Los mejores bares y restaurantes de Sant Antoni para redescubrir la cocina tradicional catalana
En este barrio de Barcelona hay una amplia oferta gastronómica que a menudo pasa desapercibida
A veces parece que para probar la auténtica esencia de la cocina tradicional catalana tendrías que alejarte de Barcelona, donde muchos critican que el recetario de los Países Catalanes ha perdido terreno frente al brunch, los poke bowls, el street food y muchas otras propuestas de aquí y de todas partes destinadas a los turistas. Pero, como suele pasar con todas las generalizaciones, donde los reproches se hacen a gritos y las virtudes se dicen de puntillas, esta imagen es sesgada y obvia todos aquellos oasis de la capital catalana que todavía luchan y defienden la gastronomía catalana.
Por eso, desde el ARA recogemos 6 propuestas del barrio de Sant Antoni que te permitirán redescubrir la cocina tradicional catalana como no lo habías hecho nunca.
Bodega Sepúlveda (c/ Sepúlveda, 173)
El negocio familiar de los Solà es uno de los grandes clásicos de Sant Antoni. Con más de 70 años de historia, la Bodega Sepúlveda está regentada por las hermanas Sònia y Núria Solà, que tomaron el relevo a su padre por la pandemia después de que se jubilara. Desde entonces, las Solà han continuado cocinando y sirviendo platos tradicionales de cocina catalana que, curiosamente, gustan tanto a la juventud como a las generaciones más mayores. Aunque se pueden encontrar propuestas de guisos como capipota, carrillada de ternera o garbanzos con albahaca y butifarras, el rasgo más característico de las Solà es que se han podido adaptar a los nuevos tiempos. Ante la constante amenaza de supermercados que les robaban la clientela ofreciendo platos preparados, las Solà también se sumaron a la tendencia de comida cocinada, pero con productos de calidad, recetas de la tierra y un aprecio por el barrio sin parangón.
En cuanto a los precios, el tique medio puede oscilar entre los 30 y los 80 euros, dependiendo de los platos. Eso sí, cualquiera que frecuente este lugar en el corazón del barrio se asegura servicio y carta en catalán.
Maleducado (c/ Manso, 54)
Construir un buen restaurante es todo un reto. Y mantener la calidad en el tiempo, otro bien diferente. Pues bien, el Maleducat los ha conseguido ambos y lo ha hecho siempre bajo el mismo concepto: la carta se divide entre pequeños bocados individuales para picar y después un conjunto de platos calientes que están pensados para ser compartidos. Esto, sumado a un producto excelente y ofertas inigualables –como por ejemplo el célebre brioche de bistec tártar, panceta y yema de huevo o el rollito crujiente de asado a la catalana con ciruelas y piñones–, se ha convertido en un negocio donde tres amigos defienden la cocina tradicional con ímpetu. El precio por persona oscila entre los 50 y los 70 euros.
Buenavista (ronda San Antonio, 84)
La Casa de Comidas Buenavista abrió en 1918. Era uno de los grandes restaurantes de referencia como el 7 Portes, y no solo en el barrio de Sant Antoni, sino también en toda Barcelona. Años después, sin embargo, el negocio cerró, y no fue hasta julio de 2022 que los descendientes del primer propietario, Mateu Molleví, decidieron resucitar el restaurante dentro del Hotel Buenavista. Este proyecto, iniciado por Marc Amado y Mario García, es una casa de comidas que honra la historia culinaria catalana de nuestro país y que, a la vez, intenta cocinar y recuperar grandes platos catalanes. Aproximadamente, el precio por persona puede moverse entre los 20 y los 60 euros y, en el mejor de los sentidos, entrar por la puerta del Buenavista puede considerarse un auténtico salto al pasado.
Bodega Gol (c/ Parlament, 10)
Un barbero y un ingeniero reformulan una bodega histórica de Barcelona para hacer cocina de autor. Lo que de primeras parece un chiste malo es, en realidad, la Bodega Gol, el negocio de Roger Solé y Rodrigo Castillo, que, por cosas de la vida, ahora explotan su talento en el bar Bodega Gol. En cuanto a la comida, se pueden encontrar todo tipo de propuestas del territorio caseras: revuelto de setas con butifarra, pies de cerdo, caldereta de cordero, esqueixada de bacalao o garbanzos con oreja y morcilla. Su esencia es la cocina catalana con producto de la tierra que Roger selecciona cada día en el mercado. En cuanto al precio por persona, puede ser de entre 20 y 30 euros.
