14/04/2021

Segunda República: la escuela y la memoria del exilio

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El otro día, Eva, la profesora de tercero de ESO de mi hijo, compartió en clase la historia de familia de cuando su bisabuela Socorro Robas perdió la vida durante los bombardeos que cayeron en 1937 en Barcelona durante la Guerra Civil. Describió el momento: “Un día empezó a sonar la sirena previa al bombardeo, mi bisabuela estaba por la calle, todos empezaron a correr para refugiarse y enseguida cayeron las bombas. Ella vio a un niño aturdido y desorientado y fue corriendo hacia él. Se echó encima para protegerlo con su cuerpo. Lo consiguió. El niño sobrevivió, pero ella murió”.

Mi hijo nos contó con mucha sorpresa la historia narrada por su profesora, pues era la primera vez en su corta vida académica que un profesor rompía los tabús sobre la Guerra Civil española y se atrevía a dar su testimonio familiar en clase. Lo celebré porque, primero, había logrado sembrar la curiosidad en el alumno y después su necesidad de profundizar sobre ese período de la historia tan relegado en los planes de estudio.

El exilio republicano de 1939.

Hace tiempo escribí en estas mismas páginas cómo los testimonios de los refugiados de la Guerra Civil Española en México habían sido formativos en nuestra educación “La memoria también es Vacuna” https://es.ara.cat/opinion/memoria-tambien-vacuna-coronavirus-maritza-garcia_1_1172808.html. De muchas maneras, la oralidad de esa guerra nos hizo reconocer la defensa de la libertad y la democracia sobre el horror de las dictaduras. No eran los únicos testimonios que escuchábamos. Durante mi niñez, en el México de los años setenta, la política de asilo permitió que entraran miles de latinoamericanos que huían de las dictaduras militares. Así, en mi escuela había chilenos y argentinos, compañeros de clase y profesores que habían sido perseguidos por el régimen de Videla y Pinochet. Entre ellos, Alejandra Chadwick una de las sobrina nietas del ex presidente chileno Salvador Allende y la familia Damonte Fernández, actualmente incansables en la lucha por recuperar a los bebés robados por la dictadura militar y la defensa de los derechos humanos. Pronto llegarían también exiliados de Centroamérica expulsados por los conflictos bélicos, especialmente de Nicaragua y el Salvador. Una temporada vivió en mi edificio en el barrio de la Roma -el mismo barrio que retrató con maestría el cineasta Alfonso Cuarón-, el cantautor Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina, referente musical de la revolución sandinista. En otros pisos vivía una adorable familia de judíos austriacos refugiados de la Segunda Guerra Mundial y, alguna otra del País Vasco que sintonizaba en la radio a Camilo Sesto, mientras los de Palacagüina cantaban esa que les hizo famosos: “Son tus perjúmenes mujer”. Aquel mosaico de muchos exilios nos permitía coincidir en lo elemental: la música y la conversación, pero era sobre todo en la escuela donde nos atrevíamos a preguntar. Mi escuela se llamaba Decroly en la Ciudad de México, era una escuela atípica, denominada escuela activa, muchas veces nos saltábamos el plan de estudios oficial por considerarlo limitado, para estudiar en profundidad otros temas que eran de nuestro interés y, entre ellos, lo que ocurría en los países de nuestros compañeros refugiados. Entonces no existía internet y había una enorme censura en la prensa, pero teníamos libros y lo más importante: Los testimonios. He de agradecer de aquella educación, que los profesores no subestimaban la capacidad crítica de los niños para comprender el contexto social que nos rodeaba. Nos permitió empatizar con nuestros compañeros y entender, desde muy pequeños, los conflictos de la zona, una América Latina convulsa rehén de la guerra fría, de los malos gobiernos y la pobreza.

