Julià Guillamon: "Cuando era pequeño, los viñedos eran bosques de pinos"
Escritor
Julià Guillamon (Barcelona, 1962) guarda en casa una decena de botellas vacías. El escritor y crítico de La Vanguardia copió la idea de una exposición que la Biblioteca Nacional de España dedicó a Camilo José Cela, en la que se exponían las botellas, sobre todo antiguas, que el escritor gallego había decidido conservar. Guillamon ha publicado una veintena de libros –el último de ellos, Rascaparillos (Galaxia Gutenberg, 2026), acaba de llegar a las librerías–, en las que conviven muchos temas, entre ellos, inevitablemente, el vino.
En la solapa de Vino y gasolina (Vibop, 2020) dice que usted tenía un viñedo en Vila-rodona. ¿Es verdad o forma ya parte del aparato fantástico del libro?
— Es verdad. Mi abuela era de Vila-rodona. Era la heredera de una casa y había tenido bastantes viñedos. Se las vendió todas y se quedó una. Después de varios rebotes, la acabé teniendo yo. Unos parientes se cuidaban y me hacía ilusión.
¿Llegó a probar su vino?
— Hacían el vino para la cooperativa del pueblo. Pero me gustaba mucho ir a la feria de Vila-rodona. Era muy cachonda, porque era una feria agrícola. Comparado con Arbúcies, Vila-rodona es mucho más rústica, mucho más de payés. El mundo del viñedo, allí, se ha mantenido.
¿Y en Arbúcies?
— Había habido mucha tradición. Cuando teníamos la fonda, había visto aplastar la uva en la calle. Pero sobre todo aquí había algo fascinante. En Arbúcies todo el mundo está obsesionado con las setas. Y cuando la gente iba a buscar setas, decían: "Vamos a la viña de Tal". Y íbamos a la viña de Tal, y la viña de Tal era un bosque de pinos. En todos los viñedos que había habido, habían plantado pinos. Entonces, cuando yo era pequeño, los viñedos eran bosques de pinos.
En su libro se inventa la figura casi mitológica del Etiquetador.
— Es el divertido descontrol del mundo de las etiquetas. En una época trabajé para la fábrica de Moritz. Tenían un bar de vinos y querían hacer una revista. Quisieron hacer algo de didáctica y nos explicaron cómo funcionaba una etiqueta de vino francés, que ahora no recuerdo cómo se llamaba. Una vez hice algo divertidísimo con mi amigo Daniel Vicente, que tiene el Celler Can Dani en la Travessera de Gràcia: celebramos los Juegos Florales del vino.
¿Juegos Florales del vino?
— Dani y yo siempre nos reíamos de las etiquetas. Cogimos las etiquetas de las botellas e hicimos los tres premios: Flor Natural, Englantina de Oro y Viola de Oro y Plata. Yo creo que fue la primera vez que se publicaron en La Vanguardia dos artículos totalmente diferentes en catalán y en castellano, porque los vinos que habían ganado los Juegos catalanes no eran los mismos que habían ganado los Juegos castellanos.
¿Y cuál fue el criterio que utilizaron?
— Ganaron los más excéntricos. Hay gente que hace cosas muy pasadas de vueltas para dar mucho la nota. Pero creo que hay maravillosas etiquetas y gente muy buena. Yo trabajé en un estudio donde estaba JJ Bertran. Es la pera. Se ven cosas que dices: qué brillante, qué imaginación.
¿En Francia son más serios en este sentido?
— Porque tienen una tradición consolidada. No es como aquí, que las marcas, bodegas y viñedos tienen tres días cada uno. Coges una bodega de Burdeos y resulta que existe desde el siglo XIX. Sin embargo, aquí tienen cuatro días y como no hay tradición hacen la etiqueta que les da la gana. Allí, en cambio, buscan destacar que lo "es de toda la vida". Y, por tanto, hay unas normas mucho más estrictas.
¿Por qué hizo un libro sobre el vino?
— Perucho y yo fuimos muy amigos. Fue una idea de Montse Serra [de Vibop] para el Año Perucho [2020]. Perucho había escrito mucho sobre gastronomía con Néstor Luján. Empezamos a leer todo lo que había escrito sobre vinos y nos dimos cuenta de que había escrito poquísimo, que no daba para hacer un libro, y entonces dije: pues nos lo inventamos. Y así salió la idea de hacer cuentos falsos.
Perucho habla de unos vinos que "no sólo se beben, sino que se muerden, se comen y se mastican".
— Todos escribían mucho así. Y eran muy divertidos. Tanto Néstor [Luján] como Perucho se hicieron muy amigos de los gallegos, como José María Castroviejo y Álvaro Cunqueiro. Y todos hacían cosas muy gamberras. Cunqueiro y Castroviejo llegaron a hacer una receta de cómo cocinar la sirena: muy fácil, dice, la parte de abajo como un pez y la parte de arriba como caza mayor. En El libro de la cocina española de Luján y Perucho sale dos veces –¡dos veces!– la receta de cómo cocinar el gato.
En el libro usted se pregunta para quiénes escribían estos autores, quién era su público…
— Sobre todo para ellos, porque lo pasaba muy bien. Se lo pasaba bomba. Néstor [Luján] tenía una sección en Destino que se llamaba Coma bien. Y allí hablaba de cómo cocinar liebre à la royale. Pero cómo harás liebre à la royale en tu casa? Era lo contrario del recetario. Pero eso lo tienen, el mundo de la gastronomía y los grandes chefs que tenemos ahora.
