Reportaje
Internacional 15/10/2021

La última batalla de Pere Casaldàliga

Un año después de la muerte del Obispo de los Pobres, su legado de lucha social continúa vivo en Brasil, pero su última batalla en defensa de los indígenas xavantes podría volverse a perder

18 min
La última batalla de Pere Casaldàliga

Lleva el arco y la flecha en una mano, mientras con la otra da golpes al aire para dar fuerza a sus palabras. La indignación le enciende la voz cuando habla de Jair Bolsonaro: “Nadie conoce la cultura de valentía del pueblo xavante, se piensan que nos pueden intimidar, ¡pero nosotros moriremos aquí!”, clama el cacique Damião, el líder de los indígenas xavante que viven en Marãiwatsédé, en el norte del estado brasileño de Mato Grosso, cerca de São Félix do Araguaia. La corona de plumas y los trazos rojos sobre la cara subrayan también la tradición guerrera de los xavante. Pero la lucha de este pueblo indígena por su tierra nota hoy un vacío desolador. Es la ausencia que ha dejado uno de sus guerreros más ilustres: el obispo Pere Casaldàliga. “Ahora estamos solos. Ya no nos queda nadie igual, no hay nadie que tenga el coraje que él tenía para enfrentarse incluso a las amenazas de muerte. Él luchó mucho por nuestro pueblo”, lamenta el cacique, que durante años tuvo un fiel aliado en Dom Pedro, como lo conoce todo el mundo en la región. Hace solo un año que Casaldàliga murió, pero su última batalla, la que libró junto a Damião hasta conseguir que el pueblo xavante pudiera volver a su tierra de Marãiwatsédé, pronto podría volverse a perder.

El ARA visita la tierra indígena de Marãiwatsédé, donde el pueblo xavante pudo volver gracias a la ayuda de Pere Casaldàliga

“La guerra ya está aquí”, dice Damião, y me muestra un vídeo en el móvil donde se ve como meten dentro de un remolque el cuerpo de un indígena muerto por un disparo de bala. Los hechos son de hace solo unos días en un poblado de los karayá, otra etnia indígena de la misma región. Agentes de la policía acompañados de miembros de la Funai (Fundación Nacional del Indio, el organismo gubernamental responsable de los temas indígenas) fueron a buscar al hombre hasta su poblado indígena para detenerlo. Lo acusaban de ser un ladrón. Pero él se resistió, y lo mataron. “Que la policía mate a disparos a un indio en su propio poblado no había pasado nunca con los anteriores gobiernos. Solo el gobierno actual lo permite”, denuncia el líder de los xavante, y dice bien claro que en las próximas elecciones, el año que viene, piensa votar por Lula. Si es que finalmente se presenta. También advierte que si la policía intenta hacer lo mismo en un poblado xavante, encontrará una reacción muy diferente. Los karayá no son un pueblo guerrero. Los xavante sí.

Pero su batalla más importante ahora mismo, la que les podría volver a hacer perder la tierra que recuperaron con el apoyo de Casaldàliga, se libra en el Tribunal Supremo Federal de Brasil. El equivalente brasileño del Tribunal Constitucional español está a punto de decidir si instaura o no una medida conocida como marco temporal para la demarcación legal de tierras indígenas. Si se aprueba este marco temporal, que tiene el apoyo del gobierno de Bolsonaro, los pueblos originarios solo podrían reclamar como propia la tierra que ocupaban físicamente el 5 de octubre de 1988, el día que entró en vigor la Constitución brasileña. Este nuevo marco de referencia no solo dejaría sin tierra a los xavantes, que fueron expulsados de Marãiwatsédé por la fuerza en 1966, sino que perjudicaría a decenas de pueblos indígenas de todo Brasil. Protestas masivas llenaron las calles de Brasilia en el mes de agosto, con indígenas llegados de todo el país, para tratar de parar una sentencia histórica que podría hacer retroceder varias décadas la lucha por los derechos indígenas. El mismo tribunal es consciente del gran impacto que puede generar la norma, que tiene el apoyo del sector del agronegocio y los diputados del llamado bloque ruralista, y ya ha aplazado su decisión final hasta seis veces.

