

Hay una actividad que es mirar obras, pero otra, más de kilómetro cero, que es mirar campos, con campesino incluido. Los turistas se detienen, aparcan donde nuestro señor les da a entender (el vado de la primera casa que encuentran, el camino de paso, la zona de los contenedores) y se ponen a comentar la jugada.
El campesino o la campesina puede estar podando, cavando o haciendo cualquier actividad manual y silenciosa (si desbroza o pasa el tractor, por ejemplo, pronto se cansan). Entonces, se ponen a comentar, interesadísimos, como si el campesino o la campesina no estuviera y no los oyera. "¿Qué plantará?", pregunta él. "Vete a saber", contesta ella. "Papá, ¿qué hace?", pregunta el niño. "Está cultivando las verduras que nos comeremos", contesta el padre, didáctico. "Mira que guapo que lo tiene, ¿eh?", hace la mujer. "Y trabajando bajo el sol, madre mía", dice la abuela. Lo hacen con buena fe, sin maldad alguna. Pero, claro, es como si yo me pongo a comentar la belleza de todos ustedes, con ustedes delante, como si fueran un cuadro.
Al cabo de un rato, pedirán para grabar. El campesino o la campesina dirá que vale (hoy sólo ha habido tres que quisieran grabar). Entonces le dirán si se puede apartar (no va con ropa lo suficiente de época, quizás) y si, para el vídeo, puede apagar la radio. La hija mayor pisará la colza (queda muy mona, la colza, en las fotos de Insta) y hará una posición similar a una de las señoritas de la calle de Avinyó. El padre se agachará, pisará una favera, pedirá perdón gentilmente, y empezará a disparar. "¿Qué se debe?", preguntará al terminar. El campesino o la campesina (que escucha ópera, bebe vino, va al teatro y al cine y lee, como ellos) dirá que nada. Y pensará que el próximo día puede que se ponga una barretina.