Los fallecidos en el terremoto de Myanmar ascienden a 2.700, una catástrofe que pone a prueba la dictadura militar
Mientras la oposición al exilio anuncia una tregua humanitaria, el ejército intensifica los bombardeos


BarcelonaCasi veinticuatro horas después del terremoto de magnitud 7,7 que sacudió el centro de Myanmar, sólo había 144 víctimas confirmadas. Eran las de un hospital que se había desmoronado. No fue hasta el día siguiente que la junta militar hizo público el primer balance: 1.644 fallecidos, 2.389 heridos y 30 desaparecidos. Este martes, después de dos días sin actualizar datos, el balance ascendió a 2.719 muertos, 4.521 heridos y 400 desaparecidos, según la televisión china CCTV que citaba fuentes del gobierno militar. Estos silencios no son casuales: es el sello de la opacidad sistemática del régimen birmano, que controla la información con puño de hierro. Pero también refleja la debilidad de la junta militar, que, en medio del creciente caos, afronta un reto mayúsculo: demostrar que tiene el control del país.
Desde que el Tatmadaw (el ejército birmano) asumió el poder a través del golpe de estado del 1 de febrero del 2021, su junta militar ha gobernado con métodos de terror, y se ha enfrentado a los diversos grupos armados que surgieron como reacción. Después de las protestas contra el golpe de estado, que se saldaron con 4.000 muertos y 25.000 detenidos, van surgir las llamadas Fuerzas de Defensa Popular (PDF en inglés), formadas mayoritariamente por población civil. También se unieron a luchar contra el ejército algunos grupos étnicos (en Myanmar conviven más de 130) que llevaban años combatiendo por su independencia. La mayoría de las milicias opositoras responden al mando del Gobierno de Unidad Nacional (GUN), la oposición al exilio que agrupa a algunos miembros del antiguo gobierno democrático, liderado de facto por la premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi, cuyo partido ganó las elecciones de 2021, y que fue detenida tras el golpe de estado.
El conflicto ha provocado una crisis humanitaria mayúscula –con el desplazamiento interno de al menos 3,5 millones de birmanos– agravada por la hiperinflación y las sanciones económicas que varios países han impuesto al régimen. Quienes más lo han sufrido son los rohingyes, una minoría étnica musulmana que ha sufrido los ataques y la persecución de ambos bandos.
Intensificación de los combates
"Desde octubre de 2023, los enfrentamientos entre el ejército y facciones insurgentes de la oposición se han intensificado y extendido por todo Myanmar", explica al ARA Dídac Cubeiro, profesor asociado de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), que añade que el ejército ha llevado a cabo las campañas de reclutamiento de personas.
Las facciones de la oposición han infligido golpes muy duros al gobierno militar, que han perdido grandes extensiones de territorio, incluso en las fronteras con China y Bangladesh. De hecho, según se desprende de un reciente estudio de la BBC, el Tatmadaw sólo controla efectivamente el 21% del país. En cambio, ha sido acusado de bombardear repetidamente a la población civil.
¿Posibilidad de una tregua?
Este domingo el GUN se comprometió a detener los combates durante al menos dos semanas para facilitar el acceso de la ayuda humanitaria a las zonas afectadas por el terremoto. ¿Podría ser el inicio de una paz definitiva? Parece que no. Pese a la gravedad de la situación, la junta militar no ha detenido las operaciones militares, y ha seguido con ataques aéreos en la región de Sagaing y en el estado de Karen. "Esto demuestra una falta de voluntad del Tatmadaw por adoptar una tregua completa, lo que puede dificultar el acceso equitativo a la ayuda humanitaria", recalca Cubeiro.
Por otra parte, el régimen no ha dado mucho soporte visible a las zonas afectadas por el terremoto. Así lo expresaba Richard Horsey, asesor sénior de Myanmar de Crisis Group, en Reuters: "las brigadas de bomberos locales, los equipos de ambulancias y las organizaciones comunitarias se han movilizado, pero los militares, que normalmente se movilizarían para apoyar en una crisis así, no se ven a ninguna parte".
Por ello, Cubeiro considera que la gestión del terremoto puede marcar un punto de inflexión. La "respuesta insuficiente" del régimen podría hacer ganar apoyo popular a la resistencia, sobre todo en zonas devastadas como Sagaing. O bien, la junta militar podría utilizar el desastre como "una excusa para intensificar el control sobre las regiones afectadas, restringir la ayuda humanitaria y consolidar su poder mediante el control de los recursos".
El papel de China
Muchos países se han comprometido a enviar ayuda humanitaria a Myanmar para tratar de paliar los efectos de la devastación inédita del terremoto. Pero quien más recursos ha destinado es Pekín, histórico aliado de Nay Pyi Taw, que ha prometido este lunes una inyección de 13,9 millones en un fondo de emergencia, pero que a la vez sigue manteniendo un apoyo estratégico al régimen militar para proteger sus inversiones en infraestructuras clave como el puerto de Kyauk Phyu. Este gesto, según Cubeiro, debe leerse en el marco del predominio regional chino y su deseo de garantizar la estabilidad en la región. "China intenta posicionarse una vez más junto al régimen autoritario birmano para evitar que fuerzas extranjeras aprovechen el caos para desestabilizar la región", afirma el analista.