Expulsados como ganado

Cuando se aprobó la Constitución brasileña, la fecha que los ruralistas quieren usar de referencia, ya hacía 22 años que los xavante habían sido “reubicados” por la dictadura militar brasileña. Damião recuerda perfectamente aquel día de 1966. Él tenía 12 años. “A las 8 de la mañana llegaron los aviones [de las fuerzas aéreas brasileñas] y aterrizaron aquí cerca”, relata, señalando. “En aquella época todo esto era bosque cerrado, no como ahora”, recuerda. Los militares no les dieron explicaciones. Rodearon a todos los indígenas y les condujeron hacia el interior de los aviones, como si fueran ganado. Poco se imaginaban ellos, mientras subían a aquellas naves, que estaban marchando para no volver nunca más. “Nos llevaron a otra región, cerca de los blancos. En los primeros días, hasta 150 personas murieron, muchos de nuestros hermanos y padres murieron, lo perdimos todo”, relata Damião. Los distribuyeron entre varios poblados de su misma etnia xavante que hay dispersos en todo el estado de Mato Grosso, pero, como dice el cacique, muchos murieron de hambre y enfermedades.

Una mujer xavante lleva a su bebé en el cesto tradicional, elaborado por ellas, que llevan colgado a las espaldas con una tira que se colocan en la frente

No fue hasta 1992 que Damião, ya con 38 años, y diez líderes más de su pueblo pusieron en marcha la lucha para poder volver a Marãiwatsédé. Y no fue hasta el 2004 que la justicia les dio la razón. Pero todavía les quedaba mucha lucha por delante, porque los propietarios agrícolas que habían ocupado las tierras, e incluso las comunidades locales que vivían entonces, no estaban dispuestas a marchar. “El padre Casaldàliga siempre decía «Esta es tierra indígena y será para los indígenas»”, explica la hermana Fátima, que lleva ocho años a la misión destinada en Marãiwatsédé. Y Casaldàliga defendió aquel principio hasta el final.

Los terratenientes habían hecho construir un pueblo en el cruce de dos carreteras, Posto da Mata, con una gran iglesia, una escuela... “Mucha gente humilde y sencilla fue a vivir alllí engañada, sin saber que aquello era legalmente tierra indígena”, relata el padre Paulo Gabriel, que vivió 20 años con Casaldàliga y lo acompañó también en esta lucha. Casaldàliga “nunca aprobó que se construyera aquel pueblo y se negó siempre a celebrar misa”, explica Gabriel. El resultado fue que cuando en 2012 llegaron los bulldozers del gobierno y la policía federal para destruir la localidad, haciendo efectiva finalmente la demarcación legal indígena, unas 500 familias tuvieron que marchar. “Fue una tragedia, pero no había alternativa –dice Gabriel–, era tierra de los indígenas”. Aquello le generó a Casaldàliga muchos enemigos. Por primera vez no eran solo los terratenientes, sino también los posseiros (comunidades campesinas pobres establecidas desde hacía años en aquella tierra) los que se oponían a la posición del fraile claretiano. “Cuando el conflicto era entre terratenientes y pobres, siempre estaba muy claro cuál era nuestro bando. Entre indígenas y terratenientes, también. Pero cuando el conflicto es entre indios y posseiros pobres, como pasó en Posto da Mata, es muy duro. Pero la posición de Pere fue siempre muy clara: aquella tierra tenía un propietario, que era el pueblo indígena”, recuerda el padre agustino, compañero cercano de Casaldàliga.

Y llegaron las amenazas de muerte. Ya había recibido muchas durante su medio siglo de lucha por las comunidades pobres del Brasil, pero esta vez fue especialmente duro. “Las amenazas de los terratenientes fueron terribles, muy violentas, hicieron barricadas para impedir que les echaran”, explica Gabriel. La policía alertó a Casaldàliga que la amenaza sobre su vida era muy real. Le recomendaron que se escondiera. Entre finales del 2012 y principios del 2013, ya con 84 años y enfermo de Parkinson, Casaldàliga tuvo que marchar de São Félix y esconderse durante un mes en un monasterio del estado de Goiás. “Yo lo fui a visitar al monasterio, y ya estaba muy debilitado, el Parkinson había avanzado mucho, pero todavía conseguía comunicarse”, relata Gabriel: “El pueblo xavante decía «Este obispo tiene coraje». Fue su última gran lucha. Y era una lucha de David contra Goliat, pero ganó”.

