Los secretos del bar La Plata y de Pepe, el camarero más fiel de Barcelona
El histórico bar del Gótico celebra 81 años en plena forma gracias en parte al carisma de quien atiende desde hace más de medio siglo por igual a locales y turistas
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BarcelonaEl 12 de octubre de 1972 un chaval de 15 años con los ojos muy vivos entraba al bar La Plata para pedir trabajo. Medio siglo más tarde Pepe sigue detrás de la barra de este local del Gótico, donde todo el mundo lo conoce. "Cuanto más doy, más tengo", suelta. La frase la aprendió de Pepito, el fundador de la bodega. "Mejor hacer cuatro cosas bien hechas que hacer muchas mal", añade. La frase tampoco es suya, la decía siempre Quimeta, la mujer de Pepito. La pareja que abrió este bar el 31 de octubre de 1945.
Ahora que tiene 70 años, José Gómez Bernal, Pepe, se levanta a las seis de la mañana. A las nueve ya está en La Plata faenando. "¿Jubilarse? No sé de qué me hablas. Estoy en forma. Nunca he bebido ni he fumado, cosa extraña en un camarero", suelta risueño. La persiana todavía no se ha abierto y ahora llega quien trae el vino, ahora quien trae el pescado. Todo el mundo bromea con Pepe. Nacido en Alhaurin de la Torre (Málaga) llegó a Barcelona cuando era un niño a bordo de El Sevillano, aquel tren que llevó a tantos andaluces a Cataluña. "Vivíamos en la calle Ample número 50. Una amiga le dijo a mi madre que buscaban a un chico para limpiar platos. En casa no teníamos dinero y había que trabajar. Así que me pusieron a limpiar platos. Pero a mí me gusta la gente y siempre que podía salía corriendo para atender a los clientes. Y enseguida me pusieron a hacer de camarero", rememora.
Después de 54 años trabajando, Pepe puede explicar historias durante horas sobre un bar que acaba de celebrar 81 años de vida convertido en un pequeño milagro. En una ciudad donde muchos locales han priorizado al turista maltratando al cliente local, en La Plata "se cuida a todo el mundo. Pero lo que nos emociona es la gente que vuelve. Cuando llega alguien y nos enseña fotos de cuando venía con sus padres hace décadas es muy bonito", defiende. "Espera que te haré sitio", dice cuando ve entrar una cara conocida. Y cumple. Y mira que conoce miles de caras, con su memoria fotográfica. "Todas, no", se justifica cuando le recuerdas una de sus anécdotas más divertidas. Una vez tuvo en la barra a dos señores con gafas de sol que hablaban inglés. Pagaron satisfechos y se marcharon. "Pepe, ¿no has visto quién era? ¡Era Bono!", le dijo un cliente. Había servido pescadito frito al cantante del grupo irlandés U2. Pepe respondió: "¡Ese no era Bono, no tenía su edad!". Se pensaba que se referían al antiguo ministro socialista José Bono.
El bar de Barcelona
Anécdotas que también explica Roger Pascual, periodista y nieto de Pepito y Quimeta, que acaba de publicar un libro precioso con la historia del local que ha titulado El bar de Barcelona. Y razón no le falta. No puedes entender la ciudad sin locales como estos que llevan "décadas haciendo lo mismo", como si fuera un acto de rebelión a una ciudad invadida por los menús para turistas y los anglicismos. "Hemos pasado por momentos complicados, como la pandemia. En cuanto pude salir de casa vine para vender pescadito con cucuruchos de papel. Se agotaban. Pero la época dura yo no la viví. Y fue la primera", defiende. Cuando La Plata abrió en 1945, Pepito y Quimeta dormían en un altillo minúsculo justo encima, donde no se podían poner de pie de pequeño que era. Eran años de miseria, cartillas de racionamiento y estraperlo.
El Pepito era un chico de Malla que con 9 años pastoreaba vacas en Osona y acabó buscando trabajo de camarero en Barcelona. La mili la hizo en 1934 en Calella de Mar y aquí conoció a la Quimeta. Cuando el Pepito se marchó a la guerra para defender la República, ella le esperó, aunque casi no le reconoció cuando se reencontraron. Después de pasar frío y hambre en un campo de prisioneros en Castromonte, un pueblo de Valladolid, había perdido 15 kilos. El Pepito nunca le habló a su mujer de todo lo que vivió allí. Se lo guardaba dentro. Se casaron en 1940 en la iglesia de Sant Jaume de la calle Ferran y lo celebraron en Can Soteras, un popular restaurante en el paseo Sant Joan donde el Pepito había trabajado. Un local que ya no existe. Después fue camarero en Can Tapies, tocando a la plaza Real. Otro local que ya no existe. Sería aquí que conocería a una pareja valenciana, el Pepe y Emilia, que iban cada domingo después de bailar tangos. Fueron ellos quienes les prestarían dinero para comprar su propio bar. Eligieron uno que parecía medio muerto en uno de los edificios más antiguos del Gótico, en la esquina de la calle de la Mercè y la calle La Plata. Pagaron 34.000 pesetas.
