

Campeones de la democracia como Putin, Orbán, Salvini, Elon Musk o esa triste figura llamada Abascal salieron en tromba a deplorar la sentencia judicial contra Marine Le Pen, líder del partido francés Reagrupament Nacional. Inmediatamente convirtieron a Le Pen en una víctima del sistema: gastan palabras gruesas como escándalo judicial, golpe de estado encubierto o liquidación de la democracia, como hace siempre la extrema derecha cuando choca con la justicia o, simplemente, con las normas de la democracia representativa. Son los mismos que aplauden o promueven el lawfare, la guerra sucia judicial contra adversarios políticos, a través de jueces o fiscales dispuestos a actuar de parto: entonces sí encuentran que la justicia debe ser inapelable, y que cualquier debate sobre la prevaricación judicial es un atentado contra la democracia. De todo esto, los súbditos del Reino de España tenemos experiencia.
Como principio general, para la extrema derecha la democracia es solo democracia cuando les va a favor. No es caricatura ni reduccionismo, sino su praxis cotidiana. Podrían parafrasear a Bettino Craxi, ese dirigente socialista italiano, corrupto, que en un acceso de cinismo proclamó: "Socialismo es lo que hacemos los socialistas". Del mismo modo, las extremas derechas occidentales, aquellas que Steve Bannon quería agrupar en torno a un proyecto que llamó The Movement, pero que se han acabado cohesionando en torno al Trump etapa Musk (y etapa pro Putin), podrían acuñar el lema "Democracia es lo que hacemos a los demócratas", ya que suelen mócratas, que serían (seríamos, usted y yo también) todos los demás. Los dirigentes de la derecha iliberal parasitan a las instituciones, e incluso cuando están en el poder se venden a la opinión pública como enemigos del establishment, cuando el establishment puro y duro, la parte más oscura del establishment, son ellos mismos. Se trata de un juego de ocultación básico: fingen ser perseguidos por el poder, cuando son ellos los que buscan acumular todo el poder, y utilizarlo para perseguir a los demás.
El victimismo es el as en la manga de las extremas derechas. Es fácil detectar, pero difícil de desactivar, porque se alimenta del resentimiento, el combustible que impregna la irritada vida colectiva de nuestras comunidades: es barato, es abundante y toma con facilidad. Para mucha gente, tener a alguien a quien odiar es un consuelo, y eso es lo que les proporcionan las doctrinas de la extrema derecha y neofascistas. Luego, como en el caso de Le Pen, de Orbán, de Trump, de Salvini (o incluso de mamarrachos oportunistas como este tal Alvise Pérez) las grandes palabras sobre patriotismo y orden social, sobre lucha contra la corrupción, apenas logran enmascarar el único objetivo real: el dinero. Y por eso mismo es tan disputada la carrera para acreditar la condición de víctima: mientras las democracias no encuentren formas más eficaces de defenderse, sus parásitos recurrirán una y otra vez a ese triunfo.