Un Cristo indígena

Hoy un gran Cristo de piedra, similar al de la famosa estatua de Río, es lo único que queda en pie en el lugar donde estaba Posto da Mata. Un recuerdo del conflicto que oscureció durante mucho tiempo aquella tierra, y un homenaje a lo único que une a indios y posseiros: la fe católica, la misma que movió siempre a Pere Casaldàliga. Convertidos al catolicismo por las primeras misiones, los xavantes son creyentes devotos y tienen incluso sus propios curas xavantes. En la aldea de Marãiwatsédé, la primera que se refundó con el retorno de los xavantes, hay una iglesia dentro de una gran cabaña circular hecha de obra y uralita. La preside un Cristo indígena, tallada en madera con los rasgos xavantes y los pendientes cilíndricos que se ponen los hombres en los ritos de iniciación.

Desde aquel primer campamento, los xavantes han querido dispersarse y han creado nuevos poblados para ocupar las 160.000 hectáreas que forman su territorio. Ahora ya tienen 12 aldeas. La última de todas es solo una cabaña, donde se amontonan temporalmente 26 personas mientras se construyen dos cabañas más a ambos lados. Es todavía el embrión de la que será la aldea Tsuparana Tsi’Utse, creada muy cerca del nacimiento de un río y liderada por la cacique Elisabeth. “Recuerdo mucho a Dom Pedro, cuando estaba muy enfermo pude visitarlo en su casa, rezamos juntos y lo abracé por última vez”, dice la cacique, y le pide a la hermana Fátima que en la próxima visita, la semana siguiente, les traiga jarabe para la tos y una lona para el techo de la cabaña, que ha volado durante la noche debido al viento.

El interior de la iglesia en el pueblo más grande, con un Cristo indígena y un mural con un Cristo y una virgen con rasgos indígenas
El cartel que marca Marãiwatsédé como tierra indígena

La precariedad en la cual viven los xavante, sin luz ni agua corriente –a pesar de que algunos poblados tienen pozo–, no les hace envidiar para nada la forma de vida de los blancos. Al contrario. “No nos tenemos que mezclar, queremos vivir separados de los blancos. Es importante para poder mantener nuestra cultura, nuestras danzas y nuestros rituales”, dice el cacique de otra aldea, Leonardo Sareteme. Los caciques de todos los poblados están bajo el liderazgo común de Damião. Sareteme es el líder del poblado Sibasassi, de unos 80 habitantes, y también hace de profesor para los niños. Les enseña los ritos, las costumbres y la ciencia de su pueblo, dice, además de la lengua xavante. La mayoría de niños no entienden nada de portugués, y las mujeres tampoco lo hablan. En el poblado Marãiwatsédé, en cambio, un profesor xavante que ha venido a trabajar desde el estado vecino de Goiás sí que enseña a los niños a hablar y escribir portugués.

Leonardo Sareteme, profesor de la aldea xavante Sibassassi, en Marãiwatsédé

Con faldas coloridas y camisetas deportivas, las mujeres del poblado Sibasassi pasan la tarde jugando a voleibol con una red instalada en el centro de la media luna que forman las cabañas del poblado. Algunos hombres y otras mujeres hacen de espectadores del partido, sentados en sillas. Una de ellas lleva su bebé en el tradicional cesto xavante que cargan con una cinta en la cabeza. Es el mismo tipo de cesto que usan para recolectar, que es la principal tarea de las mujeres xavante, primordial para la subsistencia de su pueblo. Los xavante también plantan mandioca y maíz. Ahora Damião está enseñando a los demás jóvenes la técnica tradicional de cultivo xavante.