Los primeros años fueron bien complicados. En 1947 el Pepito fue detenido porque tenía una publicación ilegal que se editaba escuchando las noticias de la BBC. Salió de la Modelo gracias a un militar que era cliente. Entonces cocinaban lo que fuera en función de lo que se encontraba en el mercado. Un día de 1952 la Quimeta encontró pescadito en la Boquería y pensó que sería una buena idea. Y todavía hoy es el plato estrella. "Algunos días se llegaron a freír 150 kilos de pescado", dice Pepe. Muchos barceloneses todavía conocen el bar como "el del pescadito". El Pepito y la Quimeta no descansaron hasta 1960, cuando empezaron a cerrar los domingos. Decidieron que cada domingo comerían en el 7 Portes, donde un camarero, el Fortuny, había hecho la mili con el Pepito.
Y poco a poco, las cosas mejoraron. Fueron abriendo nuevos locales en un barrio lleno de vida. "¿Sabes qué era esto en los años 70? Venga a llevar porrones arriba y abajo. No se podía caminar de la gente que había en la calle. Yo cogía papel de periódico, lo ponía sobre el capó de los coches aparcados y servía allí pescadito a quien no podía entrar", se emociona Pepe. Cerca estaba Las Campanas, donde el propietario navarro tenía un loro en la puerta. Local que también ha cerrado, como tantos otros donde los jóvenes estudiantes hacían la conocida como "ruta de los elefantes", ya que se veían muchas trompas. "Entonces aquí tenías el Puerto, la estación de Francia, Hacienda, Correos... El barrio estaba lleno de gente trabajando o viviendo. Y todos pasaban por aquí", dice Pepe. Eran años de cambios y revoluciones. Una de las hijas, Anna, conocida como la Nineta, se hizo hippie y coincidió con un joven muy listo que le compraba churros en El Trebol, en Gracia. Era Salvador Puig Antich. La Nineta también recuerda a un joven que venía de Turquía, donde había vivido, con una maleta llena de camisas del bazar que vendía por cuatro reales. Se llamaba Isak Andic.
La Nineta acabaría ayudando a sus padres detrás del mostrador de un local al que venía el mítico Bernardo desde la Barceloneta para tocar con su guitarra. También pasaron por el bar los miembros de Los Manolos, ya que Anna salió con un pintor que tenía un hermano en el grupo. Un pintor que hizo el cartel que aún hoy está en la calle. "El cartel se quedó y el pintor se marchó", decía la Nineta. Posteriormente, muchos músicos han venido a La Plata, como Manolo García, el australiano Tame Impala o Pau Donés, que cambiaba la letra de La Flaca diciendo que "Por un pescadito de La Plata, daría lo que fuera".
"Cuando más doy, más tengo"
Con la llegada de la democracia a La Plata, los vecinos que salían de misa tomaban un vermú junto a Ocaña, «la pasionaria de los mariquitas», como se definía uno de los primeros activistas LGTBIQ de la ciudad. Venían dibujantes de cómics como el creador de Makoki, Miguel Gallardo, o el pintor portugués Carlos Pinela, autor del retrato de Pepito que todavía preside el bar. Uno de los días más recordados sería cuando en 1975 un Ferrari amarillo aparcó en la puerta y de dentro bajó Hugo Sotil, el jugador peruano del Barça.
Pero Barcelona cambiaría mucho después de 1992. "El barrio se fue a la mierda", dice con ironía Pepe. Además, en 1994 moría Pepito. El hombre que había lanzado por la ventana monedas para celebrar el nacimiento de sus hijos y que siempre decía aquello de "cuanto más doy, más tengo". Su funeral reunió a gente de todo tipo. Dicen que quien lloró más era un mendigo. "Era muy generoso. Venía un cliente que no tenía dinero para pagar el vino o para ir a Mataró... y Pepito le dejaba 100 pesetas. Tenía un clavo donde colgaba papeles con el nombre de quien tenía deudas que bautizamos como El Valle de los caídos. Aprendí mucho de él y he intentado hacer lo mismo. Si alguien no paga, quizá pierdes un cliente. Pero si vuelve, estará agradecido siempre, lo fidelizas y cuando vuelve hace una segunda ronda", argumenta Pepe.
Quimeta y Anna se pusieron al frente del bar evitando su cierre cuando el ayuntamiento exigió hacer obras en la cocina. Lo hicieron con la ayuda de Pepe, que ya era un hombre adulto y se había casado con una clienta de quien se había enamorado, cómo no, en La Plata. Juntos supieron mantener la magia de un bar donde la fórmula es la de siempre: no hay carta. Tienes cuatro opciones: el pescado frito, una ensalada de tomate, anchoas y la butifarra, que Quimeta añadió en los años 90 porque "no hay nada más catalán". Algunos turistas se marchan decepcionados cuando descubren que no hay paella o bravas. Los que saben, se quedan. Los hermanos Ferran y Albert Adrià vienen de vez en cuando. Y el famoso chef y crítico gastronómico estadounidense Anthony Bourdain se abrazó con Pepe, emocionado con la calidad del producto. La Plata sigue en forma, recibiendo a clientes de siempre, turistas con buen gusto y de vez en cuando, famosos. Pero lo que más feliz hace a Pepe es que vuelvan caras conocidas. "Espera que te haré sitio enseguida", dice. Y en unos minutos, tienes delante un plato de pescado frito.