Cultura 17/03/2021

El fotógrafo que escondió la Guerra Civil en el garaje

El MNAC descubre las múltiples facetas de Antoni Campañà

5 min
Barricada de juguete a la calle Diputación, agosto de 1936

BarcelonaAntoni Campañà (Arbúcies, 1906 - Sant Cugat, 1989) no quiso ocultar nada, cuando disparaba con su cámara de fotografiar. Captó las sonrisas de las milicianas anarquistas con pañuelo en el cuello y mono de trabajo y los bombardeos fascistas, pero también las iglesias destruidas, el hambre que obligaba a buscar comida entre los desechos o los entierros con mascarillas por el hedor que desprendían los difuntos. Hizo miles de fotografías antes, durante y después de la Guerra Civil. Aun así, en algún momento, hacia el 1943, decidió esconder todo lo que había fotografiado a lo largo de la guerra: los positivos quedaron bajo un montón de trastos, en dos cajas rojas en el garaje de su casa de Sant Cugat, y los negativos, en otra caja en un despacho de Barcelona. Y ahí se quedaron más de setenta años, hasta que la familia las descubrió en 2018. Por qué, ni siquiera en democracia –Campañà murió en 1989–, no quiso hablar nunca de todo este legado es una de las tantas preguntas que floten en la exposición La guerra infinita. Antoni Campañà. Les tensions d'una mirada (1906-1989), que se puede ver en el Museu Nacional d'Art de Catalunya (MNAC) hasta el 18 de julio, el día que estalló la Guerra Civil.

El miedo a la manipulación

"No sabremos nunca con seguridad por qué lo escondió, pero una posible respuesta es que temía que sus fotografías fueran manipuladas por los franquistas", dice uno de sus nietos y uno de los tres comisarios de la exposición, Toni Monné. Hay otra posible explicación: "Hace poco encontramos unos casetes en los que relata anécdotas y vivencias, y tan solo habla en dos ocasiones de la guerra. Una es para explicar la fotografía de la miliciana anarquista [una imagen que se ha reproducido decenas de veces y se ha utilizado para ilustrar camisetas y pancartas, pero de la que Campañà nunca reclamó la autoría], y la otra para decir que de los siete amigos con los que jugaba en Sarrià cinco murieron en la guerra –sigue explicando Monné–. No quería recordar la Guerra Civil".

Una de las imágenes más utilizadas por todo el mundo del fotógrafo y que muestra a una miliciana en una barricada de la calle Hospital, julio 1936.

La exposición muestra un total de 300 fotografías y revela un gran número de imágenes inéditas, nunca positivadas, ni tan solo por el fotógrafo. En las dos cajas rojas había cerca de 1.300 imágenes positivadas; en la tercera caja roja, unos 5.000 negativos. Todas son de la Guerra Civil, pero Campañà nunca se desprende de su obsesión artística ni quiere servir a la propaganda de nadie. "Vivió devorado por la fotografía –sentencia Arnau González, que también ha comisariado la exposición junto con Plàcid Garcia-Planas–. Creemos que la exposición es muy psicológica, quiere ayudar a entender a la persona que había detrás de la cámara".

"Mi abuelo era la bomba"

El fotógrafo acostumbraba ir con dos cámaras. Con la Leika captaba las imágenes que sabía que no molestarían; con la Robot, más compacta, robusta y pequeña, las que le podrían acarrear problemas. Monné responde rápidamente a la pregunta de cómo era su abuelo: "Era la bomba, una persona muy inquieta que hacía veinte mil cosas a la vez. Fue devorado por su propia obra. Siempre hacía muchas cosas, pero no lo tenía ni ordenado ni contextualizado".

No fue un fotógrafo comprometido políticamente, pero sí con su profesión, con la que se ganó la vida. Una de sus obsesiones era que la familia no pasara hambre pero también tenía un firme compromiso con la fotografía como arte: fue renovando los géneros y probó diferentes corrientes fotográficas. En 1933 prometió un viaje de boda romántico a su mujer, Maria Capellà, pero lo aprovechó para ir a Múnich, a los cursos del fotógrafo y realizador cinematográfico alemán Willy Zielke. Antes de la Guerra Civil fotografió a los castellers, la Patum de Berga, la vida rural y partidos de fútbol amateurs y profesionales. Captó uno de los últimos espectáculos de masas antes del estallido de la guerra: la final de la Copa de la República, que se disputaban en Valencia el Barça y el Madrid. Fue el 21 de junio del 1936.

El espantapájaros, 1934

Las imágenes son bastante espectaculares. La mayoría están datadas alrededor de los años treinta, con procedimientos artesanales como el bromóleo. El espantapájaros, del 1934, es prácticamente una obra pictórica. Campañà pudo trabajar a lo largo de toda su vida: también fotografió las obras del Camp Nou y el boom turístico de los años 60.

En sus fotografías destacan sobre todo los rostros anónimos. "Lo obsesionaba la gente que mira, muchas de las imágenes son de personas expectantes", destaca Gonzàlez. La exposición juega con la ventaja de que la obra del fotógrafo se extiende hasta la democracia. Junto a las caras sonrientes que esperan a Companys, en los 30, aparecen otros rostros que reciben a Tarradellas, en 1977. La estatua de Colón es testimonio del entierro de Durruti, en 1936, pero también del paseo de Franco junto al alcalde Porcioles en 1963.

El militar que salvó a Campañà del ostracismo

Campañà no emprendió el camino del exilio y, con la ayuda de un militar franquista, el ingeniero y fotógrafo José Ortiz Echagüe, se le facilitó una depuración exprés que no implicó ninguna sanción. Habría podido acabar condenado al ostracismo: Campañà había militar en la CNT y en la UGT y había facilitado fotografías a los anarquistas, a los comunistas y a la Generalitat republicana. No entregó sus fotografías a las nuevas autoridades franquistas y las medio guardó en el Arxiu Mas. Este archivo fue comprado por el Instituto Amatller de Arte Hispánico, y en 1943 descubrió que sus fotografías se habían utilizado sin su firma y manipulado para ilustrar el libro Alzamiento, revolución y terror rojo en Barcelona, de Francisco Lacruz. Decidió sacarlas de ahí y esconderlas en las cajas rojas. Y ahí se quedaron hasta hace tres años. La caja roja es la metáfora de muchas cosas, y el silencio, una cosa que se repite en muchas familias. "Las imágenes tienen mucho poder y la capacidad de crear opinión. La vida de Campañà es paralela a la de mucha otra gente", concluye el director del MNAC, Pepe Serra. Monné quiere que las fotografías de su abuelo se queden en Catalunya y está en conversaciones con la Generalitat. Sea como sea, ahora ya han salido de su escondrijo.

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