Sor Fátima, Franciscana en misión en Marãiwatsédé

“Necesitamos ayuda para reforestar”

La naturaleza siempre les había dado todo lo que necesitaban para vivir, pero ahora la tierra que les rodea es muy diferente de aquella donde Damião y los mayores de la tribu vivieron antes de ser expulsados en 1966. Hoy está prácticamente todo desforestado después de años de explotación agrícola. Los grandes cultivos de soja y maíz de los terratenientes han dejado la región prácticamente sin árboles. Escasea el pequé, uno de los árboles frutales típicos de la zona, del cual los xavantes extraen alimentos y un aceite medicinal. Escasea todo lo que antes abundaba. Incluso la pesca, debido a la contaminación de las aguas por los pesticidas. “Estamos muy preocupados porque casi no quedan recursos naturales en nuestra tierra, lo han destruido todo con la deforestación, y esto hace muy difícil nuestra vida aquí. Por eso queremos pedir ayuda a otros países extranjeros, los que se preocupan por el medio ambiente, para que nos ayuden a reforestar”, remarca Boaventura, sobrino de Damião.

Los pueblos indígenas saben que si han de recibir ayuda alguna tendrá que venir del extranjero, aunque sea por medio de presión política, porque el gobierno actual de Brasil no está nada interesado en reforestar, más bien al contrario. Todos los gobiernos brasileños han apostado por el agronegocio como base de la economía brasileña, aunque sea a costa de explotar ecosistemas únicos como la Amazonia. Pero el de Jair Bolsonaro se ha deshecho de cualquier tipo de escrúpulo y ha impuesto una economía depredadora de recursos que está haciendo crecer más que nunca la explotación agrícola y ganadera. Ha dado carta blanca a los terratenientes.

Cacique Damião, líder del pueblo xavante de Marãiwatsédé

Mientras intentan reforestar y recuperar sus cultivos, los xavantes hoy tienen que subsistir gracias al dinero que reciben de la bolsa familia, la ayuda social instaurada por el programa Hambre Cero del presidente Luiz Inácio Lula da Silva, y de lo que sacan de alquilar parte de su territorio como pasto. Ganaderos de la zona les pagan 7 reales brasileños por cada res que permiten entrar a pacer en sus tierras, una cifra abusiva si se tiene en cuenta que los terratenientes cobran alrededor de 40 reales por animal cuando son ellos los que alquilan terreno de pasto. “Solo permitiremos pastos, pero no cultivos. Ya hemos recibido tres ofertas para que alquilemos nuestra tierra para cultivos [a gran escala], ¡pero esto nunca! Nunca permitiremos los grandes cultivos en nuestras tierras, porque lo destruyen todo”, se exalta Damião.

Mujeres xavantes juegan al voleibol en el centro de un poblado
La abogada Maria José Sousa da Moraes, conocida como Zézé

Los fazendeiros, que son los grandes terratenientes y productores agrícolas, siguen representando una amenaza para el pueblo indígena. El cacique Damião no tiene ninguna duda. También fueron los grandes enemigos del obispo Casaldàliga durante toda su vida en Brasil. Lo dejó claro en su polémica carta pastoral, publicada hace exactamente 50 años, el 23 de octubre del 1971, cuando lo ordenaron obispo de São Félix. La carta, titulada Una iglesia de la Amazonia en conflicto con el latifundio y la marginación social, fue toda una declaración de principios: la defensa de los más pobres y vulnerables ante los abusos del poder. Unos valores de los cuales Pere Casaldàliga nunca se apartó y que son la base de su legado. La carta pastoral del obispo Casaldàliga ha sido revisada y republicada este mismo 2021, para adecuarla a las nuevas circunstancias de Brasil y de la región, pero el conflicto de base, que es el conflicto por la tierra, continúa siendo el mismo. No ha cambiado. Es la amenaza de expulsión de las comunidades más pobres, que no tienen títulos de propiedad de la tierra pero tienen el derecho de posesión (direito de posse) como habitantes históricos. “Los grandes grupos agroindustriales intentan ampliar la frontera agrícola a toda costa, ya sea utilizando zonas de pasto degradadas o desforestando y quemando zonas forestales nativas. Además, con la especulación creciente, varias tierras en disputa han sido objetivo de grupos empresariales con un grande poder adquisitivo, que son capaces de avanzar rápidamente en los procesos, con el resultado del desalojo de familias que han estado en las zonas durante muchos años”, dice la nueva carta pastoral. Un déjà-vu de los conflictos que encontró Pere Casaldàliga cuando llegó a la región en 1968. El latifundio de hace 50 años es el agronegocio de hoy. Pero ahora se suman otros conflictos, producto de los cambios que han experimentado la región y Brasil entero, incluyendo la pandemia de covid.

