Hoy hablamos de
Soldados rusos haciendo ejercicios militares en algún sitio indeterminado del frente de Kursk, donde Ucrania protagoniza una ofensiva. EFE
31/03/2025
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Es nuestra guerra: esta premisa tan sencilla carece de muchos de los razonamientos que sentimos estos días en los debates sobre la seguridad europea y cómo deberíamos contribuir, y por eso van cojos. Para entenderlo, quizá sea suficiente con girar la vista hacia Suecia, que capió lo que significaba la agresión rusa y la ocupación de Crimea y parte del Donbás en el 2014. Rápidamente, Suecia recuperó la estrategia de "defensa total" –que más allá de la defensa militar significaba la necesaria–. Tras el intento de invasión total de Ucrania por el ejército ruso en febrero del 2022, la defensa total es hoy una estrategia que ha hecho que las agencias gubernamentales, las comunidades locales y las entidades de la sociedad civil hayan desarrollado planes para seguir realizando su trabajo en caso de guerra. La adhesión sueca a la OTAN no fue una decisión repentina: desde la anexión de Crimea por parte de los rusos en 2014, los suecos comprendieron el peligro y, desde 2017, han reintroducido una forma de servicio militar obligatorio, que este año harán ocho mil jóvenes. Hablamos de un país neutral durante más de dos siglos y de una ejemplar tradición diplomática en la defensa de la paz y los derechos humanos. Podríamos seguirlo ilustrando con otros países miembros de la Unión Europea: Finlandia, los países bálticos, Polonia...

Es nuestra guerra europea. En Londres, París, Berlín o Praga muy pocos dudan. El cambio tan rápido de alianzas estadounidenses de Donald Trump ha dejado la seguridad europea desnuda. Un país europeo y europeísta como es Cataluña debería poder interiorizar que nuestro modelo de sociedad –el estado de derecho y la lucha contra la corrupción, la unión a escala europea gracias a la multilateralidad, el estado del bienestar y el cuidado por todos los ciudadanos sin excepción, la toma de decisiones democráticas que incluye la posibilidad de cambiar de gobierno a través del voto– es el enemigo elegido. Es por ser europea que Ucrania es atacada. Se suman todas las formas de la guerra híbrida en toda Europa: desinformación planificada, ciberataques, apoyo al Brexit ya partidos antieuropeos de extrema derecha o de extrema izquierda, con la infiltración en toda una propaganda que lo desfigura todo. Desde ese punto de vista, caen por su propio peso los manifiestos "contra la guerra" que obvian que es el Kremlin quien la ha iniciado.

En la frontera de Europa, hace tres años que –contra lo que casi todo el mundo esperaba– el pueblo de Ucrania resiste. Por eso es nuestra guerra de Ucrania. El día del tercer aniversario del intento de invasión total rusa, en el espacio memorial de la Modelo de Barcelona, ​​la Embajada de las Artes de Ucrania (una asociación civil de la diáspora) nos convocó. Asistieron los cónsules de Finlandia, Bélgica, Chequia, Rumanía, Polonia, Francia y Ucrania, con representantes del Parlamento Europeo y un público solidario. ¿Dónde estaba el gobierno catalán? ¿Nuestro Parlamento? ¿El grosor de la sociedad civil catalana? En el acto de memoria por los cientos de miles de víctimas de tres años de guerra, proyectamos la película Culture vs War (Cultura contra la guerra), un documental que da voz a la gente de cultura de Ucrania. Allí hablaron reporteros, cineastas, fotógrafos, poetas, actores y músicos que están en el frente de guerra, defendiendo el país y capaces de describir el horror. Mientras escuchaba pensaba en mis amigos escritores que también están en la frente o que han muerto en manos de los rusos, y no podía quitarme de la cabeza la manifestación del domingo anterior.

Desde la Representación de la Comisión Europea en el paseo de Gràcia íbamos bajando en manifestación tras la pancarta "Barcelona con Ucrania" y yo no podía dejar de pensar en las ausencias. La paz, antes de traducirse en una correlación de fuerzas, o en la estabilidad del sistema, o en debates sobre el gasto militar, ¿no necesita quizá convertirse en la mirada y el gesto de uno por otro? ¿Por qué tantas personas y entidades que trabajan para detener la guerra decidieron, desde el mismo 2014, que sus actuaciones no apoyarían a los ucranianos que resisten la agresión rusa? ¿Olvidaban que desde que Putin subió al poder con la segunda guerra de Chechenia, en 1999, se mantiene gracias a la guerra permanente? Cegados por el imperialismo americano, ¿han sido incapaces durante más de una década de mirar en la cara la guerra neoimperialista de Rusia? ¿Por qué ahora que, finalmente, Europa ha dado el paso para detenerla, están tan descolocados? La multiplicación de los centros de tortura de la población, las ejecuciones sumarias, las violaciones masivas, las deportaciones de decenas de miles de niños o la prohibición de las lenguas ucraniana y tártara en los territorios ocupados por Rusia, ¿no les llaman la atención? El manifiesto de las 800 entidades es diáfano desde este punto de vista: ni siquiera se menciona a Ucrania y el sufrimiento diario de su población. Mientras no dejan de caer las bombas, ¿no podríamos recentrar la conversación y la acción?

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