Sociedad 25/04/2021

"¡Soy una mujer con pene y soy feliz!": vidas fuera de la norma

La salida del armario de las personas que rompen el molde de las normas heteronormativas

Carla Fajardo Martín / Laia Seró Moreno / Paula Solanas Alfaro / Marta Rodríguez Carrera
10 min
Testimonis de diversitat de gènere i orientació sexual
Dosier La revolución del género y el sexo Desplega
1
La revolución del género
2
Del heteropatriarcado al género fluido: un glosario de la diversidad
3
"¡Soy una mujer con pene y soy feliz!": vidas fuera de la norma
4
La autodeterminación de género tensiona la Moncloa
5
"¿Es niño o niña? Será lo que quiera ser"
6
Ni ella ni él, y (prácticamente) inexistentes en la televisión
Editorial
¿Sexo? Cuestión de género
Disponible en:

“Me acepté”, “Todo encajaba”, “Me descubrí por primera vez”: las personas LGTBIAQ+ tienen historias muy diversas, pero la mayoría coinciden que su vida cambió el día que conocieron a alguien con quien se podían identificar. Lo recuerdan como un momento "liberador", feliz; que a la vez contrasta con las miradas de desaprobación, los insultos y las agresiones que muchos de ellos también denuncian haber sufrido por no encajar con la norma. En este reportaje visibilizamos algunas de sus vidas en pleno momento de expansión del colectivo.

Groupie

“Descubrir que soy una persona no binaria me ha hecho más libre”

Groupi, persona no binaria en el Raval

Por primera vez en muchos años, se contemplaba desnuda delante del espejo sin uno de los símbolos de su feminidad: sus pechos. Groupie acababa de pasar por el quirófano y le habían extraído las prótesis mamarias que llevaba porque se le había producido una fisura en un pecho. “Por problemas económicos no podía pagarme unos implantes nuevos”, recuerda. Como mujer trans, verse sin pechos le supuso un choque psicológico muy duro. Aquel momento, sin embargo, también fue la chispa de un segundo descubrimiento sobre su identidad. “Me volví a ver en el espejo por primera vez, ahora como persona no binaria”, explica usando el término con el que se identifican las personas que no son ni hombres ni mujeres. Fue un proceso lento que empezó hace un año y medio y durante el cual Groupie se ha dado cuenta que no hay que encajar en ninguno de los dos géneros impuestos ni volver a ponerse las prótesis. “Antes en las redes parecía que tenía que interpretar un personaje y hoy me siento más libre. Ha cambiado muchísimo mi vida y mi salud mental”, dice esta brasileña que vive en Barcelona.

Dice que hay días que se siente más femenina y se pone una falda. Otros, conecta más con su masculinidad y se enfunda un chándal rojo. “Hay quien entiende que el no binarismo tiene que ver con ser andrógino, pero para mí no es esto”, precisa. També tiene claro, sin embargo, que pasar por este proceso va mucho más allá de la estética: por ejemplo, le ha ayudado a aclarar aspectos que no entendía sobre su sexualidad y a sentirse más cómoda en las relaciones de pareja. Leer sobre otras vidas no binarias en las redes fue clave para sacar nuevas conclusiones sobre su manera de entender la identidad de género. “Es muy importante que la información sea accesible. Ahora bien, si no tienes curiosidad de entrar, no llegas nunca”, avisa.  

Hace dos años que Groupie llegó a Barcelona desde Brasil, donde la esperanza de vida de las mujeres trans es de 35 años. Ahora tiene 37. Por eso no solo se considera una superviviente, sino una “fugitiva política” que se ha escapado de un país donde la violencia hacia el colectivo LGTBIAQ+ no cesa. “Tenía miedo de coger el metro o de salir sola a la calle. Me sentía totalmente desprotegida, no podía vivir asustada para bajar a comprar el pan”, recuerda. Desde su piso asegura que en Barcelona ha encontrado un “oasis” a través de Acathi, la Asociación Catalana para la Integración de Homosexuales, Bisexuales y Transexuales Inmigrantes. “Me he sentido muy bien acogida. Me ha permitido conocer a personas no binarias, agénero y también migrantes que están en la misma situación que yo”, celebra. En Catalunya no ha sufrido ninguna agresión física, la discriminación que sufre por ser persona no binaria y negra es más silenciosa: “Recibes miradas y de puertas hacia dentro los prejuicios todavía son los mismos”.

Jordi Suárez

"Me operaron a los nueve años y nadie me dijo por qué"

Jordi Suárez, profesor de música

Hoy no es un día cualquiera. Jordi Suárez, de 52 años, ha decidido salir del armario como intersexual. Un hecho extraordinario teniendo en cuenta que solo hace un año que sabe que lo es. Hasta entonces vivió sintiéndose un bicho raro y “con una cierta oscuridad”, que gracias al testigo de Iolanda Melero en el programa Tabús de Tv3 pudo convertir en luz ayudando a otras personas desde la Asociación Kaleidos. Le gustaría que leyendo este diario alguien pueda vivir lo mismo, que pueda decir: “A mí me pasa esto”. “Querría que los padres de los niños intersexuales tengan referentes porque siento que mi madre se tuvo que enfrentar a ello sola y en silencio”, explica.