La región que depende de la Prelatura de São Félix, donde vivió y trabajar Pere Casaldàliga, es hoy muy diferente de la que se encontró hace medio siglo el padre claretiano nacido en Balsareny. El mismo municipio de São Félix do Araguaia, donde vivió y donde está enterrado, es mucho más grande y diverso. Pero la ribera del río Araguaia que lo baña conserva toda la belleza que le inspiró a escribir sus poemas. Han nacido muchas localidades nuevas en toda la región, estimuladas por la construcción de varias carreteras, la mayoría todavía sin asfaltar, y por el paso de la autopista federal BR-158, que conecta Brasil de norte a sur, y que en esta zona discurre paralela al río Araguaia a unos 100 kilómetros hacia el oeste de São Félix. Una de estas villas nuevas es el Assentamento Dom Pedro, surgido precisamente de la lucha liderada por Casaldàliga para que una comunidad tradicional obtuviera su derecho de posesión sobre la tierra reclamada por una fazenda. Los carteles en la carretera son hoy recordatorios permanentes que homenajean el Obispo de los Pobres. Como lo es la avenida Dom Pedro C. Pla (su segundo apellido), que cruza São Félix do Araguaia. Son algunos de los legados tangibles de Casaldàliga. Pero hay muchos más que son intangibles.

El legado de Dom Pedro

“Él abrió la cabeza de la gente de esta región, les hizo entender que tenían derechos y podían hacerlos valer”, resume Zézé, el nombre con el que todo el mundo conoce a Maria José Sousa da Moraes, la abogada que acompañó al obispo Casaldàliga en muchas de sus luchas legales. Parte del secreto de la transformación extraordinaria que Casaldàliga consiguió en esta región de Mato Grosso fue el fabuloso equipo de personas que consiguió reunir con un objetivo común, luchar por los derechos de los más vulnerables y marginados. Personas como la Zézé, como la Tía Irene –como se conocía a la monja Irene Franceschini, brasileña de padre italiano, que luchó junto a Casaldàliga desde el 1970 hasta que murió, en 2008– o el mismo padre Paulo Gabriel. Un grupo formado tanto por seglares comprometidos con la justicia social como por religiosos que, como Casaldàliga, abrazaron la teología de la liberación y la aplicaron hasta las últimas consecuencias.

Pese su Alzheimer muy inicial, Zézé, de 67 años, recuerda perfectamente cuándo oyó hablar por primera vez de Casaldàliga. “Estaba empezando a estudiar derecho en la universidad y vio en el diario de Goiânia un artículo que hablaba del obispo trotamundos que solo ayuda a los trotamundos. Nunca había visto hablar de este modo a un obispo, me pareció maravilloso y pensé que lo tenía que conocer”, relata. En 1978, con 20 años y pico, Zézé viajó hasta São Félix para ayudar al “obispo trotamundos” en su lucha. “Él me dijo: «Vuelve a Goiânia, acaba la carrera de abogada y vuelve aquí, porque estás contratada»”, recuerda. Todavía tardaría algo más en volver, porque le salió un buen trabajo en Brasilia, pero en 1987 Dom Pedro la llamó porque tenía un caso complicado entre manos, contra un fazendeiro de la región. No lo dudó. “En la prelatura necesitaban abogados y allá donde yo trabajaba ya tenían tres. Vine a São Félix y aquí he estado hasta hoy”, dice. Como abogada, Zézé representó, a menudo de manera voluntaria, a muchos de los posseiros que pedían ayuda al padre Casaldàliga.

