Emergencia social
Misc 02/12/2021

El taller de las ilusiones recuperadas

Arrels abre una tienda en Barcelona con artículos fabricados por personas que han vivido en la calle para concienciar sobre el sinhogarismo

4 min
Dos usuarias haciendo los trabajos manuales al taller El Hallazgo de Raíces

BarcelonaAún va un poco inseguro y tiene que rehacer la última fila de un trenzado con chapa que cuando esté acabado será una lámpara. Hoy es el segundo día de Alberto Escayola en este taller ocupacional que la Fundació Arrels abrió hace 20 años para personas que han pasado años en la calle y que ahora ya están en casas u hostales. Escayola se ha decidido a aceptar la invitación para “aprender cosas nuevas” y dejar de pensar en el “rum-rum”. Una mesa más allá de esta nave gigante, Marisa Zoleta maneja con más soltura la máquina de coser para dar las últimas punzadas a los coleteros de estampados africanos. “Vengo porque aquí paso el rato y me lo paso bien haciendo una cosa que me gusta mucho”, explica sonriendo.

En dos décadas, por este taller han desfilado 483 personas, de las cuales una décima han podido integrarse en un trabajo convencional una vez han aprendido el oficio. Pero lo que mueve al taller es otra cosa, explica la jefa del proyecto, Rocío Alonso. Es “reforzar el nexo de las personas sin hogar con la ciudadanía y entre ellos mismos” ofreciéndoles una actividad con la que “se sientan útiles y reconocidos”. Uno de los últimos grandes motivos de orgullo de los talleristas es que de sus manos salieron las luces y taburetes, a partir de un diseño cedido por Curro Claret, de la escenografía de Out of the Cage en el Auditori.

En unas robustas estanterías de madera se acumulan pequeñas piezas de madera que, como casi todo el material que se usa en el taller, es reciclada o de recortes porque, como en la calle, todo lo que se pueda reaprovechar se reaprovecha para hacer desde los pequeños muebles hasta las luces, pasando por tazas de cerámica, libretas o bisutería. Todo se vende para recaudar dinero para Arrels, y de los beneficios sale también un pequeño incentivo económico para los usuarios, pero todo el mundo tiene claro que el gran beneficio es tener un punto de reunión relajado, incluso para los que no quieren ponerse a hacer trabajos manuales y se pasan simplemente para charlar.

La Troballa ocupa la nave gigante que había sido de la conservera Pedrerol y Mir, pero lejos de aquella frialdad, el espacio se ha encomendado de un cierto rescoldo que aportan usuarios, voluntarios y profesionales que enseñan las técnicas y los oficios. Hoy, delante del taller se ha abierto la tienda de Arrels, en la calle Ample del barrio Gòtic de Barcelona, en la que se venden los objetos fabricados apenas en la trastienda. El hecho de compartir espacio posibilitará que haya conexión con los que vengan a comprar, que, si sienten curiosidad por saber quién ha hecho la pieza que se llevan, podrán conocerlo, humanizarlo", apunta Alonso.

Elvira Portigo, que se encarga de la encuadernación, saca de la prensa el libro de firmas para la inauguración. Mima el lomo y las hojas en blanco. "Perfecto", aprueba, y se queja de que el oficio del religado se acaba, pero mientras encola una caja de cartón para las postales dice que en su taller se hacen piezas "de las que duran toda la vida porque están hechas como es debido”.

Hace más de un año que Camilo Méndez pasa la mañana en el taller. Primero, dice, vino para ver qué había, pero poco a poco se ha ido implicando más porque le gusta el ambiente tranquilo y sobre todo porque así tiene unas horas ocupadas. “La calle destruyó todas mis rutinas y viniendo aquí he vuelto a tener unos horarios”, afirma. Méndez da charlas en las escuelas para explicar su experiencia de años sin un techo. Por eso, Alonso señala que es importante que las personas sin hogar puedan ocupar el tiempo y retomar ciertas pautas para estructurarse la vida, pero también lo es que puedan desarrollar sus capacidades innatas, la creatividad. Ella misma se autodefine como una “ilusionista” que acompaña a los usuarios "para recuperar ilusiones perdidas" ahora que ya tienen gran parte de las necesidades básicas cubiertas. “La gente que vive en la calle tiene mucho tiempo, pero es un tiempo vacío porque tienen que estar pendientes de comer, de encontrar dónde ducharse... pero no tienen tiempo libre para hacer lo que quieran y les gusta”, matiza.

Una voluntaria ayuda a Marisa Zoleta, sentada, en el taller de costura de La Troballa d'Arrels.

Es lo que le ha pasado a Abedelkarim Aouattah, que durante “el montón de años en la calle” perdió el control por culpa, en parte, del alcohol, y dejó atrás las pautas de años trabajando como pintor “de paredes”, hasta que los educadores de Arrels le sugirieron hace seis años si quería probar los talleres. “Le he puesto sensatez, me hago el propósito de levantarme cada mañana y venir aquí, y puedo decir que estoy bien”, dice.

Hacia la media mañana, Valerio Ndongo se está haciendo un café con leche en la cocina que hay justo frente a la cristalera que da al patio interior de la finca. Habla con calma sobre cómo en La Troballa ha encontrado a “una familia” con quien comparte los años de calle y le han ayudado a “superar la sacudida”. Le gusta la carpintería, pero si un día se tiene que poner a encolar o hacer luces se pone porque “al fin y al cabo” –continúa– “se trata de ser solidarios los unos con los otros”.

Esta tranquilidad y ganas de superarse es lo que atrae a Dámaso Martín, que al jubilarse buscó cómo podía satisfacer sus ganas de hacer trabajos manuales. Aquí se ha encontrado con que “cada día es diferente” y que trabajar junto a gente que ha estado años a la intemperie le ha servido personalmente. “No vengo a salvar el mundo, eso no, pero sí que he aprendido humildad”.

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