Donald Trump este jueves en Davos.
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Forjado para la vida pública en un programa de telebasura (es recomendable la película The apprentice, que toma el título del show televisivo que presentó Trump durante años y que explica cómo empezó a construir su personaje), Donald Trump entiende que la política consiste sobre todo en eso: en su presencia pública, repetida todos los días en todos los canales, en todas las redes, a todas horas, sin pausa ni descanso. Esta estrategia es la misma que le procuró su primer mandato como presidente, pero en esta segunda parte él y su equipo le han afinado al máximo, cuando en este caso afinar significa llevar un planteamiento grosero y agresivo hasta el paroxismo. Ayudan decisivamente, por supuesto, los medios de todo Occidente, que no pueden evitar (es el presidente de EEUU, al fin y al cabo) reaccionar pavlovianamente a los estímulos gástricos que cada día se expelen desde la Casa Blanca a un ritmo endemoniado.

De este modo, la opinión pública mundial empezó el año escandalizada por la violación de la soberanía de Venezuela y por el secuestro de Maduro por parte de las fuerzas especiales yanquis: que Maduro fuera un dictador de baja estofa (pero verdaderamente temible) no es justificación para un cambio de estado que, además, no debe frente al país, la represión también, y lo único que ha cambiado es el expolio del petróleo venezolano por parte de la administración trumpista.

Se acaba el primer mes del año y ya hace días que nadie piensa en ello, Maduro. En medio, Trump ha amenazado con hacerse Groenlandia suya a las buenas o por la fuerza, ha tensado casi hasta la ruptura las relaciones atlánticas y ha dejado en entredicho (y en ridículo, gracias también a un secretario general como Mark Rutte, manifiestamente servil con él) la existencia y la razón de ser de la OTAN, amenazado Irán, coprotagonizó con la grotesca María Corina Machado (gran referente de la derecha española, por cierto) un vodevil a cuenta del premio Nobel de la Paz, causando el espanto, el asco y la preocupación del mundo entero por la actuación del ICE, con las ejecuciones en medio de la calle de Renee Go en la ciudad de Minneapolis que, obviamente, amenaza con hacerse extensivo en EEUU y con ser imitado por otros países con gobiernos de extrema derecha. Hemos visto también el fugaz auge y caída de la cabeza del ICE, Greg Bovino, otro esperpento marca de la casa.

Cada uno de los hechos enumerados en el párrafo anterior constituye un escándalo capaz de marcar toda una presidencia (como la de Nixon quedó asociada al Watergate, la de Clinton al caso Lewinsky y la de Bush hijo en la invasión de Irak): Trump tiene la indecente capacidad de condensarlos todos en un mes. Las protestas y repercusiones por los asesinatos de Renee Good y Alex Pretti a manos de los agentes del ICE le han llevado a rebajar momentáneamente el tono, pero es obvio que la granizada, y los tambores de guerra, repicarán de nuevo de un momento a otro.

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