no de las instituciones; en Grecia, en cambio, Alba Dorada pasó de ser tercera fuerza política en el 2015 a quedar fuera del Parlamento en el 2019 a raíz de la presión política contra el partido y los delitos de sangre en los que se vio involucrado. ¿Y en Cataluña? Aunque no es una posición unánime, la mayoría de expertos consultados por el ARA consideran que los cordones sanitarios son necesarios para evitar la normalización de los discursos que ponen en la diana a colectivos concretos, como los inmigrantes o las personas de religión musulmana, y que afectan a la convivencia y pueden incitar a cometer delitos de odio.

La fórmula se mantiene en el Parlament

De momento, el cordón sanitario es la fórmula que han optado por repetir los partidos catalanes con representación parlamentaria (menos el PP), que en campaña firmaron un compromiso por no pactar ni aceptar los votos de la extrema derecha, españolista o independentista. Más allá de iniciativas como ésta, donde sí coinciden todos los expertos es en la necesidad de no dejar el debate de temas como la inmigración, las ocupaciones, la seguridad o la preservación del espacio público en manos de estos partidos. El riesgo, alertan, es que los votantes perciban que son los únicos que se atreven a hablar de ello y asuman su agenda.

"Pero más allá de la utilidad, también hay una cuestión ética", explica el catedrático de ciencia política de la UB Joan Anton Mellón, quien alerta del peligro de no frenar discursos que van en contra de los derechos humanos y que, pese a aceptar formalmente los regímenes democráticos, "quieren vaciarlos de contenido". Sin embargo, el cordón sanitario por sí solo no es suficiente –sostiene– porque no va a la raíz de los problemas sociales que la extrema derecha instrumentaliza para pescar votos. El experto, coautor del libro La nostalgia fascista del futuro, defiende trabajar en un concepto de "nacionalidades compartidas" frente a un ultranacionalismo que propugna que ciertas identidades culturales son superiores a las demás.

Coincide el también catedrático de ciencia política de la Universidad de Girona Salvador Martí, quien alerta de que una cosa es evitar que "se amplifique" la voz de estos partidos y la otra silenciar los debates que plantean. "Los partidos de derechas y de izquierdas deben hablar de ello desde una perspectiva que no sea ni punitiva ni populista, y no hacer dejación de funciones", subraya. También echa de menos pedagogía sobre la inmigración, necesaria para el mantenimiento del sistema económico y el de pensiones frente a la baja natalidad en Cataluña. En este sentido, cree que es necesario un "cambio de chip" para que la sociedad catalana deje de percibir esta cuestión con un "miedo" que "tiene poco que ver con la realidad".

El riesgo de incoherencia

El riesgo de que la aprobación social en el cordón sanitario se debilite aparece cuando "se veta la extrema derecha pero se asimila su discurso", afirma el director del Centro de Estudios sobre Movimientos Sociales y profesor de la UPF, Jordi Mir. El flirteo de algunos alcaldes de Junts con las tesis de Aliança Catalana vinculante inmigración y delincuencia o el discurso de Alberto Núñez Feijóo acusando a la inmigración irregular de ser responsable de las ocupaciones son ejemplos, pero también pueden encontrarse anteriores al estallido de la ola reaccionaria en Europa. "Duran y Lleida se presentó a unas elecciones diciendo que en Cataluña no cabía todo el mundo. La gente puede no entender el cordón sanitario cuando los partidos son incoherentes", apunta Mir. Y eso, subraya, favorece discursos victimistas por parte de los partidos ultras.

Pero también hay quien defiende que, una vez dentro de las instituciones, aislar a estos partidos no es aconsejable. "Han llegado para quedarse y su presencia responde a un voto tan legítimo como cualquier otro", remarca el catedrático de historia contemporánea de la Universidad Rovira y Virgili Joan Maria Thomàs, que cree que es necesario diferenciar el "fascismo histórico" y los partidos como Aliança Catalana o Vox, que inscribe dentro de los movimientos populistas de "nueva extrema derecha" que proponen soluciones irrealizables para problemas complejos. Ante este fenómeno, el experto rechaza vetos o cordones sanitarios. Cree que hay que debatir sobre ellos y, sobre todo, reaccionar "resolviendo problemas" en lugar de ignorarlos. "Aislarles no sirve para nada", mantiene.

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