¿Qué?
— Hay una parte, digamos, de fantasía, de fascinación. Por eso Luján hablaba de liebre à la royale, que debió de comer dos veces. Pero esa cosa de la ilusión… Era gente que venía del año 40. Ellos, cuando tenían veinte años, en su casa no comían prácticamente. Venían de familias humildes y, de repente, entraron en este mundo.
¿Cómo era su relación con ellos?
— Hostia, eran muy divertidos. Yo aprendí mucho de Perucho de esa cosa fantástica de quererte comer el mundo, de saber saborear la vida. De la misma forma que elogiaba la liebre à la royale hablaba de la tortilla con jugo. Mezclaba cosas de la más alta escuela con cosas populares. De hecho, vino a la fonda de mi familia en Arbúcies un par o tres de veces. La primera, mi madre se desvivió para que el señor Perucho estuviera contento y tal, y le hizo un fricandó. Ella lo hacía sin sofrito, con el tomate, la cebolla y todo en crudo. Perucho lo encontró tan bueno, y tan digestivo, que hizo un artículo, La cocina de Maria Mota. Y mi madre de por vida con el señor Perucho y el artículo del señor Perucho. Era muy generoso. Tenía ese punto de gente muy vital, y la gastronomía y la bebida formaban parte de algo social, festivo.
¿Cómo era la vida en la fonda de Arbúcies?
— Como balneario de la época de Stefan Zweig. Venían señoras del Eixample, muy bien puestas. También había gente de Mataró que veraneaba en el pueblo un mes entero. La gente iba a seguir las fuentes, a tomar las aguas. Era un turismo muy del siglo XIX. Y como al final había mucha gente mayor, me acostumbré a hablar mucho. Fue para mí un observatorio extraordinario. Veías muchos comportamientos, conocías a gente muy diversa. Cada persona que corría por ahí tenía un cuento o una historia, como el señor Kapralik, que era un judío muy alto que tenía el pasaporte de apátrida. Era agosto, hacía un calor que te morías y él iba con abrigo y sombrero. Teníamos la idea de que era un judío de los campos de concentración que se había salvado… En la fonda veías que el mundo no acababa con lo que vivías al día a día. Que había un antes.
En Rascaparillos (Galaxia Gutenberg, 2026) también aparece el mundo de la fonda. Y el vino.
— En la fonda, generalmente, los clientes tomaban vino para el almuerzo. Algunos, para el almuerzo y la cena. Pero había uno que tomaba para desayunar, comer y cenar. Y siempre bromeaba: "Chico, esta botella tenía un agujero". En el libro hay un cuento llamado Las botellas agujereadas. El narrador está obsesionado con la reduflación, eso que cogen las bolsas de patatas fritas y ponen diez menos. Y se acuerda de la broma de la botella y el agujero que hacía este hombre. Examina la botella y encuentra el agujero.
La fonda no era el único sitio por donde el vino entraba en casa. Su abuelo también había trabajado en el aeropuerto.
— Mi abuelo había sido camarero en el Gran Café Barcelona. Cuando cerró, fue a trabajar al aeropuerto, cuando había un restaurante muy bueno… La divertida leyenda en casa era que mi abuelo había servido a los Beatles, porque habían ido a este restaurante. Mi padre me decía: "Que sepas que tu abuelo decía que los Beatles eran unos gamberros, porque ponían los pies en la mesa" [ríe]. Entonces, en casa siempre había lotes de vinos y licores que le daban al abuelo en el aeropuerto. Bebidas raras. Ahora la gente no se hace cargo, pero es que antes no había vinos.
¿Cómo?
— No había vinos como ahora. La gente iba a la bodega, compraba priorato y, como lo encontraba demasiado áspero, lo mezclaba con vino dulce. Había vinos de mesa, que eran muy sencillos y ocupaban un espacio que ahora se ha comido la cerveza. Algunos clientes más refinados se hacían llevar bebidas especiales, y yo tenía que ir a comprarlas a Barcelona, a colmados buenos, como Quilez. Pero no había demasiadas marcas. De hecho, Perucho se guardaba las etiquetas de vinos excepcionales. Es una muestra de que había muy pocos. De jovencito viví el momento inicial cuando la gente empezó a decir "Ah, hay esa marca o esta otra". Pero esto fue en los 80. Eso que vivimos ahora es de hace cuatro días.
¿Y cómo ve este mundo hoy?
— Veo que hay cierta preocupación porque la gente no bebe vino. Yo soy muy observador y cuando voy a los restaurantes me fijo. A Arbúcies voy mucho al Hotel Montsoriu, porque me recuerda mucho a casa, y el día que empieza una botella de vino es una fiesta. La gente bebe agua o bebe refrescos, porque nos ha cogido toda esa manía de correr, y hasta los 80 años que correremos, y si te vas haciendo cada día tres birras no puedes hacerlo. Luego hay mucho menos contacto social. Y después, las cervecerías son muy potentes. Las marcas de cerveza son monstruos y, en cambio, las bodegas son pequeñas. El vino se ha convertido en una especialidad, en algo de expertos. Algo como ha ocurrido con la literatura.