Can Vilaró (c/ Conde Borrell, 61)
Si alguien aboga por la cocina catalana y a buen precio, la mejor opción es Can Vilaró. Este restaurante es un clásico del barrio de Sant Antoni y allí se ofrece algo fácil de decir y difícil de hacer: un lugar de cocina catalana, casera y cercana. Lejos de tener una carta cerrada, Can Vilaró es conocido por una pizarra que cambia día a día con las ofertas del día. Un lunes pueden servir escudella barrejada, ensalada de capipota y crestas de atún, y un jueves quizás optan por el trinxat de col, lentejas estofadas, bacalao a la llauna o riñones al jerez. Uno no siempre tendrá la suerte de cruzarse con los platos que tiene en mente cuando piensa en cocina catalana, pero, sinceramente, no es tan importante: todo lo que hacen es bueno. Este restaurante clásico tiene una parroquia habitual y fiel, pero el trato cercano también se extiende a los recién llegados.
Bar Canyí (c/ Sepúlveda, 107)
El Bar Canyí es un espacio para comer cocina tradicional y platos de siempre, pero también es una oda al recuerdo y a la diversión de sus dos propietarios, el Frank y el Nico. El ambiente del local es un auténtico homenaje a los años 80 y 90, y se pueden encontrar desde ejemplares del Tebeo y portadas de diarios de 1918 hasta coches de juguete con su caja de plástico y la radio de la abuela del Frank. En cuanto a la comida, sirven propuestas como el capipota, la ensaladilla rusa, las croquetas de jamón, las gildas de anchoas o el escabeche de níscalos. Todo procedente de productos frescos y de temporada. El precio puede variar, pero puede ascender hasta los 55 euros.
Del mundo a Cataluña
Cerramos esta selección de bares y restaurantes de Sant Antoni con tres propuestas gastronómicas del barrio que también se han ganado el corazón de los vecinos.
Jiribilla (c/ Conde Borrell, 85)
Ahora que los grandes grupos en lugar de restaurantes crean conceptos, espacios donde todo encaja, incluso demasiado, y donde el relato pesa más que la autenticidad, es un descanso descubrir el Jiribilla, un restaurante que es el espejo del periplo vital de su cocinero, Gerard Bellver. En el local se hace comida mexicana cocinada por un catalán y, sin ser pretencioso, con mucha técnica detrás. El artífice es un chico de Barcelona que ha pasado más tiempo allí que aquí, y que volvió con una mochila gastronómica mestiza. El Jiribilla es un restaurante agradable y espacioso de la calle Comte Borrell de Barcelona, cerca del Mercado de Sant Antoni. El precio por persona puede oscilar entre 50 y 80 euros, pero por ofertas como los menús degustación puede llegar hasta los 140.
Coma (av. Mistral, 54)
El restaurante Come, además de un nombre contundente y que va al grano, está regentado por el mejor cocinero mexicano fuera de México. Y además, es considerado uno de los intérpretes más bien preparados para trasladar las bases de la cocina mexicana a Cataluña. Paco Méndez arrancó con el negocio hace más de 4 años, en el que sirve platos con un sustrato de tradición mexicana y un bagaje que ha hecho en Cataluña. En el Come se puede encontrar alta cocina con platos deliciosos y equilibrados, con platos como el totopo más fino del mundo, la ensalada Los treinta verdes o un cerdo ibérico al pastor para haceros vosotros mismos los tacos y ensuciaros las manos como manda la tradición. Si queréis descubrir qué son exactamente estos platos, lo más fácil es acercarse y probar algunos de sus dos menús, uno de 120 euros y uno de 175.
La Piccolina (c/ Sepúlveda, 60)
Pocas pizzerías se han ganado el corazón de los vecinos de Sant Antoni como La Piccolina. Regentada por el napolitano Antonio Verdicchio, el local se caracteriza por un entra-y-sale de clientes que piden pizzas de 24 cm que durante unas horas cada día se venden a un precio de entre 3,50 y 8 euros, la mitad que las más grandes (33 cm). El formato, pensado para un bocado rápido, se inspira en las pizzas a portafoglio, que en Nápoles se comerían dobladas sobre sí mismas.
Más allá de los precios asequibles, sin duda La Piccolina ha ganado por el buen producto, el trato familiar y el boca a boca, que han hecho que las pizzas ganaran rápidamente adeptos, primero entre los vecinos y después, en un barrio cada vez más gentrificado, entre los turistas.