Tiene una condición llamada anorquia congénita bilateral, que quiere decir que nació sin testículos y un pene más pequeño que la media. “Cuando dicen a los padres que no saben si su hijo es un niño o una niña es muy duro porque todavía es lo primero que preguntamos”, comenta. La suya es solo una de las cuarenta variaciones intersexuales que difieren de las características sexuales binarias, pero a las cuales la sociedad asigna el sexo masculino o femenino. Según los expertos, un 1,7% de la población se encuentra en esta situación. “Casi como los pelirrojos”, exclama Jordi, que reclama que se visibilice que hay diversidad de genitales con múltiples variantes para despatologizar el colectivo y evitar cirugías innecesarias y traumáticas como la que él mismo sufrió.

Cuando tenía 9 años le abrieron sin explicarle nada para intentar encontrar masa testicular y le causaron unas cicatrices acomplejantes. Recuerda perfectamente “la frialdad de acero inoxidable” cuando se despertó de la operación atado con correas: "No entendía por qué me estaban operando. Este silencio es lo que más me marcó". Más adelante le pusieron dos prótesis testiculares, que parecen “pelotas de ping-pong”, explica divertido. Esto marcó sus relaciones hasta el punto que había llegado a salir a salto de mata: “Si me gustaba una chica rezaba para que me dijera que no, porque ¿qué hacía si me decía que sí?”

En su caso, una dificultad añadida fue tener que aceptar la esterilidad como hombre heterosexual. De hecho, considera que a los hombres intersexuales los cuesta más decirlo abiertamente porque no tener testículos desafía todos los patrones de la masculinidad hegemónica: “Los hombres tienen que tenerlos bien colocados y muy gordos”.

La falta de información lo acompaña hasta hoy, cuando todavía se pregunta cómo seria si no le hubieran dado testosterona desde pequeño, consciente que la hormonación no afecta solo a la libido sino también al crecimiento y al estado de ánimo. 

Profesor de música en una escuela y con tres hijos adoptados, Jordi no solo ha salido adelante sino que disfruta de su sexualidad más allá del coitocentrismo y habla abiertamente de su cuerpo con un gran sentido del humor, que le ha servido de salvación, igual que el piano, su musicoterápia. Hoy suena Nocturno sueño de amor, de Liszt.

Eiden Marín

"Quería decirlo, pero no tenía referentes ni nadie a quien abrazarme”

Eiden, un chico transsexual

Dieciséis años es el tiempo que tardó en responder a la pregunta que le quemaba por dentro de desde que iba a la escuela; más de la mitad de su vida. “?Quién soy?”, se repetía y se volvía a repetir, pero no acababa de saberlo. El primer pensamiento “fuerte” de este tipo lo recuerda de cuando tenía apenas ocho años y todavía vivía como niña: “Como en un pensamiento mágico, me dije que cuando cumpliera los 18 sería un chico”. Pero todavía faltaban muchos años, todos los que le quedaban para llegar a los 24, para que Eiden Marín consiguiera sentir la liberación de saber quién era. “Callé estas dudas durante muchos años; las escondía por miedo al rechazo, me las quedaba dentro”, explica por teléfono con el alivio de quien ya sabe la respuesta que buscaba pero a la vez consciente que todo aquel silencio se podía haber evitado. “¿Cómo puedes saber que eres un chico trans cuando no has visto nunca a un chico trans?”

Después, en la adolescencia, empezó a experimentar con su sexualidad y su cabeza se empezó a aclarar tímidamente: “Primero le dije a un amigo gay más mayor–mi primer referente– que era bisexual porque me gustaban los chicos y las chicas, pero más adelante me di cuenta que cuando estaba con chicos me sentía incómodo”. Entonces se definió como lesbiana; y lo dijo en casa. Y fue “maravilloso”. La respuesta fue tan bonita como inesperada: “Me agradecieron la confianza”. Pero su gran pregunta seguía quemándole por dentro, cada vez con más fuerza. Buscar en Google no lo ayudaba nada: “Leía trastorno mental, cuerpo equivocado, patología mental y me alejaba más todavía de mí”. También lo intentó decir a un par de amistades, pero no sabían qué decirle. “No tenía referentes ni nadie a quién abrazarme”, recuerda. Y hace un inciso: “A pesar de que todavía no podemos vivir tranquilos expresándonos cómo somos, sin sufrir por si nos rechazarán, nos querrán o recibiremos violencias; por suerte hoy hay mucha más visibilidad en la red y los adolescentes tienen muchos más recursos y entidades a las que acudir”.

Sobre la mesa hay ahora la llamada ley trans, que Marín defiende porque hará que deje de ser necesaria la evaluación psicológica y la modificación corporal para que se les reconozca la identidad. “Vivir con un DNI que no representa tu imagen corporal te comporta muchas dificultades a la hora de viajar, matricularte para estudiar, buscar piso, ir al ginecólogo...”, denuncia. Entrar en la universidad fue para Marín el esprint final hacia la respuesta que buscaba: eligió filosofía, conoció el movimiento feminista, la teoría queer ... y a los 23 años un post de Facebook lo revolucionó de arriba a abajo. Un amigo publicó que era un chico trans y que haría la transición: “«¡¡Yo también!!! ¡¡A mí también me pasa lo mismo!!!», corrí a escribirle”.