A esa escuela asistían también los nietos del General Lázaro Cárdenas, el presidente mexicano que se atrevió a romper relaciones con el dictador Francisco Franco y quien salvó a más de 20.000 refugiados de la guerra civil española. Por dicha coincidencia íbamos una vez al año, como parte de nuestros estudios, al rancho de la familia Cárdenas en Michoacán a realizar investigaciones de campo. La región tenía especial significado porque fue el refugio de los llamados “Niños de Morelia”, los 456 niños que en 1937 llegaron desde España en el barco Mexique. Aunque nos separaban cuatro décadas de aquellos sucesos, estaban presentes mientras cazábamos mantis religiosas y comíamos mangos recién bajados del árbol en la exuberante naturaleza michoacana.

Años después, cuando crecimos, entendimos la magnitud de aquella gesta humanitaria encabezada por el entonces gobierno mexicano. Es ya conocida la labor del cónsul en Francia (1939 a 1944) Gilberto Bosques para dar más de 40.000 visas de México a los perseguidos del nazismo y el franquismo. Con la Gestapo pisándole los talones, Bosques abandonó París cuando la ciudad fue tomada por los nazis y, después de muchas vicisitudes, logró restablecer en 1940 el consulado en Marsella, alquiló dos castillos para dar refugio a 1.300 europeos, entre ellos a 500 refugiados republicanos de la Guerra Civil Española. Los castillos de la Reynarde y de Montgrand, pensados para salvaguardar a la gente mientras esperaban los visados para salir hacia México mayoritariamente, eran lo opuesto a la situación humillante que se vivían los republicanos en los campos de concentración franceses como el de Argelès- Sur- Mer. En esos caseríos, no sólo se proveía de techo y alimento, sino que se ofreció formación profesional en ciertos oficios, talleres de escritura, lectura, conciertos y otras actividades culturales. La educación y la expresión fueron salvadoras del desarraigo.

El exilio republicano de 1939.

El cardenismo, abierto a las nuevas corrientes pedagógicas, entendía la educación como formación integral y humanística, pieza fundamental para la construcción de la democracia, punto que coincidía con los valores educativos de la Segunda República. Por ello se lanzó a la protección del conocimiento que traían consigo catalanes, gallegos, vascos, valencianos, andaluces y demás refugiados que llegaron de España. Así, en 1938 se fundó La casa de España en México para que profesores universitarios e intelectuales pudieran continuar con su labor educativa. Fue la semilla del actual Colegio de México una de las instituciones académicas más importantes del mundo de habla hispana.

En el campo se integraron técnicos agrícolas que brindaron también su conocimiento a la formación rural como Manuel Gaya i Canalda, catalán, cuyo último combate antes de cruzar a Francia en 1939 fue en Os de Balaguer defendiendo tierra catalana y, al llegar exiliado a México, en esa emotiva travesía que me narró en 2007 cuando le entrevisté para el diario El Pais . (https://elpais.com/diario/2007/07/18/catalunya/1184720859_850215.html), encontró las herramientas para dar sentido a su vida lejos de Cataluña, como lo encontraban también, décadas más tarde, mis maestros y compañeros de clase latinoamericanos que frente a esos años de plomo, fue “el encuentro solidario, amoroso y protector que literalmente salvaron nuestras vidas”, así lo describe desde la Patagonia, mi profesora de primaria Cristina Fernández, perseguida y torturada por el régimen de Videla y quien regresó a Argentina al caer la dictadura..

En algún punto de nuestra educación, confluyeron los sobrevivientes de esas guerras, quienes supieron sobreponerse al dolor para comunicarnos ideas renovadoras y luminosas. Su labor pedagógica también fue amorosa y protectora, pues nos enseñaron no sólo a escribir, sumar y restar. Nos transmitieron que el silencio nunca. La memoria siempre.

