Análisis
Opinión 13/09/2021

El placer del apocalipsis

3 min
Santiago Alba Rico: El placer de la apocalipsis

 Voy a decir una barbaridad: lo más decisivo del 11S fue la imagen, repetida al infinito y que aún conservamos en la retina, de las Torres Gemelas derrumbándose sobre sí mismas. Me explico. El desarrollo de las fuerzas productivas ha hecho posible compartir materialmente las fantasías: podemos hacer visibles nuestros deseos más húmedos, nuestras tentaciones más kitsch, nuestros proyectos más desmedidos, y ello en un contexto de emulación o rivalidad capitalista en la que es imperativo multiplicar tanto los medios como las obras. Las Torres Gemelas de Nueva York eran una fantasía, respuesta y prolongación de fantasías previas cuya existencia en el espacio reclamaba Torres cada vez más numerosas y cada vez más altas. Así, en virtud de este impulso, que no es solo económico, nuestro mundo se ha ido llenando de productos humanos cuyo peso supera desde el año 2020 el de la biomasa de origen natural. En una sociedad “de imágenes”, las Torres Gemelas no estaban solo en el espacio; residían en la líbido global y también, por tanto, en nuestra pulsión global de muerte.

Porque las fantasías de multiplicación alimentan las paralelas de la destrucción. La fantasía tecnologizada multiplica las materialidades simbólicas; la fantasía tecnologizada las destruye simbólicamente. Es lo que llamamos, con más o menos acierto, “terrorismo”, cuyas acucias no son solo ideológicas. Si una Torre reclama otras dos, diez, mil Torres más altas, el derribo de una Torre reclama dos, diez, mil derribos sucesivos y más aparatosos y dolorosos. Hace veinte años yo describía el atentado asesino del 11S, sin ánimo provocativo, como el “gag visual” más logrado de la historia. El derribo atroz de las Torres Gemelas estaba destinado a producir muertos, es verdad, pero estaba destinado, sobre todo, a producir placer. Un tipo de placer al mismo tiempo muy primitivo y muy “postmoderno”: ese placer puramente digestivo, al margen de la reflexión y de la empatía, tan mecánico e imperativo como la salivación, que nos produce la caída de una fila de piezas de dominó (o la costalada del payaso listo al que el tonto retira la silla de debajo del culo) y ante el que los “buenos” y los “malos” reaccionamos de la misma manera. Esa imagen, que nos dejó fascinados, nos dejó también insensibles para siempre. En un mundo presidido por el “gag visual” y en el que era ya muy difícil distinguir entre una Guerra y una Olimpiada o entre un Terremoto y una Boda Real -porque todo era y es materialmente fantaseado en los mismos formatos y a la misma velocidad-, el atentado del 11S se convirtió en la fantasía insuperable: en la fantasía que había que superar.

Es muy difícil estar a la altura del 11S, pero “buenos” y “malos” no han dejado de intentarlo desde entonces. Buena parte de lo que ha ocurrido desde 2001 tiene que ver menos con la geoestrategia que con este potlach de “gags visuales” en competencia y emulación: la invasión de Afganistán e Irak, las torturas de Abu Ghraib, las decapitaciones en directo del ISIS, el uso de armas químicas en Siria: hay que multiplicar y sobrepujar las fantasías de destrucción, con su chaparrón de muertos y de ruinas. Estoy seguro de que, en estos momentos, tanto los “buenos” como los “malos” están fantaseando, con los medios materiales a su alcance, para batir el record de edificios levantados y el record de edificios destruidos. Mientras escribo estas líneas alguien está preparando, seguro, otro espectáculo. Y hay que temer que, si llega a producirse, la conflagración nuclear no será el resultado de un error del dedo ni de un impulso bélico en medio del caos sino de esta pasión fantasiosa por superar deportivamente la imagen maravillosa de las Torres Gemelas tocadas por el fuego del cielo, como la de Babel, y arrugadas luego en un estrépito de cenizas y polvo.

Porque el verdadero terrorismo es el placer que acompaña a la destrucción. Los muertos ya no nos importan porque nutren una variante perversa de lo que Kant llamaba “sublime”. Cuando los defensores del capitalismo defienden su anclaje en la “naturaleza humana” no andan muy descarriados: al hacer posible la materialización de todas las fantasías de abundancia, el capitalismo vuelve naturales los placeres cuya represión, según Freud, garantiza la civilización: exige subjetivamente, sí, la multiplicación sin medida de las mercancías y de los cadáveres. Si en los últimos años lo hemos aguantado todo -de los retrocesos en derechos y libertades al zapatazo del cambio climático- no ha sido sólo por impotencia. Ya estaba quizás ahí, pero lo cierto es que la imagen del derribo de las Torres Gemelas, imposible e irreal, ahora enquistada en nuestro hígado, instaló en nuestras cabezas el anhelo del apocalipsis como el único placer supremo al que podemos aspirar.

Santiago Alba Rico es filósofo, escritor y traductor
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