

La aclamada serie Adolescencia será emitida a los institutos británicos por decisión del primer ministro Starmer, quien ya explicó a la Cámara de los Comunes que le había visto casa con su hijo de dieciséis años y su hija de catorce.
Bravo, pues, por una producción audiovisual que ha acertado el tema, el tono e, incluso, la forma, y ha emitido una suerte de aviso mundial sobre los peligros de la mezcla potencialmente explosiva de adolescencia, redes sociales, masculinidad tóxica, violencia contra las mujeres y padres que son buena gente y trabajadora pero que no están sobre lo que miran.
Hablando con gente que tiene niños que todavía es pequeña, el comentario unánime ha sido "qué miedo, la adolescencia", que me ha recordado lo mismo que me decía mi madre cuando veía las influencias a las que estaban sometidos sus nietos. Pero a esta etapa de la vida (de hecho, a ninguna) se puede ir con miedo. Cuando un niño llega a la adolescencia ya ha dado muchas pistas sobre fortalezas, debilidades, gustos y disgustos de su personalidad. Sí, después llega el cierre y los adolescentes son como un iceberg del que sólo vemos lo que sobresale en la superficie. Y con las redes, a los padres se les ha girado trabajo extra, ciertamente, y hay que estar encima y ayudarles a pensar su ocio y sus intereses. Y, pese a estar encima, hay que afinar la antena para ver cómo influye en el adolescente lo que él no ha visto o no ha experimentado, pero sí que han visto o experimentado a sus amigos.
Adolescencia se centra en la influencia machista de las redes en los chicos, pero también habría sido posible una serie sobre redes y presión estética en las chicas. Y otra que se llamara Paternidad, porque la desorientación de unos va paralela a la de otros.