Biomedicina

Consiguen un retrato robot del cáncer en jóvenes

El estudio genético más completo que se ha hecho hasta ahora sobre estos cánceres descubre mutaciones específicas y un desequilibrio del sistema inmunitario que apuntan a tratamientos más efectivos

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Representación de células cancerosas.

El proceso de desarrollo de un cáncer es lento. Desde la primera lesión en la célula que se convertirá en maligna hasta que la enfermedad es detectable con las técnicas actuales suelen pasar décadas. Los cánceres, pues, no aparecen de un día para el otro por culpa de un disgusto o un estrés puntual, como se dice a veces, sino que necesitan muchos años para evolucionar. Por eso se suelen ver en edades avanzadas. Este hecho, ampliamente demostrado, choca con una realidad evidente: ¿qué pasa con los cánceres infantiles y juveniles? En teoría, no tendrían que existir. Este misterio preocupa a los científicos desde que se entendieron las bases moleculares que hay detrás la enfermedad, pero todavía no se ha encontrado una respuesta satisfactoria. Ahora, un nuevo estudio publicado en la revista Cell Reports propone que hay diferencias importantes a nivel genómico y molecular entre los cánceres de los adultos jóvenes y los que se dan en la vejez, y que esto podría ayudar a encontrar tratamientos más específicos.

Un proceso largo

El cáncer es un trastorno genético, lo cual no quiere decir que normalmente se herede (el porcentaje de cánceres causados por haber nacido con un defecto en el ADN es solo del 5-10%), sino que se origina por una acumulación de varios cambios en el genoma. Se sabe que, en la inmensa mayoría de casos, el cáncer empieza en una sola célula, que sufrirá una mutación de manera espontánea o debido a la exposición a sustancias químicas o a la radiación. Esta mutación afectará la actividad de un gen clave para las funciones celulares y, en muchos casos, el problema se acabará aquí, porque se activarán una serie de sistemas internos de defensa que lo solucionarán. Si no lo consiguen, destruirán la célula. En las pocas ocasiones que esto no es posible, la célula puede experimentar otra mutación, y después otra, y otra, cada vez más frecuentemente porque en algún momento su genoma deja de ser estable. En cada uno de estos pasos, la célula original adquiere propiedades nuevas que le permiten huir del estricto orden que rige todos los tejidos, multiplicarse constantemente y pasar estos “poderes” a sus hijas.

Por lo tanto, las fases de formación de un cáncer son larguísimas, porque requieren una serie de mutaciones que activen y desactiven genes importantes. Además, durante todo este recorrido hay una lucha entre las células que se empiezan a comportar de manera anárquica y los mecanismos de protección del organismo, que incluyen un sistema inmunitario capaz de reconocer y eliminar las células que huyen de la normalidad. La mayor parte de este recorrido pasa sin que nos demos cuenta, y normalmente no da señales hasta que el cáncer ya ha empezado a ganar la guerra al organismo. En este contexto, el cáncer en la gente joven cuesta de entender, por su rapidez y, todavía más, porque en los últimos años la incidencia ha ido al alza.

Una análisis genética pionera

Para aclarar este dilema, el grupo dirigido por el investigador Kuan-lin Huang, de la Icahn School of Medicine at Mount Sinai, en Nueva York, analizó los cambios genéticos de 14 tipos diferentes de cánceres, y comparó 1.757 que se habían detectado en personas antes de los 50 años con 3.608 de aparición tardía, más habituales. Es uno de los estudios más completos de este tipo que se han hecho hasta ahora, porque normalmente no se analizan los genes de cánceres de las primeras décadas de vida. Lo que vieron des del inicio es que, como era de esperar, hay menos mutaciones en los cánceres de los jóvenes. Pero, en cambio, siguen un patrón típico que no se ve en los otros. Además, la respuesta inmunitaria al cáncer era diferente: los jóvenes tenían menos interferón (una molécula que activa las defensas) y macrófagos (unas células inmunitarias que eliminan otras células), y más células Th (asociadas a un peor pronóstico). Esto hace sospechar de un desequilibrio inmunitario que favorecería que el cáncer evolucionara más rápidamente por falta de barreras adecuadas.

El hallazgo más relevante del artículo es que de estos estudios genéticos acaba emergiendo un perfil de mutaciones y alteraciones en el genoma mucho más frecuente en los cánceres de los jóvenes. Esto es importante para saber cómo se han desarrollado, pero también para diseñar fármacos dirigidos que puedan aprovechar estas debilidades específicas y ser más efectivos. De hecho, los autores señalan unas docenas de mutaciones específicas de los cánceres jóvenes que ya tienen tratamientos validados y que se podrían priorizar en estos pacientes.

Todavía queda mucho para entender por qué en algunas personas el cáncer se genera tan rápido y qué caminos particulares sigue. Uno de los principales obstáculos es que, como son menos frecuentes (sólo un 4% se ven por debajo de los 35 años) y tienen un alto porcentaje de curación (hasta el 80% de los cánceres infantiles), se destinan pocos recursos a estudiarlos, en comparación al resto. Pero es evidente que se trata de enfermedades con un impacto social importante y que requieren un tratamiento diferente, no tan solo porque tienen una genética única, sino por que hay una respuesta inmunitaria que quizás es menos efectiva.

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