Hoy hablamos de
Una mujer musulmana con velo en Nantes, en una imagen de archivo.
26/03/2025
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La semana pasada coincidí en unas jornadas en París con la socióloga turca Pinar Selek, exiliada en Francia porque Erdogan la persigue por su defensa de los derechos de las mujeres y los kurdos. Feminista comprometida, nos explicó que fuera de su país había establecido complicidades con otras mujeres que han huido de regímenes misóginos como el iraní o el afgano. Siendo cómo es la situación del islam en Francia un tema que siempre genera debates de lo más encendido, me atreví a preguntarle qué relación tenían con las ciudadanas de origen magrebí y su defensa de un feminismo de raíz religiosa, el llamado feminismo islámico. Se pensó la respuesta y me dijo que, si bien se solidarizan con las mujeres que sufren el racismo, no hay forma de hacer compatible su lucha por la igualdad con lo que se difunde desde un orden islámico. Y me di cuenta de lo bien que han actuado los islamistas de todos los signos en Europa, donde en teoría el marco democrático y liberal y la larga historia del feminismo habrían tenido que permitir el surgimiento de un movimiento de liberación femenina que impugnara del todo el poder teocrático y su moral discriminatoria. Claro, este feminismo de mujeres nacidas musulmanas que promueve la igualdad desde la laicidad existe también en Europa, pero desgraciadamente es menospreciado, considerado "no representativo" o una excentricidad, una rareza. La propia Selek nos transmitió las quejas de las tunecinas que encabezaron la lucha por conseguir la igualdad en la herencia (que todavía es la mitad que la de los hombres en los países musulmanes) y no habían recibido ningún apoyo de las feministas del Viejo Continente. "Sólo nos ven si llevamos pañuelo", dijo una de ellas con el agro de saberse abandonadas por aquellas que se llenan la boca de interseccionalidad y diversidad pero que no demuestran ninguna solidaridad con las oprimidas en la orilla sur del Mediterráneo.

Digo que los islamistas han sido listos, se adelantaron en el rearme de un machismo (ya sacudido por la ola de los setenta) desfasado convirtiéndolo en identidad. Y fueron a distribuir su propaganda entre aquellos que se sentían en falso, aquellos que están suspendidos en el aire entre un país de origen del que ya no son y uno de llegada al que aún no pertenecen. Desde el principio supieron aprovechar la angustia de estar en medio, la ansiedad del desarraigo, por presentar la religión como único refugio seguro, identidad sólida e inamovible que, además, se organiza bajo el paraguas de un Dios todopoderoso y omnisciente. Para no perderlas a ellas, las niñas y mujeres que despertaban a la verdad de la injusticia de un orden creado en beneficio de los hombres, corrieron a presentar como compatibles dos marcos antagónicos e irreconciliables: el democrático basado en los derechos y libertades individuales y el teocrático fundamentado en los textos religiosos. En los países musulmanes proclamaron que la igualdad acabaría con la familia y la moral, que era un valor ajeno propio de los occidentales. En Europa, entre las hijas de la inmigración se dedicaron a esparcir el veneno del identitarismo islámico con figuras públicas que, mientras llevaban encima la bandera del apartheid de género (el pañuelo y sus variantes), hablaban de islamofobia y respeto por la igualdad de las musulmanas. Unas musulmanas que salían a la calle ya discriminadas desde casa para pedir fuera que se tolerara y aceptara su subyugación como rasgo cultural y religioso. Resumiendo: lo que pide el islamismo en Occidente es que la discriminación, el machismo y la misoginia no sean discriminados. Y a las que creemos que todas las mujeres, vengan de donde vengan y tengan la religión que tengan, merecen una vida digna y libre (valga la redundancia) quieren confundirnos presentándonos como las enemigas de las musulmanas, cuando de lo que lo somos es del sistema que las quiere arrodilladas.

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