26/07/2022

Mirando al 92

3 min
Imagen de la inauguración de los que fueron calificados como mejores juegos  de la historia.

1. Pasado. Siempre que se mira al pasado se hace pensando en y desde el presente. Y las desazones de cada momento determinan las lecturas que se hacen. El 30.º aniversario de los Juegos Olímpicos de Barcelona ha tenido un tono discreto, porque a las nuevas generaciones ya no les interesan demasiado y porque estamos en otro contexto que condiciona las miradas.

 Me ha chocado, en este sentido, que una persona discreta y poco amiga de frecuentar los medios, como Josep Miquel Abad, que fue consejero delegado del comité organizador de los Juegos, en la única entrevista concedida –a La Vanguardia– haya dedicado más espacio a criticar el gobierno municipal actual que a hablar del acontecimiento en sí. No me ha sorprendido, en cambio, que el independentismo haya pasado de puntillas sobre la cuestión, porque, muy minoritario en la época, nunca se sintió cómodo en aquel despliegue y porque la parte de los que son herederos del pujolismo siempre han tenido una relación incómoda con el episodio olímpico. Evidentemente, no hace falta ni decir que en Madrid ha imperado el silencio. Nunca se habrían imaginado que si había unos Juegos en España no fueran en Madrid (así mismo me lo dijo el ministro Fernández Ordóñez). No les gusta recordar que les cogieron por sorpresa y que cuando reaccionaron ya era tarde. Si añadimos que llevan ya tres intentos fallidos de equilibrar la balanza, es lógico que lo hayan borrado de la memoria.

En todo caso, para evocar los Juegos y el modelo Barcelona, hay que aplicar la receta que hace años Pasqual Maragall dio a TV3: aquel momento “ha significado mucho, pero ha significado, y el futuro es otra cosa, el futuro es más importante que el pasado”. Efectivamente, estamos en otra ciudad y en otro tiempo económico, social y político. Barcelona no sería la que es sin aquel gran salto que la coartada de los Juegos hizo posible, el presente vivo de todo aquello que viene establecido del pasado, pero avanzar significa hacer y deshacer. La transformación liderada por Oriol Bohigas que trajo Barcelona al mundo tenía tres elementos centrales: abrir la ciudad al mar, ceñirla con las rondas y revitalizar el espacio público. La base ya venía dada por “la forma de la ciudad”. Esta expresión es del escritor francés Julien Gracq: una especie de matriz física que marca el espíritu de cada lugar. En el caso de Barcelona, el Plan Cerdà, que la articula como ciudad de dimensiones humanas.

2. Futuro. Todo proyecto de transformación tiene el desgaste del tiempo que desfasa muchas cosas. Por ejemplo, las plazas duras, que se presentaron como modelo de vanguardia urbanística, son hoy un fracaso, que la crisis ecológica que entonces no estaba a la orden del día ha puesto en evidencia. Y obviamente parte de las transformaciones han sido colonizadas por el modelo especulativo en curso que está pisando (deshumanizando) alarmantemente las ciudades. Han pasado treinta años y, si tiene sentido prestar atención a aquel momento, es para recordar cosas casi de método: la importancia de la verdadera ambición (que significa ir al máximo de lo posible), la capacidad de transmitir confianza (que es lo que quiere la ciudadanía) y el sentido de la ocasión (el efecto sorpresa). Y no olvidemos un detalle importante: en aquel momento en Catalunya había dos proyectos políticos consistentes, representados por el presidente Pujol y por el alcalde Maragall. “El autoritarismo empieza cuando la democracia participativa se convierte en una democracia de ausencia”, dice Wolf Lepenies, y nace la cultura de la indiferencia en la que “el valor de cambio triunfa incluso en las decisiones morales” (Claudio Magris). Pujol y Maragall representaban dos ideas del país, con apoyo real de la ciudadanía y con puntos de consenso, que es lo que da consistencia a la confrontación política. Ahora estamos entre el realismo determinista del "no hay alternativa" que emana de la revolución neoliberal y, en el caso catalán, la nebulosa independentista, que va ampliando sus fracturas internas a medida que el compás de espera se hace evidente. Las huidas hacia adelante sin capacidad real son manifestaciones de la impotencia. Solo la autoestima y la sorpresa pueden permitir hallar cartas ganadoras.

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