Tal como dice la abogada, el principal legado que deja el obispo catalán en esta región del mundo es una forma de resistencia, una nueva conciencia para el pueblo más humilde y marginado, que ahora sabe que puede luchar por sus derechos y que, a pesar de las amenazas y el riesgo para su propia vida, también puede vencer. Pero no solo esto, el talante del obispo Casaldàliga dejó impronta en otros muchos ámbitos. “Aquí las mujeres casi no salían a la calle, estaban siempre gobernadas por los maridos y se cerraban en sí mismas. Pero el padre Casaldàliga les animó a hablar abiertamente, creó un club de madres y se abrieron. Yo misma era así, no hablaba nada con la gente, y gracias a Dom Pedro me abrí”, explica Diolice Dias, la mujer que durante casi 30 años trabajó para Casaldàliga. Llegaba a su casa cada mañana antes de las 6 h y se quedaba lo que hiciera falta. Le hacía la comida, cuidaba la casa y en los últimos años del fatídico Parkinson, Diolice era una de las poquísimas personas que lo entendía bien cuando trataba de comunicarse. “Me presentaba siempre como la mujer de la casa”, recuerda riendo. “Dom Pedro fue como un padre para mí, un hermano. Yo crié a dos niñas sin padre y él me ayudó mucho con ellas”, relata.

Diolice Dias, ama de casa de Pere Casaldàliga durante 30 años

La añoranza empaña la voz de Diolice, que nos abre su casa sin dudarlo. “He conocido mucha gente de España conviviendo con Dom Pedro”, señala, a pesar de que deja claro que el obispo decía siempre que ya se sentía “más brasileño que español”. Y es que desde que se comprometió con la lucha de los más pobres del Brasil, el obispo catalán ya no volvió a su tierra natal. “Yo sentía remordimientos, me sentía indigne cuando iba a visitar a mi familia en Catalunya, porque él quemó las naves y nunca más no volvió”, admite el padre Paulo Gabriel, nacido en Brasil pero que tiene familia en Girona.

Casaldàliga asumió el compromiso cristiano con los pobres de manera radical y coherente hasta el extremo, como lo hacía todo. “Tardamos siglos en tener una nevera, y no podíamos tener televisión hasta que no tuviera todo el mundo en su casa, teníamos que ver las noticias en casa del vecino”, explica riendo el padre agustino, que convivió más de dos décadas con él. Testimonio de aquella pobreza absoluta que asumió como propia es la habitación donde durmió durante un cuarto de siglo, todavía intacta en su casa. Una cama y un escritorio alargado con dos estanterías llenas de libros, ornamentado con piezas de arte religiosas e indígenas. Ahora sí que hay una televisión, pequeña, en otra habitación cerca del patio. Todo lo que hay en la casa donde vivió Casaldàliga está ahora mismo en proceso de catalogación para ser museizado. Por eso no se permite hacer fotos.

La tumba de Pere Casaldàliga

Una canoa de madera de los indios karayá, como la que sirvió para sostener su féretro durante su funeral el agosto del 2020, adorna el patio donde pasó tantos ratos. En medio de la pared en la que Casaldàliga acostumbraba a sentarse, una pequeña Moreneta es el único vestigio visible del pasado catalán del obispo. Delante, un jardín con árboles de mango y una pequeña capilla construida justo en el centro. Bajo aquella pequeña estatua de la Virgen de Montserrat, Casaldàliga pasó muchos ratos sentado recibiendo visitas, sobre todo en los últimos años, cuando ya no se movía de casa. “Cuando vio que ya estaba mal hizo un último viaje para ir a despedirse de todos los pueblos y comunidades que él trataba, y así poder quedarse en casa”, explica Diolice. Esto fue, dice, ya hace diez años.

“Su muerte, el 8 de agosto del 2020, fue solo un detalle, porque él fue muriendo poco a poco. El hermano Parkinson, como decía él mismo, fue un verdadero martirio”, explica el padre Gabriel, y recuerda que cuando eran más jóvenes acostumbraban a bromear de todas las amenazas de muerte que consiguió esquivar una y otra vez. “Le decíamos que siempre había querido ser un mártir pero que moriría con 90 años y en la cama, y así fue: murió con 92 y en la cama... Pero un día le dije: «Querías ser mártir y Dios te ha escuchado», porque los últimos diez años fueron un martirio total”, recuerda el fraile agustino, que hoy vive en Chapada do Norte, en Minas Gerais.

