19/06/2022

La ciudad de la neurona

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En el año 1888, el de la gran exposición de la Ciutadella, fue un annus mirabilis para Barcelona. Cien años después, Eduardo Mendoza arrancaría La ciudad de los prodigios. Pero hay un hecho no tan conocido, realmente extraordinario, y de relevancia universal, que también pasó aquel año en Barcelona: Santiago Ramón y Cajal, catedrático de la Universitat de Barcelona desde el año anterior, y que describe el 1888 como “mi año cumbre, mi año de fortuna... ”, descubrió que el tejido cerebral se compone de células individualizadas. Es así como nació en Barcelona la neurona. La decisión de Cajal de venir a Barcelona, desde Valencia, es un ejemplo muy notable de lo que pueden dar de sí las buenas políticas de atracción de talento. Estuvo en Barcelona 5 años. Después progresó hacia catedrático de la Universidad Central, hoy Complutense, en Madrid, única en el Estado donde por ley se podía impartir docencia de doctorado, imprescindible para un científico serio. Fueron cinco años muy provechosos para él, pero también para la ciudad que lo atrajo y que, justificadamente, y gracias a él, podría autoproclamarse, con un chico de hipérbole, la ciudad de la neurona.

El 150.º aniversario de 1888 será en 2038. Seguro que en la ciudad habrá conmemoraciones. Y seguro que incluirán el descubrimiento de la neurona. Pero ¿por qué no hacemos que no sea un año solo para celebrar un momento glorioso del pasado, sino la culminación de un salto adelante preparado durante quince años? Seamos ambiciosos y metódicos, y fijémonos desde ahora mismo hitos de envergadura que vayan orientando las acciones concretas que tomaremos en el camino hacia 2038. En cuanto a la neurona, el siglo XXI será el siglo de las neurociencias. Los esfuerzos que la humanidad dedicará a entender el funcionamiento del cerebro, a cuidar y curar las muchas patologías que tienen el origen ahí y a evitar que su deterioro frustre las posibilidades que abre el alargamiento de la vida serán enormes. La ciudad donde se descubrió la neurona tendría que aspirar, en el horizonte de 2038, pero idealmente ya mucho antes, a un papel líder en este formidable reto planetario.

Nos lo podemos plantear porque estamos lejos de partir de cero. En estos momentos las neurociencias ya son muy fuertes en Catalunya. Recientemente hemos podido hacer un recuento parcial a raíz de una convocatoria del ministerio de Asuntos Económicos y Transformación Digital para el desarrollo de un Centro Nacional de Neurotecnología. Con el apoyo de la Generalitat, se ha presentado un proyecto liderado por la UB y que implica a cuatro universidades (UB, UAB, UPC, UPF), seis centros CERCA (Idibaps, Idibell, VHIR, CVC, ICFO, IBEC), el CSIC, el BSC y la Fundación Pasqual Maragall. El liderazgo de la UB es lógico: su Instituto de Neurociencias disfruta de la respetada distinción de excelencia María de Maeztu del ministerio de Ciencia y ya presentó una muy bien valorada prefiguración de la propuesta actual a la convocatoria catalana de expresiones de interés para los fondos Next Generation. Y todo ello encaja muy bien con el hecho de que fue la UB la que nos trajo a Cajal en Barcelona.

No es este el lugar para describir los indicadores que justifican el peso agobiante de la capacidad científica que el conjunto de proponentes representa. Es realmente difícil imaginar que el Gobierno central no pueda encontrar los recursos para impulsarlo. Añado que sería natural que a escala española lo hiciera con los diferentes núcleos territoriales de excelencia ya existentes: Alicante, Barcelona, Madrid y algún otro. España es suficientemente grande, las neurociencias suficientemente importantes y Ramón y Cajal suficientemente emblemático para no hacer de la convocatoria un torneo innecesario.

En cualquier caso, y en cuanto a Catalunya, la propuesta es un hito sobre la cual construir. El esfuerzo hecho significa que un panorama que hasta ahora era descriptible con el término negativo “fragmentado” pasa a ser descriptible en positivo como uno de “disperso ordenado”. Un panorama donde, con el impulso de la Generalitat, tengamos, por un lado, programas conjuntos de actividades y, sobre todo, de contratación –la atracción y recuperación de talento es clave si la ciudad de la neurona tiene que llegar a situarse en la primerísima fila mundial– que fortalezcan y propicien una cierta especialización de los diferentes nodos. Y, por otro, que tengamos un referente institucional fuerte en sí mismo, pero que cuente con una equipación común que visualice la fuerza del conjunto. En la propuesta este se implantaría en el Campus Mundet de la UB. Pongámonos a ello.

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