Unos meses más tarde, él dio el mismo paso. “Por fin me acepté”, dice, y hace una pausa. Había encontrado la respuesta dieciséis años después: Eiden Marín es un chico trans bisexual con una identidad “bastante fluida”; se mueve entre la masculinidad y la neutralidad, y le gustan aspectos tradicionalmente considerados femeninos, como pintarse las uñas o llevar tacones. Es activista transfeminista, tiene un máster en estudios de género, ciudadanía y mujeres, trabaja en la entidad Trànsit y también es integrante de la asociación colomenca Entenem Santa Coloma. “La lucha LGTBIAQ+ no va solo de personas LGTBIAQ+, va de permitirnos experimentar para que todo el mundo viva más libre: la diversidad humana aumenta la riqueza de la humanidad”, cierra el joven. Durante el año 2020 se registraron 26 denuncias por agresión a personas trans en Catalunya, un 25% más que el año anterior.

Mar Cambrollé

"Soy una mujer con pene y soy feliz"

Mar Cambrollé, en una entrevista reciente en Barcelona

La empresaria Mar Cambrollé recuerda como en los 70 ya visitaba la Barcelona “abierta” de Ocaña y desafiaba el régimen franquista en las primeras manifestaciones feministas y a favor del derecho al propio cuerpo. “Imagínate mujeres trans con tacones y maquilladas plantándole cara al régimen”. Por eso no entiende como parte del movimiento feminista, sobre todo las de su generación, ahora se oponen a la ley trans. “Estas ya no son feministas”, se queja la veterana activista, la voz cantante de la Plataforma por los Derechos de los Trans y que ya en 2014 impulsó en su Andalucía natal la primera ley española que reconocía el derecho de las personas a escoger su identidad de género. Como ella, que proclama en sus memorias: “¡Soy una mujer con pene y soy feliz!”

Nacida en un barrio obrero de Sevilla en diciembre de 1957, Cambrollé explica que fue un niño que ya a los 6 años prefería jugar con las niñas y que en la preadolescéncia sus amigas le dejaban algún vestido a escondidas para ahorrarse una “paliza” de su padre. La incomprensión y el rechazo le hicieron abandonar el nido familiar muy joven, en un momento en que las mujeres trans tenían muy pocas salidas laborales que no fueran el espectáculo o la prostitución. “Nos llamaban de todo durante el día y por la noche éramos las grandes deseadas”, subraya en referencia a la hipocresía de la época. Por eso ahora la emociona ver a personas trans en las universidades, convencida que serán las próximas en romper el techo de cristal.

Clara Morató-Aragonès

“Me han llegado a decir que la asexualidad se cura con buen sexo’”

Clara Morató-Aragonès

A los 19 años una amiga le habló del concepto asexual y a Clara Morató-Aragonès le cambió la vida porque, finalmente, “las piezas encajaban” y descubría que su falta de atracción sexual no respondía a ninguna enfermedad ni trastorno. Siempre se identificaba como heterosexual, pero como los chicos no le llamaban la atención dice que empezó a observar chicas, y tampoco sintió aquello que los adolescentes de su alrededor notaban. “Si hubiera conocido la palabra habría dicho que era bi porque sentía lo mismo con unos y otras: nada”. 

A los 23, la joven es miembro de la Asociación Catalana de Asexuales y una activista para visibilizar una orientación sexual que se calcula que forma un 1% de la población. “Nadie se acuerda de que somos una opción porque se parte de la base que todo el mundo quiere tener relaciones sexuales”, afirma. Y no. Identificarse como asexual, explica esta psicóloga, quiere decir que no sientes deseo sexual por nadie pero sí que puedes sentir otras atracciones. Por ejemplo, algunas personas sienten atracción romántica –nada que ver con las relaciones azucaradas de Hollywood, matiza– y quieren estar con alguien que les haga sentir bien, sin que esto suponga necesariamente acabar en la cama. “Me mueven otras cosas y el factor sexual no forma parte de ello”, dice, pero señala que las relaciones sexuales se pueden dar por razones tan diversas como por “amistad, por amor o por curiosidad”. Incluso hay asexuales que lo hacen para “tener hijos”. En esta ecuación, sin embargo, sí que entra la masturbación.

Relata que mil veces se ha tenido que justificar por su orientación porque lo asexual rompe los esquemas al “cuestionar la importancia del sexo” en las relaciones de pareja. Ha tenido que oír cómo le decían que su asexualidad “se curaría” cuando tuviera “buen sexo” o conociera a “la persona adecuada”. También le han dicho que su problema es que es “tímida”, que el sexo le da miedo o que es “demasiado joven” para renunciar a un deseo como el sexo, en un intento, indica, de “infantilizar” a las mujeres asexuales. “No nos falta nada, sentimos las cosas de forma diferente y podemos ser igual de felices”, exclama.

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