Opinión 26/12/2020

Es el PSC, estúpidos

Toni Soler
3 min
És el PSC, estúpids

SILENCIO. En esta precampaña, no hay nada más estridente que los silencios de Miquel Iceta. Él, que es locuaz y ocurrente, y que además tiene el deber de defender los intereses del PSOE en Catalunya, está callado como una tumba; no provoca a los adversarios ni responde a sus flechazos. Esta discreción es táctica: para decirlo de forma un poco castiza, los socialistas catalanes han descubierto que están más guapos callados. Si Iceta bajara al ruedo criticando -por ejemplo- la gestión sanitaria de la Generalitat, en pocos días se encontraría respondiendo a preguntas sobre la escasa ayuda del gobierno español para la recuperación económica, el apoyo del PSOE a la corrupción de la monarquía, su impotencia ante la represión. Por no hablar de los casos de corrupción que salpican a la alcaldesa de la Hospitalet y al exalcalde de Tarragona. Está claro que, callando, Iceta renuncia a su teórica obligación, que es hacer de oposición al actual gobierno de ERC y Junts. Otras voces tienen que asumir este papel, pero son las voces de Ciutadans y el PP, semiafónicas y roncas; a la mayoría independentista, estas psicofonías ya no le hacen ni cosquillas.

TRIFULCA. Sin embargo, el gobierno de Junts y ERC tiene la oposición dentro. Mientras los arietes de Juntos se atribuyen cierta pureza independentista, Gabriel Rufián reserva sus dardos más puntiagudos al que él denomina “el espacio convergente”, alineándolo con la triple derecha española. Se tratan como enemigos irreconciliables. Pero los dos gobiernan juntos, los dos dicen que repetirán la fórmula. ¿Qué tipo de apuesta de futuro es esta? Todos sabemos que estrategia independentista solo hay una (pactar lo que se pueda, gobernar mientras se pueda, acumular fuerzas hasta donde se pueda) pero se quiere dar la impresión de que Aragonés y Borràs representan dos vías incompatibles: pura retórica. Que Junts haga ver que está en la oposición y que si gana en febrero “activará” lo que Torra no ha activado durante tres años puede resultar risible, pero al menos tiene una explicación demoscópica: ellos solo pueden crecer a costa de ERC o de la CUP y, por lo tanto, necesitan hacer continuas demostraciones de patriotismo simbólico. En cambio, ERC, que durante dos años ha modulado su discurso para tener fronteras de voto con todo el mundo -también los comuns y el PSC-, no tiene ninguna razón para seguir este juego. Pero lo hace. Y, mientras tanto, Iceta calla y se ensarta en las encuestas.

ATAQUE. Esquerra asumió un riesgo cuando abrazó el independentismo slow y pactó los presupuestos de Sánchez (y los de Colau). Ahora tendría que sacar provecho obteniendo del PSOE los recursos para superar el terrible enero que se divisa, y una solución para los presos y los represaliados. Si el PSOE se hace el longui, la única estrategia razonable por parte de ERC es sacar la artillería contra los socialistas de aquí y de allá, desviar las iras ciudadanas hacia la Moncloa, que es quien administra los recursos importantes, y convencer a los votantes del PSC y de los comuns que solo un partido de izquierdas plenamente soberano tendrá la fuerza necesaria para ser escuchado en Madrid y para defender el bienestar de todos los ciudadanos. Es así, luchando por cada voto unionista como si fuera decisivo, que el espacio soberanista puede crecer. Las trifulcas sobre quién es más patriota las ganará Laurà Borràs, que es una polemista excelente, pero dejarán indiferente al resto del electorado. A punto de cumplir 90 años, ya sería hora que ERC se dejara de complejos: al acusador de botiflers se le tiene que responder con un bostezo de aburrimiento. Porque la trifulca interesante, la que tiene que definir nuestro futuro como país, está en otro sitio.

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