Fue un martirio, pero, que Casaldàliga recogió con la misma entereza y coraje que le recuerda el cacique Damião. “Nunca lo oí quejarse ni renegar, ni siquiera cuando casi ya no podía andar ni hablar”, explica también Rainaldo Piau, uno de los cuatro cuidadores que en los últimos años hacían turnos para ayudarlo en su casa. Piau pasea por las calles de São Félix en bicicleta, con una muleta en la mano por su artrosis. El municipio que cautivó a Casaldàliga es cada vez más grande, abierto y amable. Empieza a parecer una ciudad, pero no hay que alejarse mucho para volver a encontrar la tierra roja característica de la región, la que dio nombre a la biografía del obispo escrita por Francesc Escribano, Descalzo sobre la tierra roja.

Esta es una zona de transición, donde se encuentran la sabana tropical de El Cerrado, que viene del este, y la Amazonia, que arranca aquí hacia el oeste. Dos ecosistemas preciosos del estado brasileño que resisten también el embate del latifundio reconvertido en agronegocio. Muestras de la vegetación típica de los dos biomas están todavía presentes, a pesar del alcance inmenso de la deforestación.

La cordura y el arrebato

“La lucha por la tierra continúa, no ha acabado. Al contrario. Han mejorado las carreteras, la educación, la salud, el nivel social, Dom Pedro consiguió traer luz a esta tierra, progreso, pero todavía queda mucho trabajo por hacer. Él también nos enseñó a no acomodarnos: ahora no podemos frenar”, afirma Rivandro, el joven padre agustino que desde diciembre encabeza la catedral de São Félix, a quien hemos pillado en un ensayo del coro. Él asegura que la prelatura de São Félix, hoy bajo el liderazgo del obispo de origen italiano Adriano Ciocca Vasino, mantiene intacto su compromiso con la teología de la liberación, tal como la defendía Casaldàliga. Hoy, de hecho, esta ideología religiosa –que defiende una Iglesia pobre que trabaje para los pobres– ya no tiene que enfrentarse al repudio combativo del Vaticano, como le pasó a Casaldàliga en tiempo de Juan Pablo II. Aquella teología, nacida poco después del Concilio Vaticano II de los años 60, que fue denunciada como “subversiva” y marxista desde Roma, fue para Casaldàliga un ejercicio de conciencia que tuvo que defender también con dientes y uñas. “Él era un hombre movido por una fe muy profunda y todas las opciones políticas eran consecuencia de esta fe”, explica Paulo Gabriel, que lo define como “una espiritualidad de ojos abiertos y con los pies en la tierra, que no es ajena a la realidad histórica”.

Pere Casaldàliga

“De Pere Casaldàliga solo se habla como del idealista, el soñador, el poeta, y era todo esto, es cierto, pero al mismo tiempo era también extremadamente práctico, realista, veía las cosas como son y esto le daba un sentido extraordinario para concretar los pasos a seguir”, explica el fraile que convivió con él más de dos décadas. Y tira de las raíces comunes catalanas para encontrar la expresión que, según él, define mejor a su amigo y compañero de luchas. Una expresión que, dice, unifica “el idealista Quijote y el sentido común de Sancho Panza”. “Normalmente o eres el uno o eres el otro, pero él era las dos cosas: él era la seny y el arrebato”.

Bajo un árbol de pequi y con una humilde cruz de palo del pueblo xavante

“Para descansar solo quiero esta cruz de palo con lluvia y sol. Las siete palmas y la resurrección”. Esto dice la placa bajo la humilde cruz de madera que preside la tumba de Pere Casaldàliga, tal como él pidió. Es una cruz xavante, y fueron también indígenas xavantes los que cargaron el féretro hasta el río Araguaia el día de su entierro. El 12 de agosto del 2020, el canto ritual de este pueblo se sumó a la misa, los discursos y los mensajes llegados de todo el mundo con los que se despidió el padre Casaldàliga. Él quiso ser enterrado como vivió, humilde y pobre. Bajo la sombra de un frondoso árbol de pequi, uno de los símbolos de la región, dentro del cementerio de los indios karayá que hay al lado del río Araguaia, en São Félix do Araguaia. El mismo cementerio donde él tuvo que enterrar a decenas de pobres posseiros, algunos sin nombre ni ataúd, víctimas de los conflictos por la tierra con los poderosos terratenientes. Como uno más entre ellos vivió. Y como uno más entre ellos descansa.

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