Internacional 04/01/2022

En las trincheras de la guerra entre Ucrania y los rebeldes prorrusos

En Marinka, en el Donbass bajo control ucraniano, los disparos siguen mientras la tensión entre los gobiernos crece

Alfons Cabrera
5 min
Un soldado recorre las trincheras de la guerra que enfrenta Ucrania y Rusia.

Marinka (Ucrania)En el porche hay lechugas, sacos de patatas, garrafas de aceite, latas de sardinas y cerdo cocido, setas, judías, maíz, paté de pavo y leche condensada. Los primeros disparos se oyen cuando los soldados apenas han descargado la comida. Nadie se inmuta. No están disparando a nuestra posición, pero tampoco muy lejos. Entre las diferentes ráfagas, de vez en cuando se oye un estallido más fuerte, cuando disparan mortero o cohetes. Mientras tanto, unos llevan la comida a la despensa, otros están dentro haciendo la cena, otros miran el móvil. Más allá de la cotidianidad, tiene que haber un cálculo, inconsciente o consciente: si en el frente hay decenas de miles de soldados y cada semana solo matan a uno o a dos o a ninguno, no hay que hacer aspavientos. Son poquísimas bajas, teniendo en cuenta que cada día hay fuego y que unos y otros saben dónde están las posiciones enemigas. La conclusión inmediata es que a menudo no disparan a matar.

Los disparos siguen de fondo. Estamos en el este de Marinka, en el Donbass bajo control ucraniano, en una casa abandonada que da cobijo a los soldados en primera línea. Hay parapetos en las ventanas, marcas de metralla en todas partes y alguna parte derrumbada. Pero también hay baño y cocina y lavadero y dormitorios. Todo es muy rudimentario, pero, dadas las circunstancias, no está mal. Siempre me acompañan dos oficiales de prensa, Eugen y Sergiy; Eugen coge el Kaláshnikov y nos ponemos chaleco y casco antibales para ir a una posición de tiro. Es en esta región donde, desde hace años, Rusia y Ucrania se enseñan los dientes: desde hace casi ocho años, el ejército ucraniano se enfrenta a los ejércitos de las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y de Lugansk, en una guerra ahora de baja intensidad, en la cual el apoyo ruso a los rebeldes tiene un papel determinante. Ahora el despliegue de más de 100.000 soldados rusos alrededor de los límites con tierras ucranianas ha vuelto a hacer crecer la tensión.

Nos alejamos unos metros de la casa y nos adentramos en las trincheras: un laberinto de zanjas serpenteantes, perfectas, ahora reforzadas con maderas bajo tierra. Avanzamos en un plano secuencia y retrocedemos 105 años. Como pasó durante parte de la Primera Guerra Mundial, la del Donbass se ha convertido en una guerra de trincheras. Las posiciones son permanentes y, en ausencia de grandes ofensivas, el objetivo fundamental es mantener el control del territorio (cuando menos, de momento). Señales con calaveras blancas sobre fondo rojo recomiendan no salir de la pista por la presencia de minas antipersona y de francotiradores. Cuando apenas hemos avanzado unos metros, se acaban los disparos. Han sido diez minutos.

Al llegar a la posición de tiro, a menos de 100 metros de los (digamos) rebeldes prorrusos, hay tres gatitos acurrucados, guarecidos, y Sofia, una soldado de 24 años que lleva cuatro en el frente (con descansos, como todo el mundo, cuando su unidad es reemplazada unos meses cada año). Es de Donetsk ciudad, ahí al lado si no fuera porque está en el otro lado de la tierra de nadie. Cuando le pregunto por qué entró en el ejército, dice que “para acabar la guerra”. La épica está en el mensaje, porque el tono es suave como un bebé de terciopelo. Quiere ser médico.

Cuando volvemos a la casa, la cena está en la mesa. Sergiy era fotógrafo profesional en Odesa y entró en el ejército hace solo tres meses. Tiene poco más de 40 años, y hasta hace diez había hecho de guitarra en Propala Gramota, un grupo que hacía una mezcla de rock y música tradicional ucraniana. “Antes de la guerra hicimos tres conciertos en Rusia: dos en Moscú y uno en Kazán”. Eugen fue cantante de The Mavials (punk) y guitarra en Red Warhead (metal), tiene 29 años, lleva ocho meses seguidos en el frente y es nativo del Donbass: “Yo lucho por mi tierra, por mi casa, para que sea un lugar mejor, y para que Europa sea un lugar mejor. Elegir tu camino es la definición de libertad, incluso cuando la elección no lleva a nada bueno”. 

Las noches en el Donbass, como en todas las guerras, acostumbran a ser más tranquilas, y nos quitamos las botas para dormir (“Esto no es Afganistán”, dicen). Pero la ropa no, porque por más que esto no sea Afganistán las cosas pueden cambiar en un segundo. La noche transcurre de manera anodina. Al día siguiente, en Kurajove (20 km al oeste del frente y de Marinka, y última parada de los autobuses), una mujer mayor vende fruta en la calle: cinco nísperos por 13 céntimos de euro dan la medida exacta de la situación económica del país.

La pulsera de un festival también era azul y amarilla

Ucrania tiene el PIB per cápita más bajo de Europa y una distribución de la riqueza muy desigual. Esto es palpable, y ejemplos hay muchos: mientras que en las zonas rurales y en la periferia de las ciudades hay un Lada en cada esquina (un vestigio soviético, y un icono), en el centro de Kíev (en medio minuto, un mediodía concreto) bajan por la avenida Jreshchatyk un Porsche Panamera, un BMW X1, un Lexus NX y dos Mercedes G55.

Kíev es una gran capital europea con impronta soviética; imperial, decadente y vibrante. A 600 kilómetros del frente, como no podía ser de otro modo, la vida transcurre en la más absoluta normalidad. Con todo, hay cosas que recuerdan que el país está en guerra, por más que sea sin la crudeza de años atrás: hay una veintena de tiendas militares, donde venden de todo menos armas de fuego: chalecos y cascos antibalas, cargadores de rifles, machetes, escopetas de airsoft, ropa táctica, enseres de acampada, botiquines y simbología nacionalista.

Más cosas: en el centro de Kíev, al lado del monasterio de San Miguel, hay un mural de 90 metros de largo que homenajea a los miles de combatientes caídos en la guerra del Donbass (de su bando, claro). Los últimos que salen son del 21 de julio del 2020; todavía lo tienen que actualizar con las decenas de muertos de los últimos diecisiete meses (este año ya llevan uno). Y después está la omnipresencia de los colores de la bandera ucraniana. No es que haya muchas ondeando, sino que los colores de la bandera son utilizados, juntos azul y amarillo, para todo: en los parques infantiles, en el metro y en el bus, en los andamios de las obras, en barandillas y jardineras. En todas partes. Aun así, en una sublimación excelsa de nacionalismo banal, esto puede pasar desapercibido si uno no tiene los ojos muy abiertos.

Jreschatyk abajo, pasado el Maidán (donde hay que buscar el precedente del precedente de la guerra del Donbass), está el Arco de la Amistad de los Pueblos, un semicírculo de titanio de 50 metros de diámetro que es uno de los puntos emblemáticos de la ciudad. Se inauguró en 1982, y los pueblos a los que se refiere son el ucraniano y el ruso; pero de momento las leyes de descomunización del 2015 no se han atrevido con ese monumento. En 2018 unos activistas pusieron una pegatina grande que imita una grieta, y desde entonces parece como si el arco estuviera roto de verdad. Ni la concejalía de Patrimonio Cultural ni los servicios de limpieza se han preocupado por deshacer esta metáfora.

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