El miedo a la pérdida de la identidad característico de quienes viven el exilio, aunado a la arraigada tradición oral de nuestras culturas mesoamericanas, fomentó la oralidad de dichas vivencias. Precisamente de la voz de Manuel Gaya i Canalda escuché por primera vez que el presidente de España en la Segunda República, Manuel Azaña, había sido enterrado con bandera Mexicana en Montauban, Francia, en noviembre de 1940. El sabía de primera mano la historia, pues había conocido, un año antes de la muerte de Azaña, a Antonio Haro Oliva cuando viajó con él rumbo a México en el barco Mexique. Haro Oliva era el agregado militar de México en Francia y uno de los que protegieron a Azaña durante su agonía y muerte en su desafortunado exilio en Montauban. Cuando me narró la historia, Gaya i Canalda tenía ya 91 años y una memoria prodigiosa. Le recuerdo sentado en su casa de Tecamachalco en el Estado de México, poniendo en perspectiva el contexto de entonces: asediada Francia por los nazis en la Segunda Guerra Mundial, el gobierno de Vichy (1940-1944), colaboracionista con la Alemania nazi, no permitió que Manuel Azaña fuera enterrado con la bandera republicana española para evitar conflicto tanto con el gobierno de Franco como con el de Hitler. Los detalles están escritos en la apasionante correspondencia diplomática del mismo embajador de México en Francia Luis I. Rodríguez Taboada, quien contestó al entonces prefecto de la ciudad de Montauban: “Lo cubrirá con orgullo la bandera de México; para nosotros será un privilegio; para los republicanos, una esperanza, y para ustedes una dolorosa lección”.

El aula de un instituto, en una imagen de archivo.

Leyendo dichos documentos editados por El Colegio de México, uno se da cuenta de la soledad en la que actúo México frente al resto de países occidentales. La hazaña para salvar a Azaña fue un cúmulo de peripecias para lograr expatriarlo con vida, primero a Suiza y después a México, pero fracasaron todos los intentos. Ni siquiera su mala salud logró ablandar a las autoridades en Francia, país donde llegó débil y enfermo desde aquel cruento invierno de 1939. “ (…) La embajada franquista se ha opuesto terminantemente a que se traslade y la cancillería francesa se manifiesta sorda a nuestras súplicas y demandas. A ninguno de los colaboracionistas parece interesarle su amarga condición (…) ¡Pobre Francia vencida!”, escribía el embajador Rodríguez Taboada.

Cuando arrecia el asedio a Manuel Azaña y familia, por parte de agentes franquistas y nazis, la delegación mexicana alquila habitaciones en el Hotel Midi para cuidar de ellos, dándoles derecho a ondear la bandera mexicana a manera de protección diplomática. Azaña está protegido, pero la agonía no tarda en llegar.

En “el libro de datos”, una especie de bitácora donde el embajador narra las conversaciones que tiene con Azaña, muchas personales que denotan un vínculo afectivo, se escribe también las razones por las que Azaña rehúsa refugiarse en Suiza: “Aquí puedo servirles de rehén, mientras que en un país neutral y en calidad de prófugo, agravaría su condición”, refiriéndose a la condición de su pueblo y familia. Aún así, el embajador intenta conseguir el salvoconducto a Suiza, pero el país helvético, supuestamente neutral, se lo niega. Rodríguez Taboada no se detiene. Toma el riesgo de trasladarlo a Vichy a escondidas de las autoridades francesas con la idea de llevarlo a México, pero ya con las maletas arriba del coche, lo descubre el prefecto de Montauban y frustra sus planes.

Después vienen las cuatro horas cincuenta y tres minutos que marcaron la muerte de Azaña y su entierro: “Llega hasta la última morada envuelto en la bandera de mi patria. Que eso nos conforte siquiera; significa la existencia de millones de hombres que en el otro continente vibran con nuestros ideales”, hablaba el embajador frente al féretro de Azaña. Al terminar los funerales se dieron a la tarea de planear la salida de Dolores su esposa y parte de su familia. Lo lograron. Dolores llegaba a México y así se protegía un trozo de la memoria histórica de esa guerra que en las aulas y en los hogares, espera ser narrada. Es tiempo ya.

Maritza García es periodista y documentalista.

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