

"Las fronteras de Alemania están cerradas", gritaba la líder del partido neonazi Alternativa para Alemania (AfD), Alice Weidel, en el congreso de esta formación en la ciudad de Riesa, en Sajonia, donde ha sido elegida candidata a canciller en las elecciones del próximo 23 de febrero. He escrito "neonazi": que Weidel (de quien tiene un muy buen perfil en este artículo de Ignasi Aragay) haya tenido la ocurrencia de tachar a Hitler de comunista en una conversación con Elon Musk, no quita que a muchos de los seguidores de AfD, y también de sus dirigentes, les entusiasmen las esvásticas, los saludos a la romana y la imaginería nazi. Puestos a decir, pienso, como Rob Riemen, que no es malo llamar fascistas a los fascistas, por mucho que se disfrazaran de otras ideologías o que traten de desvirtuar, tergiversar o darle la vuelta al sentido. Es obvio que los fascismos de hoy no se corresponden punto por punto con los fascismos históricos, pero son, sin duda, su versión actualizada, y en el lenguaje común palabras como fascista, neofascista, neonazi o, simplemente, facha son válidas para que todos sepamos a quién ya qué nos referimos.
Hay ideas que, en determinados momentos, marcan una tendencia general: en los años noventa y primeros compases de los dos mil, la tendencia era la mezcla, la curiosidad, el encuentro, y por tanto la apertura de Occidente a otras culturas y otras formas de entender el mundo y la vida. Lo que ha venido a partir de los atentados del 11-S, y de las guerras de Afganistán e Irak, con todas las consecuencias en cuanto al terrorismo islamista, sumado a la revolución demográfica de inmigrantes y refugiados, ha desembocado en un período de miedo y de su consecuencia directa: la ofuscación y el odio a lo diferente, al que viene de fuera. De ahí la necesidad de volver a encerrarse y hacerse la ilusión de alejar las amenazas, de dejarlas al otro lado de la puerta de casa o la frontera del país.
Alice Weidel, con su proclama que las fronteras de Alemania están cerradas, acierta, porque conecta con el espíritu del tiempo: repliegue, cierre, desconfianza. Da igual que la proclama sea ilusoria, o falsa, porque Alemania tiene, evidentemente, las fronteras bien abiertas. No importa: reúnenos con los nuestros a hacer otra vez nuestras cosas, con nuestras banderas, y estemos orgullosos.
Al otro lado de una de estas fronteras, en Austria, será proclamado pronto canciller el líder del llamado Partido de la Libertad de Austria (FPÖ), Herbert Kickl. Éstos han acuñado un nuevo término: remigración, un eufemismo para hablar de expulsiones y deportaciones masivas. El propósito es impedir que se produzca el gran reemplazo, la sustitución de la población austríaca por población inmigrada, otra falacia basada en un miedo absurdo (los movimientos migratorios alteran la composición demográfica de las comunidades, pero por sí mismos no sustituyen a poblaciones ) que, sin embargo, Kickl defiende enconadamente. Éste también es el espíritu del tiempo.